Google






ENTREVISTA CON JUAN VILLORO

El trabajo de testigo

POR JOSÉ ISRAEL CARRANZA FOTO: PAULA SILVA

Luego de una prolongada ausencia, un escritor mexicano regresa a su país y encuentra que las cosas no han cambiado demasiado, salvo por un detalle: todo es absolutamente distinto. Pronto se ve involucrado en asuntos tan descabellados como la producción de una telenovela sobre la Guerra Cristera, el trato más o menos asiduo con judiciales de modales imprevisibles, la averiguación de los milagros por los que se podría canonizar al poeta Ramón López Velarde y, sobre todo, el descubrimiento de que la ausencia de una mujer ha venido definiéndolo irremediablemente en la vida.
Es lo que ha imaginado Juan Villoro, en cuya novela El testigo consta el reencuentro de este personaje con una realidad que debe limitarse a presenciar. ¿Cuál es el papel que juega en la circunstancia presente quien se dedica a la escritura en México? Es de suponerse que vivir de las letras en un país con bajos índices de lectura no puede ser un trabajo como cualquier otro, y el caso de Villoro (quien recientemente publicó una compilación de crónicas, Safari accidental) puede dar una idea de lo que significa haber elegido la carrera de escritor.


¿Usted, cuando llega a un hotel, anota el título “escritor” en la ficha de registro?
Durante mucho tiempo no lo hice, porque me parecía pretensioso. Siempre ponía “periodista”, porque me parecía que era una aproximación más artesanal al oficio, y en efecto, yo vivía básicamente del periodismo, más que de mis libros. Sin embargo ahora ya me parecería negarme a mí mismo: he publicado más de quince libros, de modo que ahora sí pongo “escritor”, ya no me suena pretensioso. Me suena a una condena.

¿Oficio o profesión? ¿Cuándo puede afirmarse de un escritor que es un profesional?
La escritura depende mucho de una vocación artesanal, en el sentido en que depende del trato con el lenguaje y de técnicas literarias que solamente se aprenden con mucha lectura y con mucho oficio. Pero hoy en día es un poco ingenuo pensar que esto no pasa también por ciertos circuitos de profesionalización. Yo escribo artículos para el periódico, escribo crónicas que me encargan, hago entrevistas… Esta misma entrevista forma parte, digámoslo así, de un circuito profesional. La extensión, los plazos de entrega, los intereses de las revistas. Para unas revistas uno profundiza más en ciertos temas, para otras se pone el énfasis en otros, de modo que en la literatura se cruza la vocación artesanal, el oficio, con la profesionalización. Dicho todo esto, creo que cuando uno escribe ficción, que es lo más genuino, o cuando uno escribe poesía, lo que está en juego se separa totalmente de su posible repercusión. Creo que el verdadero escritor le apuesta a una obra que no necesariamente va a tener un impacto comercial o, en ocasiones, ni siquiera va a tener una circulación adecuada.

Juan Villoro
Escritor y periodista mexicano. Escribe ensayos, crónicas y artículos en la prensa, así como novelas y relatos. Su último libro Safari accidental es una complilación de crónicas.



“Yo quería ser médico, pero la verdad es que me acobardé. Es una carrera que demanda muchísimo, y hoy en día es difícil compaginar una vocación literaria con el estudio tan largo de la medicina, y además vivir en una ciudad como México —donde el solo hecho de existir es como un trabajo de medio tiempo”


La vida académica parece ser la vía más accesible para considerar como un profesional a alguien que escribe…
Depende de las personalidades, porque yo creo que un gran maestro debe ser alguien capaz de reunir tres cosas: uno, tiene que comunicar conocimientos positivos a sus alumnos; dos, debe tener una “dramaturgia” de exposición adecuada, debe cultivar la claridad —si Ortega dijo que la claridad es la cortesía del filósofo, también es la cortesía del maestro—, y por último, en los mejores casos, el maestro debe aportar una visión personal de su campo de estudio. No solamente enseñar su materia, sino enseñarla con una dosis de originalidad: enseñarla a su manera. Yo tuve la suerte de estar en el seminario sobre la tragedia en Shakespeare, que impartió Harold Bloom (crítico neoyorquino, autor de El canon occidental), y obviamente él impregna una mirada muy personal a su lectura de Shakespeare; es el caso de un gran maestro, que es un gran expositor, tiene los conocimientos y además agrega una visión personal. Ahora, para reunir todo esto hay que tener una vocación especial; ha habido grandísimos escritores que no han tenido vocación ni capacidad para la enseñanza. La academia ha sido muy buena para escritores como Nabokov, que buena parte de su vida la dedicaron a enseñar, pero para otros, que son tímidos ejemplares o que son hombres de acción, no ha sido interesante.

Parece que hay áreas naturalmente afines a la literatura desde la que ésta puede ejercerse —usted estudió sociología. Pero pensando en profesionales de áreas distintas a la literatura (escritores médicos, escritores ingenieros), ¿no hay el riesgo de que siempre pasen por amateurs?
Ha habido enormes escritores médicos, con Chéjov a la cabeza, y en México Mariano Azuela y tantos otros. Yo quería ser médico, era la carrera que quería estudiar, pero la verdad es que me acobardé. Es una carrera que demanda muchísimo, y hoy en día es difícil compaginar una vocación literaria con el estudio tan largo de la medicina, y además vivir en una ciudad como México —donde el solo hecho de existir es como un trabajo de medio tiempo. Mi mejor amigo en la preparatoria también estaba dudando entre dedicarse a las letras o a la medicina: él optó por la medicina y yo por la literatura, pero no quise estudiar literatura porque me parecía que iba a volver rutinario y obligatorio lo que era una pasión. Entonces preferí una carrera bastante sencilla, fácil de estudiar, que es la sociología, y que me daba un trasfondo amplio sobre temas del mundo contemporáneo.
Pero yo hubiera sido médico. Es la profesión que más me hubiera gustado estudiar, la carrera que más admiro y la vocación de la que me siento más humanamente cerca, en muchos aspectos. Hay una decisión compleja: cuando dudaba entre ser médico o ser escritor, yo ya me sentía escritor. Empecé a escribir a los quince años. Ingresé a un taller de cuento, con un ecuatoriano extraordinario que estuvo en México, Miguel Donoso Pareja; luego estuve en el taller de cuento de Augusto Monterroso, de modo que cuando tenía esta disyuntiva ya escribía cuentos, leía… me sentía escritor. En cambio no podía sentirme médico, porque eso solamente iba a poder ocurrir luego de diez años, y qué tal si no me gustaba.

Mejor que en Tanzania
El género que practica Juan Villoro en Safari accidental, su libro más reciente, lo ha definido él mismo como “el ornitorrinco de la prosa”. Ello supone que puede valerse de él tanto para hacer una recordación de Augusto Monterroso como para entrevistar a Mick Jagger, o para extender una pormenorizada consideración del chile y sus efectos antes de encontrarse con Yoko Ono o viajar en la memoria de su padre hasta 1968. Un libro que funciona estupendamente.



¿Usted piensa en una noción integral de la carrera del escritor?
Creo que es muy peligroso generalizar, porque hay escritores muy eruditos, concentrados a fondo en un solo tema o en un área muy restringida de la literatura. Pienso, por ejemplo, en el caso de algún poeta metafísico, que lo único que escribe es ese tipo de poesía, y es también lo único que lee. En lo personal, creo que mientras más cosas le interesen a un escritor, mientras más vasto sea su repertorio —no solamente de lecturas, sino en cuanto a acercamientos a los problemas del mundo, a las maneras de sentir de la gente—, más rica va a ser su literatura, porque la literatura es un arte de la suplantación: escribir es ponerse en el lugar de otra persona, pensar cómo sentiría, cómo viviría por dentro, otra persona que puede ser muy distinta a ti: puede ser mujer, puede tener otra edad u otra religión, gustos contrarios a los tuyos. Esta transmigración de las almas, este ejercicio de suplantación, solamente se puede hacer si tienes empatía con temas y personalidades muy distintos a lo que tú eres.

Usted mismo tiene intereses muy variados. Es un novelista con una presencia constante en la prensa como articulista, un ensayista que asoma por los debates en la televisión, un periodista que ha escrito exitosamente para niños… ¿La versatilidad es una fatalidad o usted se la propone deliberadamente?
Tiene que ver con dos cosas: es un asunto de temperamento, pues soy una persona curiosa con intereses muy dispersos (y me gusta mucho que se hable de versatilidad, ojalá sea cierto; yo más bien lo vivo como una dispersión, como un caos en el que me están interesando varias cosas al mismo tiempo). Y también tiene que ver con una forma de vida: yo he decidido vivir de la escritura, y por ello, mientras más registros y temas pueda trabajar, es más fácil el acomodo en un medio donde no siempre es fácil la supervivencia: si puedes hacer un guión de cine, una traducción o escribir un libro para niños, tus posibilidades de supervivencia son mayores. Es un darwinismo intelectual.

¿En qué medida la “carrera” de un escritor, en el sentido profesional del término, exige afinar el sentido de la improvisación?
Cultivar distintos géneros ayuda mucho para cada uno de los géneros que uno practica, es decir: para escribir una novela a mí me gustaría suponer que esa novela se beneficia también de la mirada que puedo tener como autor de cuentos para niños, de la información que puedo recabar como cronista, de la tensión narrativa que podría tener como cuentista. Me gustó mucho una cosa que dijo el músico Daniel Barenboim: él, en lo fundamental, es conocido como un muy buen director de orquesta, un director de primera fila, pero también es un pianista de categoría y es un compositor discreto. Le preguntaban alguna vez: “¿Por qué no se concentra usted en lo que hace mejor, que es dirigir?”. Y respondió: “Porque tengo la impresión de que puedo dirigir de la manera en que lo hago porque también he compuesto y porque también toco el piano”. Es decir, su función como alguien que imagina la música, o que la interpreta, le permite tener mayor sensibilidad como conductor, y a mí me gustaría pensar que eso también se aplica a un escritor que practica diversos géneros, y que al escoger uno de ellos, aun cuando siga los cánones, se beneficia de los resortes de que dispone al cultivar los otros.
Por la libertad práctica de la que conviene que disponga el escritor, ¿vale la pena renunciar a ciertas seguridades?
No hay leyes para esto. Yo respeto mucho a mis colegas que trabajan en una oficina, incluso a los que asumen una carrera política o burocrática precisamente para tener un sustento asegurado, y no soy nadie para decir: “Un escritor debe vivir de esta manera…”. Lo único que sé es que a mí me conviene vivir fuera de las oficinas. Me siento con mucha mayor libertad, si bien no tengo vacaciones pagadas, no tengo aguinaldo, o si me enfermo pierdo dinero. En este sentido soy como un agricultor o como un artesano, pero es la forma en que me siento mejor. He trabajado también en oficinas: en la agencia Notimex, o como agregado cultural en Berlín durante tres años…

Pero no puede, por ejemplo, beneficiarse de un seguro de desempleo si se queda sin tema o con la página en blanco.
Exactamente. Se te acaba la gasolina y nadie te va a pagar por tu silencio.


A guitarrazo limpio
Es posible que los escritores de mayor éxito en México (autores de long–sellers, es decir, libros que permanecen largo tiempo en las preferencias del público y merecen reediciones continuamente), un país donde el consumo habitual de literatura está lejos de ser cosa corriente, deban la proeza a los lectores más exigentes: los niños. Villoro goza de la lealtad de éstos gracias a El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, la aventura que un grupo de rock y el despistado genio del título viven contra el temible científico Cremallerus.

“En la literatura se cruza la vocación artesanal, el oficio,
con la profesionalización”


¿Será cierto que la adversidad suele ofrecer ventajas y oportunidades a la mejor práctica del arte y la literatura? Pensando, por ejemplo, en lo que se escribe en tiempos de guerra…
El arte es una forma de trascender el dolor. Hay una frase que explica muy bien esto, en la película El tercer hombre, inspirada en una historia de Graham Greene: “Hay que recordar que la estabilidad y la paz de Suiza lo único que produjeron fue el reloj cucú; en cambio las guerras, las tragedias y la corrupción de Italia produjeron el Renacimiento”. Dada la realidad que tenemos, los mexicanos estamos condenados a ser renacentistas. Hay mucho que contar en este país.

Entonces los escritores en México la tienen fácil, en ese sentido…
Una realidad convulsa como la mexicana, que exige tantas respuestas imaginarias y que muchas veces desafía al sentido humano y está reclamando que alguien le otorgue una razón y una causa, es muy estimulante para un escritor. Yo preferiría que el país estuviera mejor y que yo tuviera menos temas, pero tal como se encuentra es un semillero incluso para los escritores que no son realistas: la literatura de ciencia ficción o la literatura fantástica también se nutren de los desaguisados y las desgracias que ocurren en el entorno cotidiano.

¿Cuál es la percepción que la sociedad mexicana puede tener del trabajo del escritor?
Creo que tiene una percepción muy elevada, en la medida en que es una sociedad que lee muy poco. Esto parece una paradoja, y lo es. El escritor domina en México una forma de la dificultad. Vivimos en un país donde hay gente que no está alfabetizada, hay gente que apenas sabe leer los nombres de las calles y hay gente que sabe leer pero no hace uso de la lectura. Entonces, el escritor se erige como una figura un tanto extravagante que puede ser un profeta de cualquier cosa, y como la gente no conoce realmente la imaginación del escritor, ni ha leído sus libros, acaba votando por él para presidente, como el caso de Vargas Llosa en Perú. Solamente en un país con pocos lectores se explica que un escritor tenga una función redentora, mesiánica, tan importante. En un país democrático, con una cultura más amplia, el escritor tiene una figura social mucho menos significativa, y una figura cultural mucho más fuerte. Es como un mandarín que tiene un poder secreto. Como el mago Merlín.

¿Qué precauciones debería tomar el escritor ante este riesgo? ¿O no es un riesgo, y el escritor ha de asumir que su presencia y su participación resultan no sólo atendibles, sino además indispensables en el debate público?
No creo que se pueda generalizar, ni que todo escritor tenga que comprometerse con su realidad. Me parece muy respetable que alguien entienda la literatura como un plan de evasión y quiera escribir grandes aventuras de la imaginación. En lo personal, creo que es importante que yo dé cuenta de la realidad que me ha tocado vivir. Creo que un escritor es un privilegiado que puede dedicarse a escribir donde muy pocos tienen acceso a la lectura, y por lo tanto le corresponde devolver algo, devolverlo en forma crítica e independiente. Me parece peligroso que el escritor opine de lo que no sabe; a veces yo veo escritores que hablan, por ejemplo, de temas de política exterior muy complejos, o de temas de identidad nacional difíciles de demostrar, o cosas por el estilo. Pero creo que en el área en que se mueve el escritor como comentarista social, digámoslo así, aficionado, independiente, puede aportar ideas al debate público. La transición a la democracia solamente ha sido posible porque hay una mayor discusión de las ideas, una mayor libertad de expresión y un ejercicio de la crítica en los medios, de manera que es muy importante que el escritor se sume, porque finalmente es alguien que maneja el lenguaje, y por tanto debe estar distinguiendo siempre entre lo que son proposiciones ideológicas o propagandísticas y lo que es un discurso que tiene que ver con la verdad, con los hechos.



La novela El testigo transcurre como una pormenorizada consignación de la perplejidad de su protagonista tras un regreso a una realidad de la que había creído desentenderse. Pero es también una extensa reflexión sobre los diversos papeles que el escritor puede jugar en la circunstancia presente…
Me interesa mucho, primero, el papel de testigo, porque finalmente un escritor o un periodista, que son los oficios que yo ejerzo, son testigos. Cuando uno ve algo nunca está del todo seguro de que haya ocurrido como lo vio. En Derecho, por ejemplo, hay condiciones jurídicas muy claras para que alguien pueda ser testigo de cargo en un tribunal. ¿Quién nos garantiza, en un sentido psicológico o moral profundo, que calificamos como testigos fidedignos? Al ver algo estamos poniendo en juego nuestros prejuicios, nuestra subjetividad, los nervios, todo lo que llevamos dentro, y esta circunstancia modifica lo que vemos. Entonces el escritor siempre tiene este dilema de la objetividad o de la veracidad: si es fiel a lo que siente o a lo que cree que objetivamente vio. Y toda la novela reflexiona sobre esto a partir de alguien que regresa veinticuatro años después a su país y es un poco ajeno a él, de modo que no se considera un protagonista, sino más bien alguien que ve las cosas.

Un personaje de El testigo, el poeta Ramón Centollo, le reprocha al protagonista que no haya “sucedido” como escritor, que no haya cumplido las expectativas de éxito que auguraba su talento de juventud… ¿Qué tiene que hacer un escritor para “suceder” en México?
En el caso de ellos (Centollo y Julio Valdivieso, el protagonista) se trata de cartuchos quemados. Desgraciadamente en toda profesión artística hay mucha gente que tiene sensibilidad para entender el medio, pero no tiene talento para expresarse. La poesía está llena de cadáveres de poetas que no llegaron a ocurrir como poetas, lo mismo que la novela, etcétera. Es una situación dramática. Y muchas veces, y esto se vive por ejemplo cuando uno imparte un taller literario: la persona que parece tener más talento difícilmente se expresa; hay gente que por dentro tiene tribulaciones, preocupaciones, sensibilidades de un refinamiento extremo, y sin embargo no es capaz de expresarlas. Y, en cambio, gente que parece mucho más alejada de los temas profundos, de repente es capaz de expresarse con una hondura que no se le hubiera atribuido. Éstos son algunos temas importantes, y yo trato de abordarlos en la novela a partir de la figura de Ramón Centollo, que es un escritor cancelado, que no llegó a suceder, y que es un poco como el protagonista de la novela, quien escribió un buen cuento, no pudo repetir la proeza y se dedicó a la academia, que es su refugio tranquilo, su cementerio de elefantes.

Según su experiencia, ¿qué tanto modificaría su propio regreso a México la imaginación que puso en marcha esta novela?
Para mí fue muy importante escribir la novela durante tres años en Barcelona. Había escrito antes un año en México, pero la distancia me permitió ver el país de otra manera, atesorar una nostalgia de la que habría sido incapaz viviendo aquí. Pero yo estuve tres años fuera, el personaje está veinticuatro años fuera: es una situación muy distinta. Espero que a mí no me vaya tan mal en México como le fue a él cuando regresó, espero que escribir eso haya sido una especie de exorcismo —toco madera—, pero en realidad la situación que yo veo se parece bastante a la que pinté en la novela. Es un país muy descompuesto, que pasa por una sensación de ilusión traicionada respecto a la política, pues la alternancia democrática despertó demasiados sueños que no pudo cumplir, al tiempo que hay un resurgimiento de autoritarismos dispersos, fuerzas más o menos oscuras que están operando en el México de hoy: sectores muy retardatarios de la iglesia católica, sectores del narcotráfico, sectores de lo que fue el PRI, grupos policiacos que se incorporan a la sociedad civil y empiezan a participar en el crimen organizado, en fin, esta descomposición social que estamos viviendo y que no acaba de definirse.m.


José Israel Carranza Ensayista, narrador y periodista , coordina los talleres de ensayo literario de la Casa ITESO–Clavigero y de la librería José Luis Martínez del fce. Está por aparecer su libro Las encías de la azafata.




© Derechos Reservados 2007. ITESO. MAGIS