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“Hacer de cuenta que no pasa nada es cooperar con la guerra”.

Entrevista con Pietro Ameglio Patella, estudioso de la desobediencia civil de Gandhi y considerado como uno de los ideólogos del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que agrupa a cientos de víctimas de la violencia. Historiador y catedrático de la UNAM, este ciudadano mexicano nacido en Uruguay, de 54 años, activista de la organización humanitaria Servicio, Paz y Justicia (Serpaj), es uno de los pilares del movimiento encabezado por Javier Sicilia

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Pietro Ameglio Patella es un hombre alto de trato amable y un tono de voz que parece incapaz de convertirse en gritos. A simple vista cuesta trabajo imaginarlo en un convoy de ayuda humanitaria a Bosnia durante el sitio de Sarajevo, organizando cordones humanos de seguridad para comunidades zapatistas, o preso en una cárcel de Morelos por oponerse a la construcción de un centro comercial en lo que fuera el hotel Casino de la Selva.

Historiador y catedrático de la UNAM, este ciudadano mexicano nacido en Uruguay, de 54 años, activista de la organización humanitaria Servicio, Paz y Justicia (Serpaj), es uno de los pilares del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, surgido en México a partir del asesinato de Juan Francisco Sicilia, hijo del poeta Javier Sicilia, en marzo pasado.

Platicamos con él en el comedor del Centro Universitario Cultural, mejor conocido como CUC, que es el espacio cultural que los dominicos tienen junto a la Ciudad Universitaria, a unos pasos de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde Ameglio da clases de “desobediencia civil y movimientos sociales”.

La entrevista transcurre un par de días después de que concluyera la Caravana al Sur, el tercer periplo del movimiento de víctimas que busca cambiar la estrategia en la política de seguridad impuesta por el gobierno de Felipe Calderón. Ahora, de regreso a las aulas, repasa las experiencias recogidas en estos cinco meses en los que el movimiento por la paz ha recopilado cientos de historias de dolor.

Sobre la mesa está el libro Gandhi y la desobediencia civil. México Hoy, que Ameglio escribió hace casi diez años. Es un tema que conoce a fondo; lo ha estudiado y experimentado en carne propia, y ahora reflexiona sobre la ligereza con que se usa esa expresión.

“La desobediencia civil es la categoría más alta en la escala de la lucha social no violenta, lo que equivaldría en las acciones violentas al genocidio, por poner un ejemplo. Es la acción más fuerte que se puede hacer en el terreno de la resistencia no violenta”, explica.

“Exige preparación y disciplina, porque implica la acción abierta en contra de una ley inhumana. Necesita una preparación previa de la gente y una toma de conciencia de lo que significa. Entonces, hay un paso básico anterior: la reflexión compleja y aguda de la ley y el castigo, de la cárcel, del manejo del cuerpo, de la agitación social en su grado máximo”.

Pero además, hay otro elemento necesario: construir alternativas. “Para Gandhi, la desobediencia civil sin un programa constructivo es una simple bravuconada”.

La moral y las masas

En el libro que tenemos enfrente —cuyo prólogo está firmado por Javier Sicilia—, Ameglio plantea que la principal aportación de Gandhi a la lucha nacionalista India fue la incorporación a su movimiento de amplios sectores de masas rurales y urbanas, y el perfeccionamiento en las formas no violentas de lucha.

Javier Sicilia dice que su movimiento es moral, no de masas. Pero, ¿cómo pueden ser efectivas estas acciones de no cooperación o desobediencia si no son masivas?

Es difícil lograr que haya gente que acompañe masivamente un proceso de desobediencia civil, y en México todavía es muy difícil articular las acciones. El Movimiento por la Paz no tiene masas trabajando, pero en las caravanas y en los foros se congregan masas. Es un doble carácter: por donde se pasa se arrastran masas que potencialmente podrían acceder a un nivel mayor de reflexión y de conciencia. Pero no se ha construido ese espacio porque no hay sectores de jóvenes, iglesias o campesinos agrupados en el movimiento. Yo soy de la idea que hay que ir tras ellos, pero son procesos en los que tenemos que trabajar.

La primera arma de la acción no violenta, dice, es la reflexión. “Se tiene que construir, y eso es lo más difícil porque todo está hecho para la repetición y la obediencia. Por eso creo que hay que dar el paso a la ‘no cooperación’, porque la mayor parte del poder del adversario existe porque uno se lo da”.

Al hablar del “adversario” se refiere a las autoridades, pero el postulado central de los gobernantes es que los adversarios son los criminales.

Eso es falso completamente. Los “malos” no son el adversario, porque ésta no es una guerra de buenos contra malos. Lo que hay es una nueva mercancía muy útil al sistema capitalista que es la droga, y hay bandos enfrentados por el monopolio de esa mercancía. En cada bando en pugna hay fuerzas gubernamentales, fuerzas delictivas, fuerzas policiales, empresarios y una base social. Es decir, el bando A, igual que el B, tiene políticos, policías, empresarios y población civil que buscan quedarse con el monopolio del mercado.

Y sí, es el gobierno —o los gobernantes— los que tienen mayor responsabilidad, porque no están haciendo su trabajo. Y ellos están puestos ahí por nosotros; nosotros les pagamos.

 

Defensa propia, no autodefensa

La primera travesía del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad fue una caminata de 80 kilómetros de Cuernavaca al Zócalo de la ciudad de México; la segunda, una caravana que pasó por diez de las ciudades más asoladas por el crimen hasta llegar a Ciudad Juárez —“El epicentro del dolor”, la llamó el poeta Sicilia—. Esta última caravana al sur, para conocer las tragedias de los migrantes centroamericanos y la organización de las autonomías zapatistas, fusionó los dolores nuevos con los viejos, la violencia de los grupos criminales con la violencia estructural del Estado. Sin embargo, para muchos, la ruta del sur alejó al movimiento de su objetivo original.

Ameglio lo plantea así de simple: “La autonomía zapatista es el modelo de orden social más acabado en la forma de la no violencia. Tiene que ver con construir formas de defensa comunitarias, solidarias y de no cooperación, que permitan a la gente auxiliarse en situaciones anómalas o de hechos que pongan en peligro a la comunidad”. De esto, donde más hay que aprender en México es en las comunidades indígenas que han controlado su territorio.

¿Cuál es la frontera entre estas formas de defensa comunitaria y otras que también cometen crímenes? Pienso en las autodefensas colombianas, por ejemplo...

Quienes se organizan para defenderse tienen armas. Las muestran, pero no las usan. No son grupos violentos que vayan a atacar a otros, pero están dispuestos a usar la violencia en defensa propia, porque no hay otra forma de defenderse.

En muchos lugares en México esto está claro en las comunidades indígenas, donde el uso de armas está acotado por una cultura no violenta, por los consejos de ancianos, y el enfoque de estos procesos es de reeducación, el trabajo comunitario. En lo urbano, o en localidades semiurbanas, es más difícil. Ahí no hay ninguna contención, y esto se puede transformar en grupos paramilitares y termina creándose otra fuerza ilegal que genera terror y más guerra.

 

Desobedecer lo inhumano

Ameglio es fundador del Colectivo Gandhiano Pensar en Voz Alta —conocido como “Picaso”, por su Programa de Investigaciones sobre el Cambio Social—, que combina la investigación sobre conflictos sociales, desarrollada por el sociólogo argentino Juan Carlos Marín, y la acción directa por la no violencia y la construcción de paz.

Uno de los problemas centrales de la desobediencia civil, dice, es que para muchas personas es difícil desobedecer la ley: “La gente piensa que la ley la puso Dios, o que siempre ha estado ahí, no como un ordenamiento que debe servir al ser humano”.

Ameglio lleva la plática al plano teórico. Expone el planteamiento de Stanley Milgram, investigador de la Universidad de Yale, que en 1951 realizó un controvertido experimento para medir la disposición de una persona para obedecer las órdenes de una autoridad aun si representa un conflicto personal.

Según los resultados, plasmados en el libro Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental, dos terceras partes de los participantes aplicaron lo que creían que eran descargas eléctricas de 450 voltios a un actor que simulaba recibirlas, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todos los participantes cuestionaron la prueba, pero ninguno lo hizo antes de aplicar supuestas descargas de 300 voltios.

Con los resultados de 19 experimentos similares, Milgram elaboró dos teorías: la del conformismo, que plantea que una persona sin la habilidad y el conocimiento necesarios para tomar decisiones se dejará guiar por su grupo y su jerarquía en una crisis, y la de la cosificación, que postula que si una persona se mira a sí misma como un instrumento de los deseos de otra, no se considera responsable de sus propios actos: ésta sería la esencia de la obediencia en las fuerzas militares y policiacas.

Ameglio comulga con la tesis de “la desobediencia debida a toda orden inhumana”, expuesta por Juan Carlos Marín: “Plantea que es un deber desobedecer cuando hay una situación injusta o inhumana. Se coloca lo legítimo por encima de lo legal”.

¿Cómo se enmarca esto en el caso de México, y del movimiento de víctimas, que ha optado por las movilizaciones, pero también por el diálogo con las autoridades?

El diálogo es la primera etapa, junto con las movilizaciones masivas es el termómetro a 37 grados. Y la desobediencia civil es la última etapa, el termómetro a 44 grados. No puedes pasar de uno a otro sin un proceso amplio de reflexión y de toma de conciencia.

 

El deber de las universidades

Mucho antes de llegar a la desobediencia hay que pasar por la no cooperación, dice Ameglio. Y sigue con la metáfora del termómetro: “Subir a los 40 grados”.

“La no cooperación, que es una etapa en la que no se desobedece la ley y no hay una relación directa con el castigo civil, pero se retira todo lo que pueda ayudar a reforzar el poder injusto”, explica. “La acción más común de no cooperación es el boicot económico —dejar de pagar impuestos—, pero hay muchas otras formas, y hace rato que las universidades deberían estar en esta discusión porque no es un tema menor: 50 mil muertos, 10 mil desaparecidos, comunidades cercadas. ¿Cómo vamos a parar esto? Hacer de cuenta que no pasa nada es cooperar con la guerra”.

¿Qué pueden hacer las universidades ante un gobierno que no escucha ni a las víctimas?

Una acción concreta es una huelga activa. ¿Qué significa esto? No que [los estudiantes y académicos] no vayan a la universidad sino, al contrario, que vayan pero dediquen los días de clase a discutir formas para parar esta guerra. No llegar a clases como si esto estuviera pasando en otro lugar. Y si la palabra huelga les parece agresiva, pueden ponerle “Jornadas de Reflexión”… A mí me gusta la palabra huelga para que transmita la idea de la no cooperación, pero pueden ponerle como quieran.

Otra acción directa, refiere, fueron las jornadas de ayuno que grupos eclesiales y ecuménicos realizaron en Ciudad Juárez. “Además de ayuno hicimos un taller con los empresarios progresistas y una idea que compartía con ellos es la del pago del predial, porque el predial es el pago de derechos de la casa y la casa está asociada a la calle. No hay casa sin una calle. Lo que planteábamos era hacer una campaña con la idea: ‘Quiero pagar el predial, cuando pueda salir a la calle’. No es una acción sólo de rechazo a pagar un impuesto, sino una definición: ‘Quiero hacerlo, pero ustedes denme el derecho a salir a la calle’. Estas acciones tienen una característica masiva, pero también concreta. Cuando se arregla la demanda, se acaba la no cooperación”.

 

Justicia, dignidad y verdad

Pietro Ameglio no sube a los templetes y rara vez está en una conferencia de prensa. En las movilizaciones duerme en los campamentos y come lo mismo que el resto de los caravaneros. Su trabajo es operativo, teórico, de reflexión.

“La paz es una palabra muy grande”, explica. “Históricamente hay muchas ideas sobre la paz. Está la que implica el concepto romano de la guerra para el mantenimiento de la paz, que confunde la paz con la seguridad y que en realidad se vuelve otra guerra, que es un gran negocio en el sistema capitalista”.

“Hay otra paz asociada a las tradiciones humanistas, en donde no puede haber paz sin justicia. No es cualquier paz, sino una con verdad. Que se conozca la verdad es una dignidad histórica y social. Eso busca el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad”. m

 

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