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Al otro lado: Alejandro Santiago

En las manos de Alejandro Santiago están la denuncia y la crítica, digamos en la derecha, y en la izquierda la propuesta y la acción: el artista fundó dos espacios para salvaguardar la imaginación y la expresión artística de sus comunidades, La Telaraña y La Calera, en Oaxaca

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«2,501 Migrantes», en Teococuilco de Marcos Pérez, Oaxaca. Fotos: Galería Alejandro Santiago/Facebook
«2,501 Migrantes», en Teococuilco de Marcos Pérez, Oaxaca. Fotos: Galería Alejandro Santiago/Facebook

Una mezcla de colores terracotas para describir la tierra fértil, y, encima de ella, un animal que se transforma en el rostro de un oaxaqueño. La máscara de un caballo que esconde una figura femenina. Un rayón sobre un árbol naranja que flota entre cuerpos desnudos, en algo parecido a un sueño. “Los artistas de Oaxaca, ágiles y laboriosos, han trabajado con dos manos: la derecha, que se ha ocupado del mundo visible, razonable, leal y racional, dando cuenta de su entorno, de las plantas y animales propios de su geografía, así como de los aspectos más variados de la vida cotidiana de sus habitantes, desde las imponentes imágenes de los ricos y poderosos, hasta las encantadoras imágenes de la vida de la gente del pueblo; y la mano izquierda, que se ha encargado de cifrar el lado izquierdo de la creación, el lado de los mitos, de las leyendas y de los sueños, con sus criaturas fantásticas, sus seres imaginarios, metáforas en continua transformación”, explica Alberto Blanco sobre la que nombramos —aunque suenen injustas todas las categorías— Escuela Oaxaqueña. Ésta intenta enmarcar un espacio de tiempo y un grupo de artistas: desde Rufino Tamayo y la creación de su taller de gráfica en 1974 por Roberto Donís, hasta el gran maestro Francisco Toledo, Rodolfo Nieto, José Villalobos, Sergio Hernández, Maximino Javier, Filemón Santiago, Felipe Morales, Luis Zárate y Alejandro Santiago (1964-2013). Una identidad nacional concentrada en una geografía: Oaxaca. De la tradición muralística hasta la instalación.

Alejandro Santiago

Así, con la mano derecha y con la izquierda, los críticos han tratado de descubrir “eso” que comparten los artistas de Oaxaca: para algunos es la integración de lo real y lo imaginario mexicanos; para otros es su mezcla, maravillosamente lograda, entre la modernidad artística (del expresionismo abstracto al figurativo) y esa aprehensión de lo nacional en la que podríamos identificarnos. La obra de Alejandro Santiago podría recorrerse entre estas dos manos que describe Blanco: una para describir su tierra y sus leyendas, y otra para descubrir la realidad de su comunidad —la bella y mágica, y también la incómoda y horrorosa—. La ensoñación de los mitos que parecen surgir espontáneamente de la naturaleza de su tierra, y la tristeza de su contexto mermado por la pobreza y la migración.

De Santiago es la pintura de animales flotando, pero también la creación de 2,501 Migrantes, figuras de barro para describir ausencias (las de su pueblo, Teococuilco de Marcos Pérez, en la Sierra de Oaxaca, o las de la cifra aproximada de muertes en la frontera entre México y Estados Unidos —porque existen esas dos interpretaciones de la obra). De él es la pictórica expresionista repleta de ocres y verdes, y la crítica al horror del abandono y la muerte a causa de una realidad que poco a poco parece tragarse los cuentos y las leyendas. ¿Y si no queda nadie para descubrir esa magia que surge de los animales y las plantas oaxaqueñas? ¿Y si se acaba el pueblo porque todos murieron con su lengua, sus colores y sus historias al tratar de encontrar una mejor vida? 2 mil 501 figuras humanas de barro, todas diferentes, moldeadas y cocidas por 32 artistas oaxaqueños, que transitaron el Fórum Universal de las Culturas Monterrey 2007, después el Zócalo capitalino, Bruselas, San Francisco, París y Oaxaca: un ejército de ausencias, esperanzas y pérdidas, recorridas y registradas por miles de espectadores con una selfie.

Alejandro Santiago

Y en estas dos manos de Alejandro Santiago están también la denuncia y la crítica, digamos en la derecha, y en la izquierda la propuesta y la acción: el artista fundó dos espacios para salvaguardar la imaginación y la expresión artística de sus comunidades, La Telaraña y La Calera en Oaxaca. Dejó inconclusos un proyecto de formación escultórica en Suchilquitongo, Etla, y otro artístico de 385 esculturas de metal para recrear a los “diableros” (los cargadores) de todos los mercados de abastos del país.

De un lado el color, la textura y la expresión como protagonistas de su obra, del otro un “artista comunitario” que sabía agregar a la crítica, la acción. Alejandro Santiago murió en 2013, en un Lunes de Cerro de la Guelaguetza. m.

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