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LA PALABRA CONTRA EL SILENCIO
Guadalupe Morfín, entre el dolor y la esperanza

Está en el ojo del huracán. Desde que asumió el cargo de Comisionada para Juárez, ha despertado muchas esperanzas de que efectivamente ocurran cambios en aquel lugar. No es su responsabilidad investigar los delitos ni atrapar a los delincuentes. Su encomienda tiene que ver con ayudar a recomponer un tejido social seriamente dañado por la violencia y la impunidad

POR JUAN CARLOS NUÑEZ FOTO: PAULA SILVA

Ha visto mucho dolor. Es parte de su trabajo. No sólo verlo, sino hacer lo posible para remediarlo y para evitarlo. Y eso no es fácil. ¿Cómo se alivia el dolor de la familia de una joven desgarrada en el desierto? El dolor también le duele. Por eso llega con un nudo en la garganta después de atender a la madre de una de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Pero ese dolor no le baja los hombros ni le empaña la mirada. Tiene también motivos para estar contenta. Por fin se logró establecer un protocolo para que las autoridades municipales, estatales y federales reaccionen de manera rápida y organizada ante el aviso de la desaparición de una mujer. Pero está contenta, sobre todo, porque la señora la abrazó y le dijo: “Gracias”.
Es mayo de 2005. El calor del desierto está aún lejos de su intensidad máxima, pero agobia a los fuereños que, sorprendidos, observan en la oficina de la Comisión para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en Ciudad Juárez una escena poco común en este país: una víctima que abraza con cariño a una funcionaria.
Así pasa los días María Guadalupe Morfín Otero, entre el dolor y la esperanza. Con la tristeza que se vuelve más pesada por el tiempo, por el número de crímenes, por la saña con que se cometieron y por la dificultad para castigar a los culpables. Pero también con las alegrías que le dan las acciones encaminadas a cumplir con su mandato. A la comisionada le corresponde, entre otras cosas, promover justicia para las víctimas, impulsar acciones para prevenir nuevos casos, coordinar distintas dependencias, favorecer que cada una de ellas ejerza adecuadamente sus atribuciones, generar información sobre el fenómeno, propiciar políticas públicas encaminadas a mejorar el entorno que genera la violencia y fomentar una cultura de respeto a la legalidad y a los derechos humanos.
No es su responsabilidad investigar los delitos ni atrapar a los delincuentes. Ésa es tarea de fiscales y policías, aunque ella alienta a que la hagan bien. Su labor es mucho más intangible. En su toma de posesión, el 17 de noviembre de 2003, señaló que la suya es una tarea “que tendrá que ver con una labor de consuelo, con una labor de sanación y con trazar rutas hacia el futuro (…). Consolar implicará un trabajo delicado y paciente, de escucha, de desagravio, de reparación del daño, de reconocimiento de las víctimas y de sus deudos”.
Las 18 personas que conforman la Comisión tienen como parte de su encomienda ayudar a recomponer un tejido social seriamente dañado por la violencia y la impunidad. El balance en esta tarea, como el ánimo, es desigual. En abril de 2005 Guadalupe Morfín terminó su Segundo informe de gestión con la siguiente frase: “No hemos conseguido todos los logros que quisiéramos. Y eso les duele a esos deudos y me duele a mí. Pero el tema nunca volverá a ser invisible gracias a los esfuerzos compartidos. Y la memoria de sus hijas comienza a ser honrada por el Estado mexicano. Empecé mi larga conversación con ellos pidiendo perdón. Termino este informe con la misma petición de perdón a la que agrego un gracias. Por su entereza, por su persistencia, por su dignidad".





La vocación
“No soy masoquista”, responde Guadalupe Morfín en Guadalajara, su tierra natal. Dice que si ha aceptado trabajos como el de presidir la Comisión Estatal de Derechos Humanos y la Comisión para Juárez, no es porque le guste sufrir sino porque esas tareas implican la defensa de la vida, de la justicia y de la dignidad. “Acepté esos cargos no sin titubeos y reticencias. Tuve que trabajar todo un proceso de discernimiento para aceptar esa oportunidad de servicio”, comenta. Y decir sí le cambió la existencia. Hay menos tiempo para sus tres hijos y su esposo y más noches de insomnio. Aparecieron en su vida policías y políticos, víctimas y periodistas, presupuestos y polémicas. Expedientes, trámites por recursos, viajes y carreras. Reclamos y aplausos. Y también la posibilidad de trabajar de tiempo completo en la construcción de una cultura de diálogo, de tolerancia y de respeto. Y eso, dice, ha valido la pena. ¿De dónde le nació esa inquietud? Su respuesta no puede ser corta. Tiene que ver con un ave, muchos hermanos y algunos parientes. Con la poesía, las colonias populares y la escuela. “Han sido muchas cosas”, dice.
“Una día en que mi mamá y yo fuimos a misa, nos encontramos en la calle a un pajarito lastimado que no podía volar. Estaba yo muy chica. Recuerdo que el pájaro estaba sobre la banqueta, una de esas que son de cuadritos grises y rosas. Lo levantamos y nos lo llevamos para cuidarlo. Después de un tiempo pudo volar y lo soltamos. Fue una experiencia muy impresionante, ver a un ser desvalido recuperarse y alejarse volando.”
Su familia, afirma, fue fundamental en su vocación. “Provengo de una familia que siempre se interesó en lo que ocurría en la comunidad.” En las sobremesas se hablaba de lo pasaba en la ciudad y en el país. Su primo hermano, Efraín González Morfín, fue presidente nacional del pan y candidato a la presidencia de la república. Pero además hubo razones más prácticas. María Guadalupe nació el 10 de noviembre de 1953 y fue la primera de trece hermanos. “Ser la hermana mayor propicia que te vayas haciendo cargo de los otros y al hacerte cargo de los otros aprendes a hacerte cargo de ti misma.” “Mi casa siempre estuvo abierta. Ahí se cocinaba por lo menos para 18 personas, y además de nosotros siempre había amigos. Llegaba el que quería. En la cochera de mi casa había un futbolito; por las tardes, cuando regresaba de la escuela, me encontraba a un montón de muchachos jugando ahí con mis hermanos y sin ellos; a veces ni siquiera los conocía. Crecer en este ambiente, crecer entre muchos otros y otras, fue una experiencia que me marcó.”
Guadalupe viajó a Roma donde realizó estudios de teología y ciencias sociales en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Regresó a su tierra y estudió la carrera de Derecho en la Universidad de Guadalajara donde luego obtuvo una maestría en Literaturas del Siglo xx. Tiene además un diplomado en Derechos Humanos.
A principios de los años setenta colaboró con el Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario (imdec) en un proyecto en colonias populares de Guadalajara que impulsaba el ayuntamiento tapatío. La defensa de los derechos de los colonos molestó a las autoridades, que terminaron despidiendo a todos los que participaban en el programa. Años después fue asesora de un movimiento ciudadano en la colonia Lomas de Polanco, contra cobros injustos del ayuntamiento por el alcantarillado que los colonos ya habían pagado al fraccionador. Hizo su tesis profesional sobre la historia del fraccionamiento y se especializó como consultora en los tres ámbitos de gobierno en temas de derecho urbano.




La fuerza de la palabra
A los 13 años Guadalupe Morfín escribió sus primeros versos. Hoy tiene tres libros publicados y no deja de escribir. Aprovecha las esperas en los aeropuertos y los largos vuelos a Ciudad Juárez para hacerlo.
La poesía, dice, “es una manera de respirar, de estar en la vida, de asumirse con los otros”. Afirma que justamente por esta razón ha aceptado cargos relacionados con los derechos humanos. Sin la poesía no habría podido aceptarlos. Encuentra que esa vocación está hermanada con la literatura “porque las dos se construyen desde la palabra que nos hace personas”.
La palabra ha sido un eje central en su trabajo, tanto en la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (cedhj), que presidió entre 1997 y 2001, como en la Comisión para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en Ciudad Juárez.
Guadalupe cree en la palabra. Es una herramienta que cuida con pulcritud. Revisa una y otra vez sus discursos y cualquier documento que llega a sus manos con ojo de editor implacable. No le gustan las presentaciones en Power Point tan de moda; prefiere siempre hablar directamente, mirando a sus interlocutores. En la conversación no se apresura. Busca la palabra precisa antes de pronunciarla. Sabe de la fuerza de la palabra y está convencida de que para que se escuche no es necesario gritar.
Su palabra como presidenta de la cedhj molestó a dirigentes empresariales, jerarcas de la Iglesia católica, periodistas y muchos otros ciudadanos que la acusaban de defender a delincuentes. “Nuestra tarea era defender los derechos de cualquier ciudadano frente a los abusos de la autoridad. Nunca nos pronunciamos en relación con la culpabilidad o inocencia de los detenidos porque no teníamos atribuciones para ello. Lo que nos competía era asegurarnos de que los procedimientos se apegaran a derecho y se respetaran los derechos humanos de todos.”
Añade que los pronunciamientos que hizo nunca solaparon la delincuencia, “al contrario, el respeto a los derechos humanos apuntala la democracia porque fortalece al estado de derecho y exigen una actuación impecable para erradicar la impunidad”. También la acusaron de excesivo protagonismo. Al respecto Juan Diego Castillo, quien fue su brazo derecho en la cedhj, señala: “No era por gusto, era una exigencia de su trabajo puesto que la voz y la autoridad moral son las únicas herramientas de la Comisión. Si quien la encabeza se queda callado, renuncia a cumplir funciones importantísimas”.
Pese a las duras confrontaciones se llegó a ganar el respeto de algunas personas con las que tenía diferencias. Sin embargo, su voz no dejó de ser molesta para el poder. Cuando diversas personas y grupos de la sociedad civil impulsaron que fuera ratificada para un segundo periodo como presidenta de la cedhj, los diputados del pri, del prd y del Partido Verde, votaron en favor de que continuara, pero la bancada del pan en el Congreso del Estado se aseguró de que no hubiera suficientes votos favorables para los legisladores panistas y Guadalupe no fue reelecta pese a que en tres votaciones sólo le faltaron tres votos de los 27 requeridos. Morfín Otero también fue candidata a ocupar la presidencia de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en sustitución de José Luis Soberanes, pero éste fue reelegido.

En el desierto
En el inmenso lote baldío rodeado por amplias avenidas apenas se distinguen unas cruces de madera pintadas de color rosa. Al acercarse, dos policías salen al paso. Resguardan el sitio. Al menos ahí no aparecerán más cuerpos de mujeres. Cada cruz tienen inscrito el nombre de cada mujer encontrada allí. Al pie hay restos de veladoras que alguna vez fueron encendidas y un maltrecho tejaván bajo el cual están tirados dos bultos hechos de trapo y ropa vieja que simulan cuerpos humanos. El silencio se vuelve más pesado cuando se distinguen al fondo del terreno otras cruces. Están al pie de unos árboles enormes y completamente secos que extienden sus ramas sin vida. Más cruces y la pregunta recurrente: ¿cuántas mujeres?
No hay una sola respuesta. La comisionada dice en su Segundo informe de gestión: “No quisiéramos abordar una discusión acerca de la fuente que mejor documenta los homicidios; subrayamos la necesidad de que las instituciones que cuentan con la información directa (como las procuradurías) lo hagan y se divulgue públicamente. Como señala la académica Julia Monárrez, más que debatir si las asesinadas son muchas o pocas, debemos señalar que son suficientes. Y es un suficiente al que hay que agregar un “ya basta”.
Es un grito en el desierto. En un desierto que alberga a una ciudad desperdigada y extensa, llena de baldíos inhóspitos y repleta de barrios pobres y polvorientos donde viven las empleadas de las maquiladoras. Faltan escuelas, parques y teatros. El índice de deserción escolar entre los jóvenes de entre 14 y 19 años supera 40 por ciento. El alumbrado público, los pavimentos y el agua potable son escasos. En cambio, abundan la prostitución, el alcohol, las drogas y las armas. De noche, la zona roja, pegada al borde de la frontera, es un hervidero de siluetas oscuras que se recortan sobre las luces de neón, un tianguis donde se ofrece lo mismo una mujer o un hombre que una grapa de cocaína. Por eso, dice Guadalupe, el feminicidio en Ciudad Juárez es mucho más que un asunto policial. Perseguir a los delincuentes y castigarlos es fundamental, pero no basta. Es preciso recomponer el tejido social.

Libros de poesía de Guadalupe Morfín
: De Jacarandas y Lunas (1985)
: En espera del ángel (1989)
: Mansos diluvios (2004)



¿Y eso cómo se hace? La comisionada responde que son muchos los caminos. Algunos tan amplios y complejos como acabar con la impunidad y otros tan simples y definidos como formar orquestas para niñas, niños y jóvenes, o instalar lavanderías y cocinas económicas en las maquiladoras. “Es preciso caminar junto con la sociedad civil organizada que en Ciudad Juárez hace un trabajo de mucho mérito en zonas de riesgo con sectores femeninos vulnerabilizados, y propiciar espacios seguros para el tránsito de las mujeres y sus familias, castigar socialmente los estereotipos de machismo y violencia”, añade.
Morfín subraya que acotar la impunidad es una exigencia ética. “No hay fórmula de reparación del daño que valga si las familias de las víctimas no saben qué fue lo que sucedió y si no hay investigación y sanción a los responsables”, dijo en su segundo informe. Más adelante, en el mismo texto, señaló: “No es la publicidad de los asesinatos lo que ha dañado su imagen [de Ciudad Juárez] sino la impunidad que ha acompañado al menos a una parte considerable de éstos. ‘No es la ciudad la que mata mujeres, sino personas y grupos concretos con nombres y apellidos que seguimos esperando conocer’; he repetido como un estribillo a lo largo de un año y medio esta frase que oí por primera vez de Carlos Monsiváis”.
Y ése es un problema muy difícil de resolver; por eso, añade en su informe, “es imposible dejar de sentir una íntima y total derrota cuando no podemos ofrecerles (a las familias) resultados a sus reclamos de justicia”. No obstante, la Comisión para Juárez ha logrado avances en el seguimiento de los casos y la atención a las víctimas, al tiempo que ha impulsado diagnósticos y mecanismos de rendición de cuentas por parte de la policía y las autoridades involucradas en la investigación de los casos.
Una de las acciones que causa más satisfacción a la comisionada fue haber gestionado la llegada a Ciudad Juárez y Chihuahua del Equipo Argentino de Antropología Forense, “al que ha abierto las puertas con gran tenacidad la procuradora de Justicia del Estado, Patricia González Rodríguez” para identificar restos de mujeres. También está satisfecha por el acuerdo con todas las autoridades involucradas para establecer un protocolo de atención inmediata para la búsqueda de mujeres y niñas desaparecidas. Se elaboraron además una base de datos sobre el feminicidio y diversos estudios sobre sus causas. A los familiares de las víctimas se les ha proporcionado asesoría psicológica y jurídica.
La Comisión para Juárez considera que el impulso a la cultura es fundamental para prevenir la violencia. Por eso contribuyó, con muchas otras personas e instituciones, entre ellas el Instituto Nacional de Desarrollo Social, la Fundación Flor y Canto y el Grupo Promotor del Pacto por la Cultura, movimiento social de Ciudad Juárez, a la formación de una Orquesta Sinfónica Juvenil. Una iniciativa apoyada por Fernando Lozano, director de orquesta, que conoce de la metodología que se utilizó en Caracas, Venezuela, para alejar de los brazos de las mafias a los jóvenes de los barrios marginados; por eso algunos muchachos que rayaban paredes imparten ahora clases de pintura y se han diplomado como gestores culturales con el apoyo de conaculta y la Secretaría de Educación Pública.
Para Guadalupe Morfín es fundamental que los empresarios también aporten. “Las maquilas, donde se genera tanta riqueza, tienen que ser corresponsables. Con medidas simples y concretas como crear guarderías cerca del sitio de trabajo, instalar dentro de éste lavanderías, donde las mujeres trabajadoras puedan recoger a la salida su ropa limpia, y cocinas comunitarias donde puedan comprar comida barata, saludable y sabrosa para que así, al regresar a sus casas tengan más tiempo para pasar con sus hijas y con sus hijos.” El gobierno debe fomentar un entorno urbano más adecuado. Con calles seguras e iluminadas, con mejores rutas de transporte y con colonias donde existan centros de salud y espacios culturales. Todo eso hace falta y más, comenta Morfín.
Y, sin embargo, afirma en su informe que al mismo tiempo hay en Ciudad Juárez “un cúmulo de vida que brota en la proximidad del desierto, en condiciones áridas, por las ganas y el empeño de su gente de tener una ciudad digna. Ciudad Juárez significa para mí mucho más que una historia de asesinatos y desapariciones de mujeres, por más que de este tema me ocupe la mayor parte del tiempo”.
Por eso es un trabajo de emociones encontradas. De alegría cuando ve a la madre de una mujer asesinada retomar su vida, cuando logra acuerdos entre las instituciones o cuando constata los avances en los proyectos que impulsa. Pero también de una profunda tristeza cuando le informan que encontraron a otra mujer asesinada y de desesperación y coraje cuando las burocracias no responden de manera adecuada ante la urgencia de la tarea.
Así pasa sus días en estos tiempos María Guadalupe Morfín Otero, entre el dolor y la esperanza. m.

Juan Carlos Núñez Bustillos
es periodista y profesor del Centro de Formación Humana del ITESO.



Segundo informe de gestión de la Comisión para Juárez, disponible en www.comisioncdjuarez.gob.mx



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