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Natalia Armienta en el Sahara

Los nómadas del desierto

POR PATRICIA LANDINO FOTO: BERNARDO DE NIZ

Al encuentro del pueblo saharaui y su lucha por la sobrevivencia y por el reconocimiento internacional, la joven documentalista mexicana Natalia Armienta encabeza un equipo que, entre la aventura y el deslumbramiento, recorre el desierto del Sahara para descubrir que allá el tiempo, la solidaridad, la comunión con la tierra y la sabiduría se miden de una forma absolutamente inesperada para quien llega desde la vida citadina

Contra viento y arena, Natalia Armienta surcó el desierto del Sahara, a lo largo de tres mil kilómetros, para realizar uno de los proyectos más importantes de su carrera: un documental sobre la forma de vida y la cultura del pueblo saharaui. Natalia, conocida como Mafu, egresó de Ciencias de la Comunicación del iteso y en los últimos 10 años ha realizado diversas actividades relacionadas con el mundo de la producción audiovisual. Trabajó haciendo guiones para Discovery Kids, o en la edición de programas de Big Brother para Televisa. “No era el sueño de mi vida, pero aprendí mucho”, comenta entre risas durante una vista a Guadalajara.

Uno de los sueños de su vida es el Sahara. Transitar el desierto está fuera de todo lo imaginable, y después de vivir esa experiencia difícilmente uno puede recuperarse: “No te puedes imaginar las cosas que vas a ver, ni con las cosas que te vas a enfrentar en el desierto. Me documenté, leí y pregunté, pero lo que encuentras ahí te rebasa porque siempre te imaginas la duna, el camello y la arena, cuando es como una explosión de vida dentro de la nada. No hay agua, no hay animales, no hay nada”. Después de familiarizarse con las imágenes tan diferentes a las de nuestras ciudades occidentales, los colores, los matices o las formas empiezan a aparecer: “Si observas bien, te das cuenta de que está lleno de color, además de colores que no estamos acostumbrados a ver. Yo decía que era como de cosméticos de Lancôme, porque la tierra es entre roja, anaranjada y brillante, y tiene colores difíciles de encontrar”.

El tema central del documental es la cultura del pueblo saharaui, su forma de vida y sus tradiciones, en el contexto de la problemática que vive, exiliado de su territorio tras la invasión por parte de Marruecos: “Cuando los marroquíes invadieron los territorios saharauis, los atacaron con napalm y con fósforo, y algunos atravesaron el desierto para escapar y llegaron a Argelia, la cual les cedió una parte del territorio, donde no hay nada más que tierra. Ahí establecieron sus campamentos de refugiados, y hay familias que son asistidas por ong que llevan comida, ropa, medicinas... Pero la gente es nómada y anda libre por el desierto. No están acostumbrados a estar en un poblado porque se sienten atrapados. Las familias se dividen y unos se quedan en el campamento y otros se van”.
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El territorio saharaui, abunda Natalia, “era una colonia española, pero cuando África se independizó, España se retiró y los dejó desprotegidos. Es un territorio rico en pesca, tiene los yacimientos más grandes del mundo en litio y fosfatos, por lo que Marruecos lo invadió. Bombardearon, minaron el terreno, los sacaron ilegalmente de su tierra y pusieron un muro. Los que se quedaron dentro, son [considerados] ciudadanos de quinta. Aunque después entró la onu para tratar de poner paz, los saharauis no tienen los votos suficientes de otras naciones para constituirse como país y regresar a su territorio. Con este documental queremos sensibilizar a la gente para promover el voto en favor de que se constituya como país”.

Esta directora tiene motivos para no abordar directamente el tema del conflicto con Marruecos y hablar sobre su cultura con un personaje nativo del Sahara en primer plano: “Se dice que el espionaje marroquí es de los más organizados del mundo y es muy peligroso meterse en su contra, porque además está respaldado por Francia. Se dice que dentro del ejército saharaui hay infiltrados marroquíes. Que hay gente que se ha interesado en el problema y ha desaparecido. El conflicto es el marco de la historia, pero el documental va más sobre los nómadas del desierto. ¿Quién es el nómada?, ¿cómo vive?, ¿qué hace ahí?, ¿en qué cree? Ese territorio tiene una cultura muy rica. Hay tumbas del preislámico, del neolítico, hay lugares llenos de fósiles de cuando el Sahara era mar. Abunda la pintura rupestre y se está perdiendo porque llegan militares de Mauritania o de Marruecos y pintan encima de ella o la destruyen”.

Dimensión desconocida
El desierto es un mundo aparte. La forma de vida es tan extrema que cuesta trabajo entender cómo se guían en estas extensiones sin límite en las que los cambios en el paisaje son imperceptibles. Excepto para quienes tienen toda su vida cruzándolo, guiando caravanas y viviendo en él. Sus habitantes tienen cuentos populares muy arraigados y canciones cuyos temas recurren al medio geográfico del desierto para ayudarles a orientarse. “En el desierto no hay caminos. Recorres tres mil kilómetros entre piedras. Cada uno se orienta de diferente manera. Los militares llevan una brújula y un mapa. Los nativos se orientan por las pocas montañas que hay, la posición del sol o las estrellas. A mí me parece muy difícil, porque en kilómetros y kilómetros todo se ve igual. Pero ellos se ubican.”
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“¿Quién es el nómada?, ¿cómo vive?, ¿qué hace ahí?, ¿en qué cree? Ese territorio tiene una cultura muy rica. Hay tumbas del preislámico, del neolítico, hay lugares llenos de fósiles de cuando el Sahara era mar".

El equipo de grabación de este documental fue guiado a través del desierto por un personaje llamado Belga, de 77 años, que ha dedicado su vida a guiar caravanas. Conoce a la perfección las particularidades de la tierra: su textura, su grosor, su color, su aridez, le permiten saber en dónde se encuentra y hacia dónde va. “Es un gran personaje. Pastorea y en su casa tiene un pequeño museo con flechas de piedra muy antiguas, esqueletos de cuando el desierto era sabana y había animales, tiene fósiles enormes de esponjas o corales. Es artista y poeta porque va cantando en hasanía, que es un dialecto del árabe, y los versos que canta son mapas que le dan referencias de la zona y que le ayudan a orientarse por puntos específicos que van marcando las rutas.”
En esas infinitas extensiones el tiempo parece detenerse. Sus habitantes van a otro ritmo, pausado, muy lejos de las carreras y las prisas con que nos movemos los citadinos. “En el Sahara el tiempo no existe. Nosotros estamos acostumbrados a hacer las cosas rápidamente, a correr y a que nos respondan de inmediato. Ahí no hay prisa. A veces queríamos ir a un lugar y el chofer nos decía que iba a poner gasolina al auto y volvía seis horas después. Le reclamábamos y él estaba tranquilo y nos decía que había ido a poner gasolina. El tiempo se alarga y hay que ser paciente, si no te neurotizas.”

Sobrevivencia
El contacto con las personas, con sus formas de pensar y de relacionarse con los otros y de percibir el mundo, es lo que más emociona a Natalia. “Lo que más me impresionó de ahí fue la gente, porque tiene otra concepción de todo. Cuando conozco gente así me reaviva por su dignidad y por su sentido de la vida, porque está más conectada con la tierra. Es más sencilla y sabia porque el desierto te enfrenta. No toda la gente puede ir al desierto porque enloquece: como no hay nada, puede encontrase sola consigo misma, con sus engaños. Ellos son transparentes y les ves el alma. No mienten porque saben que puede significar muerte. Si le dices a alguien que su camello se fue en dirección equivocada puede morir deshidratado.”
Es ese sentido de preservación de la vida lo que hace a los habitantes del desierto abrir sus casas y compartir sus pertenencias. La caravana que acompañaba a Natalia lo experimentó: “Es gente que valora mucho al viajante: si vas a visitarlos eres bendito. Puedes llegar a cualquier casa y te dan dónde dormir, bañarte y qué comer, sin preguntarte ni cómo te llamas, hasta el tercer día. Todos dependen de todos en la organización nómada. Si alguien necesita agua y se la niegas, es seguro que va a morir”.
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Quien vive en este entorno, sin muros ni edificios que limiten su vista, sin ruidos constantes de motores y gente, sin tiendas, cines, bares, cafés o fiestas, desarrolla una agudeza especial para percibirlo: “Nunca ves un horizonte realmente horizontal. Se puede ver la curvatura de la Tierra por los espacios tan abiertos. Un día, en el desierto, Belga me dijo: ‘Allá viene un coche’. Hice todos los esfuerzos para verlo, pero no veía nada. Veinte minutos después vi un punto a lo lejos. ¿Cómo, a los 77 años, se puede percibir un auto tan lejos? Nosotros estamos acostumbrados a la vista corta, limitada por espacios cerrados, paredes. No estamos acostumbrados a ver en la inmensidad. En el desierto veo más, huelo, siento y oigo más. Los sentidos se desarrollan. Ellos pueden decir, por el olor del aire, que dentro de una semana va a llover en un lugar determinado. Nosotros acortamos nuestros sentidos por el bombardeo de información”.

El factor sorpresa
En el mes que estuvo cruzando el desierto, el equipo de producción tuvo vivencias que cambiaron sus planes y lo llevaron a situaciones inesperadas. “El embajador nos encargó con una persona, que tuvo que regresar de emergencia, y unos militares vinieron por nosotros y nos llevaron a una base militar. Estuvimos unos días ahí. No estuvo mal porque ahí llevan a gente que va a visitar el territorio del Sahara, como doctores, enfermeras, sociólogos o arqueólogos. Hay un área con camas y cosas que no habíamos tenido.”

A la primera oportunidad, relata Armienta, “nos escapamos de ahí y llegamos a un lugar donde estaban el presidente y algunos medios de comunicación. En un descuido nos acercamos, le tomamos la mano y le dimos las gracias por permitirnos hacer el documental, y no le quedó más que ayudarnos. No conseguimos todo lo que habíamos pedido, pero fuimos ocho personas en una camioneta y en otra el equipo”.

Además de la tensión que se siente por el conflicto, el trayecto no estuvo exento de peligros. “Hay partes que son muy riesgosas porque están minadas. Y con las lluvias las minas se pueden mover kilómetros. Es peligroso porque te bajas y explotas. Un compañero del equipo se detuvo al baño, y se dio cuenta de que estaba parado a cinco centímetros de una mina. No sabes en qué momento vuelas.”





“Nosotros estamos acostumbrados a la vista corta, limitada por espacios cerrados, paredes. No estamos acostumbrados a ver en la inmensidad. En el desierto veo más, huelo más, siento y oigo más. Los sentidos se desarrollan. Ellos pueden decir, por el olor del aire, que dentro de una semana va a llover en un lugar determinado. Nosotros acortamos nuestros sentidos por el bombardeo de información"

En esas condiciones extremas no todos sobreviven. Natalia y su equipo llegaron a soportar una temperatura de 60 grados, siempre cubiertos de pies a cabeza para no perder la humedad. Un punto particularmente difícil y enigmático es la montaña del Diablo. Un monolito gigante del que surgen innumerables historias. Se dice que hay tal magnetismo que es capaz de borrar archivos digitales. En esta roca, además, rebotan sonidos que viajan kilómetros y kilómetros por el desierto, por lo que se le atribuyen propiedades mágicas o malignas: “es uno de nuestros puntos principales. Se dice que provoca fuegos fatuos y se escuchan voces. De ella salen muchas historias del imaginario saharaui. La montaña del Diablo es una planicie donde no hay nada y parece que de repente hubiera caído una piedra gigante que es la montaña. Tiene magnetismo y llega sonido de muy lejos que viaja kilómetros y rebota en las rocas, por lo que se oyen voces, animales, ruidos. Ellos dicen que son demonios. Cuentan que un fotógrafo de National Geographic se subió a la montaña, empezó a ver cosas y enloqueció”.

En aquella desolación las imágenes y las personas surgen mágicamente. De repente están ahí, aparecen sin advertirlo. “En un momento que nos paramos vimos que salió de la nada un niño de 10 años. Para donde volteáramos no había nada. El niño buscaba a su hermana que se fue al norte, y viendo a dónde iba la lluvia, el viento, dimos con la hermana que estaba en una casa de campaña blanca.”

Estas vivencias han fascinado a Natalia y a su equipo, por lo que tienen pensado volver en octubre para terminar el rodaje. “Además de lo que significa para mí como directora –dice Armienta– es un proyecto importante para los saharauis. Si lo hacemos bien y sensibiliza a la gente para presionar en favor del voto para ayudar a un pueblo a obtener su libertad, es mejor que cualquier premio. Si podemos hacer eso ya no quiero más.”m.




“Es gente que valora mucho al viajante: si vas a visitarlos eres bendito. Puedes llegar a cualquier casa y te dan donde dormir, bañarte y qué comer, sin preguntarte ni cómo te llamas, hasta el tercer día”



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