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“Uno puede elegir entre ser ciudadano o ser vasallo”, Fernando Savater

El filósofo español Fernando Savater, que estuvo presente en la Feria del Libro de Guadalajara, ofreció a MAGIS este diálogo. Las cosas están muy mal pero nadie va a venir a salvarnos. Es tiempo de que los ciudadanos tomemos nuestra responsabilidad.

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Las cosas están muy mal, pero nadie va a venir a salvarnos. Por esta razón, dice Fernando Savater, la decisión es muy simple: o se elige ser un ciudadano que busca hacer algo para que las cosas cambien o se opta por ser un vasallo que calla y obedece. No hay más opción. “El pesimismo no arregla nada”, afirma el escritor español, nacido en el País Vasco.

Durante su más reciente visita a Guadalajara, en donde participó en la Feria Internacional del Libro, Savater concedió una entrevista a MAGIS. En ella reconoce que éstos son tiempos de incertidumbre en que los referentes se desdibujan; por esa misma razón, insiste, hay que buscar, estudiar, pensar y actuar, aunque no se tenga certeza de los resultados: “El secreto de la acción es que nunca se sabe si las cosas van a salir bien”.

Savater nació en San Sebastián, en 1947. Se autodefine, más que como filósofo, como profesor de filosofía, o, en todo caso, como filósofo con f minúscula. Enfático, impetuoso, molesto con quienes sólo se quejan, Savater habla también sobre la importancia de la formación ética, y reitera su postura en favor de que se despenalice el consumo de las drogas.

Usted insiste en la necesidad de asumirnos como ciudadanos. Sin embargo, muchas personas no ven cómo: no encuentran opciones, están decepcionadas de la política, de los movimientos sociales. ¿Cómo volver a los asuntos públicos en un contexto tan poco alentador?
La respuesta es obvia: las cosas se responden solas, es decir, si uno consigue algo, pues bien, y si no, pues tienes que insistir, tienes que cambiar de métodos, debes buscar más apoyos. Lo que pasa es que de ninguna otra parte te van a venir a salvar, nadie te va a venir a arreglar las cosas; entonces me parece prudente preguntarse: “¿Quiero vivir en un país más corrupto, más violento, etcétera?”. Si la respuesta es sí, pues no hay más que dejar que las cosas continúen así, y si no, hay que intentar salvarse.

En el caso de México, muchos pensaron que el proceso que permitió la alternancia de partidos en el poder nos daría un mejor país, que cambiaría las cosas.
El proceso no cambia nada. Los movimientos políticos son instrumentos, y los instrumentos hay que utilizarlos, hay que tratar de estabilizarlos, de hacer algo con ellos. No se trata solamente de que cambiar de un partido a otro, de por sí, automáticamente, vaya a tener unos resultados estupendos, porque inmediatamente vuelven a recrearse las viejas corruptelas, los viejos egoísmos, las viejas complicidades. Lo que falta es, si hay un cambio, utilizar ese cambio para transformar, para mejorar; es decir, el pesimismo no arregla nada.

Uno puede elegir entre ser ciudadano que lucha por mejorar o ser un vasallo que soporta lo que le pasa y ya está, pero no hay más. No hay ninguna promesa de que se hagan las cosas bien; el secreto de la acción es que nunca se sabe si las cosas van a salir bien, hay que intentarlas o simplemente meterse debajo de la cama y esperar a ver si nos vienen a salvar.

Mucha gente que lo intentó está frustrada: “Para qué voté si todo sigue igual”, “los políticos son todos iguales”, “no hay opción”.
Muy bien, todo está muy mal ¿y entonces? ¿Será que antes había referentes más claros? No creo que haya habido tiempos mejores. Yo soy partidario, como decía Borges, de que a todos los hombres nos tocan malos tiempos en que vivir.

Me refiero a que había “banderas” más claras. La lucha contra las dictaduras, por la libertad de expresión, por la defensa del voto...
Sí, sí, claro. Si tú te estás muriendo de hambre, con un trocito de pan, con unos poquitos garbanzos, te parece que ya has conseguido una gran cosa. Si tú estás bien alimentado empiezas a ser exigente respecto a la calidad de la comida, a los condimentos.

El que no tiene absolutamente ningún tipo de libertad, con los más leves comienzos o principios ya se siente a gusto y come, pero claro que cuando uno va conquistando ciertas cuotas de libertad, va pidiendo más y va viendo más defectos. En España también pasó un poco lo mismo: la gente empezaba a añorar a Franco porque cuando vivía Franco teníamos claro qué era lo que no queríamos, y él bloqueaba las salidas. La gente se sentía más cómoda en el sentido en que decía: “Bueno, la culpa de todo la tiene Franco y ya no hay nada más que hacer”. Y en el momento en que desapareció Franco, si las cosas no iban bien, la culpa la teníamos cada uno de nosotros, y eso naturalmente resulta más incómodo.


La necesidad de la ética

Uno de los temas centrales en el trabajo de Fernando Savater es el de la ética. Es un asunto fundamental que aparece como una constante en muchos de los cerca de 80 libros que ha publicado. En uno de ellos, Ética y ciudadanía, dice: “La ética suele ser un conjunto de supersticiones sobre hasta dónde deben llevar las faldas las señoritas, o qué parte de la epidermis hay que enseñarle al vecino, o si está bien darle un pellizco a la cuñada […] Pero esto no es la ética ni la moral; éstas intentan reflexionar sobre qué significa ser humano, qué significa ser un mortal que sabe que va a morir, que puede reconocer su propia vinculación con la muerte y con otras personas semejantes a él. De eso es lo que trata la ética, y no tiene absolutamente nada que ver con las cuatro o cinco pillerías que se les puedan ocurrir, en determinados campos de transgresión supersticiosa, a las personas”.

¿Cómo se puede impulsar una formación ética que trascienda la enseñanza de ciertas morales específicas?
Leyendo a los grandes autores de ética. Esa moral de prescripciones es muy antigua, muy dogmática. Hay que leer a Kant, hay que leer a Spinoza, hay que leer a los grandes maestros de la moral. Hay que estudiar ética. La ética hace mucho que ya no es la prescripción de un código. Eso es una cosa de los curas, de la religión, y no hay que confundir religión con ética. La religión es una cosa basada en unas doctrinas esotéricas, y la ética es una reflexión de cada hombre respecto a su libertad, acerca de cómo orientarla, y el pensamiento occidental hace mucho que está pensando en la ética laica.

¿La ética requiere asignaturas específicas, o se debería aprender en todas las clases?

Eso estaría bien, pero me parece importante que también sea una asignatura específica. La transversalidad famosa nunca resuelve nada, es decir: está muy bien que todos los profesores sean personas morales, que alienten principios, etcétera, pero lo importante es que la ética tenga unos contenidos específicos y que haya un estilo específico de la materia, no simplemente que lo impregne todo y no esté precisada en nada, porque eso a la larga sirve de poco.

¿Basta la lectura?
No, no. La lectura es una parte: hay debates, hay discusiones. Los conocimientos teóricos siempre vienen por la teoría, obviamente, pero tienen que encontrarse con la experiencia. También hay que conocer hechos científicos actuales, cuestiones de neurobiología, conocer una serie de cosas que de alguna manera ayudan a completar la base clásica del pensamiento filosófico.

Algunas personas preguntan: “¿Y eso para qué sirve?”. ¿Qué les responde usted?
Que para qué sirven los recién nacidos, que para qué sirve vivir. La reflexión ética es simplemente un intento de los seres humanos de entender por qué hacen lo que hacen. Cuando una persona pregunta para qué sirve, quiere decir que no entiende su libertad, que se limita a obedecer, a estar, a seguir el camino que otros le marcan.

¿Qué le dice a quienes piden respuestas definitivas?
Que no hay respuestas, que hay que seguir pensando. El que pide respuestas no piensa. El que piensa es el que busca la respuesta. Si alguno cree que existe alguien que tiene una clave y que basta con ir a buscarle, llamar a la puerta, preguntar para que se la den y entonces irse muy contento a casa, pues que la busque.

Si no hay que prescribir ni dar respuestas, ¿cuál es el papel de los maestros?
El maestro tiene que indicar caminos, indicar procesos de pensamiento, pero no tiene que crear códigos completos para que los alumnos se porten como robots, eso no.

En una crisis como la que estamos viviendo, ¿en qué nos puede ayudar la filosofía?

Habrá filósofos que sepan mucho de economía; yo, desde luego, no estoy entre ellos. Pero me parece que no hay que tener mucha filosofía para darse cuenta de que un sistema que no tiene algún tipo de control, de vigilancia, de regulación, origina estos hechos, y que lo que ha ocurrido ahora volverá a ocurrir mientras no haya cambios. Son cuestiones fácticas. Es como cuando un avión se cae: pues la filosofía, o lo que uno puede decir, es que hay que tener cuidado en cómo se conducen los aviones, porque el hombre corre peligros en el aire. Con la crisis económica es un poco lo mismo: la economía es un mundo de peligros, pero lo importante es preguntarnos cómo vamos a vivir. Los riesgos que presentan la economía o el desarrollo tecnológico son cosas que hay que asumir y encuadrar dentro de qué es lo que queremos en la vida y en cómo vamos a vivir.

Aquí volvemos al principio. Muchos no queremos eso, la gente sufre los efectos de una decisión tomada por alguien al otro lado del mundo que a veces ni siquiera es posible reconocer. ¿Cómo ser optimista para buscar salidas en cuestiones que parecen apabullarnos? ¿Por dónde buscar?
Pues hay que buscar, espabilar. Si no sabes, espabila, piensa, entérate y estudia. Sobre todo, lo que no hay que hacer es quejarse —muchos se pasan la vida quejándose—; no porque no haya motivos, sino porque es inútil. Las cosas están mal, sí: pues entonces estudiamos, nos juntamos, hacemos movimientos políticos, apelamos a los gobiernos, presionamos para que haya un orden internacional distinto o lo asumimos; en cualquier caso, lo que no hay que hacer es quejarse. m.


Algunos libros de Fernando Savater

:Apóstatas razonables (1977)

:Ética para Amador (Ariel, 1991)

:Política para Amador (Ariel, 1992)

:Despierta y lee (Alfaguara, 1998)

:Los diez mandamientos en el siglo XXI (Debolsillo, 2005)

:La aventura de pensar (Debate, 2008)

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