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"Alimento mis demonios para pensar". Entrevista con Renato Ortiz

Los sucesos de París del 68 y la dectadura en Brasil influyeron de manera fundamental en su vida, tanto que rompió con los deseos familiares de que fuera ingeniero y se interesó por el mundo de las ciencias sociales. Renato Ortiz dice que no fue educado para ser intelectual y que las pregunas por el sentido de la vida y su interés por la política son demonios con los que ha luchado toda su vida.

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Renato Ortiz
Renato Ortiz

Por Graciela Rodríguez-Milhomens

 

Renato Ortiz ha desarrollado toda su vida profesional en Brasil, aunque estudió en Francia. Desde la UNICAMP de São Paulo, se ha dedicado a estudiar la globalización y ha realizado aportaciones fundamentales para su estudio: si bien el concepto de globalización permite concebir y estudiar un mercado global, no funciona para las cuestiones de la cultura, por lo que introdujo el concepto “mundialización de la cultura”. Cuando hace unas semanas estuvo en el ITESO, en el marco de los festejos de los 40 años de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, y tuvimos la oportunidad de conversar con él sobre identidades y diversidad en el contexto de la globalización, nos habló de la necesidad urgente de que los latinoamericanos pensemos las realidades del mundo y no solamente las locales. También habló de su profesión, la del investigador.

Usted ha pensado las identidades locales durante muchos años. ¿Qué ocurre con ellas en la globalización o, más precisamente, en el contexto de la mundialización de la cultura?
En la globalización, el Estado-nación ya no tiene el monopolio de la construcción de la identidad, en singular. Junto con la identidad nacional, pueden desarrollarse otras identidades en el contexto territorial nacional. Esas identidades pueden ser locales, pero también pueden ser trasnacionales. En este cuadro pueden pasar varias cosas con las identidades locales. Por ejemplo, un grupo de jóvenes de la periferia de la ciudad de São Paulo son muy miserables y a través del rap afirman su color negro en contra del racismo en Brasil; ellos representan una identidad cultural que lucha en su país. Pero se trata de una identidad cultural muy diferente a la de los grupos musicales de una región específica del nordeste del Brasil, quienes quieren vender su música en el mercado internacional y se pelean contra el monopolio del Estado que define la samba y la bosanova como “la identidad nacional”. Ellos quieren ubicarse como “identidades locales” en el mercado mundial. Es decir, que pueden ocurrir muchas cosas con las identidades locales: pueden formar parte de la diversidad nacional, pueden contraponerse a las diversidades nacionales, y también pueden llenarse de elementos de trasnacionalidad para afirmar su sentido local. No hay una alternativa. En la situación de globalización, la producción de identidades culturales se da en un contexto abierto, con posibilidades múltiples. Pueden ocurrir muchas cosas; depende del lugar donde esas identidades están siendo reproducidas. 

¿Pueden perderse riquezas de la diversidad cultural en este contexto de globalización?
Muchas veces tenemos la ilusión, justamente cuando pensamos en diversidad y en identidad, de que todas las identidades son más o menos equivalentes e implican únicamente riqueza. No, las identidades pueden implicar varias cosas: pueden implicar riqueza pero también pueden implicar conflicto. Eso es importante entenderlo. También es interesante preguntarnos de qué diversidad estamos hablando. Ahora que hay una clara presencia de una especie de valorización de la diversidad, la pregunta que debemos hacernos es qué estamos diciendo con eso. Porque las diversidades no son equivalentes entre sí; son, justamente, diversas. Cuando estamos hablando de diversidad de género, no es lo mismo que cuando estamos hablando de diversidad de culturas indígenas. Son diversidades totalmente distintas. Dentro de la categoría de diversidad se esconden muchas capas y tenemos que calificar esas diversidades. Muchas veces diversidad quiere decir desigualdad, porque toda desigualdad es una diversidad; para ser desigual es necesario ser diverso. Pero, en este caso, es un diverso marcado por una intención de subordinación. Por eso, la cuestión tiene que ser formulada calificando la diversidad.

A los marginados, ¿podemos pensarlos como diversos?
El tema del diverso es distinto del tema de los marginados porque justamente el tema de los marginados nos induce a pensar un espacio público, derechos, igualdad, integración de todos en un espacio, una esfera pública. Y si están marginados es porque no tienen acceso a un conjunto de derechos. Si no, podemos caer en una ideología bastante conservadora que ya aparece muy claramente en algunos partidos de derecha en Europa, que dicen: “ustedes son diversos de nosotros, por lo tanto no debemos tener los mismos derechos: tenemos otra cultura, ¿por qué quieren ser iguales a nosotros?”. Esta ideología utiliza justamente la diversidad para demarcar, una vez más, la oposición entre los marginados y aquellos que están incluidos con un conjunto de beneficios, privilegios y derechos. Ya existe este tipo de discurso político ideológico, sobre todo en Europa con relación a los inmigrantes, como es el caso de Le Pen en Francia o de algunos políticos en Alemania. Es decir, que el discurso se apropia de la cuestión de la diversidad, pero hace un giro para reforzar las desigualdades o para naturalizarlas una vez más. No es que ellos se inventen la desigualdad; no, la desigualdad ya existía, pero es resemantizada en este contexto.

 
DEMONIOS DE INVESTIGADOR


¿Cómo se convirtió usted en investigador?
Yo no fui educado para ser intelectual. Yo no tenía un capital cultural, como diría Bourdieu, para transformarme en alguien que estuviera dotado para trabajar en problemas de la cultura, del pensamiento o de la teoría. Durante el colegio, mi madre me puso en una escuela agraria, donde viví encerrado durante tres años, con hombres por todos lados. Después hice cuatro años de ingeniería en una escuela importante en Brasil. Pero en aquellos momentos, en la mitad de los años sesenta, hubo en Brasil una polarización muy fuerte contra la dictadura militar. Me metí en esto, a través de la política, que en esta época estaba muy imbricada con la problemática de la cultura, incluso con la búsqueda de la identidad nacional: el teatro, el cine y la música estaban en esto. Me fui apartando, digamos, de los ideales de mi familia. Y así entré en el universo de las ciencias sociales. Pero yo no hice ciencias sociales en Brasil, porque durante la dictadura militar varios profesores fueron echados de las universidades y la situación estaba muy difícil. Fue ahí que decidí que no iba a ser burgués; esto significaba para mí, en el sentido existencial, que no debería quedarme: tomé un barco, me fui a Francia (sin plata, sin beca, sin hablar francés) y ahí hice el grado, la maestría y el doctorado. Estuve casi seis años y regresé a Brasil.

Usted plantea que, en la vida, hay que alimentar los propios demonios. ¿Cuáles fueron sus demonios?
Yo creo que los demonios pasaron por la política, pero no en el sentido partidario, sino la política ubicada con el tema de la cultura. Es claro, también, que el demonio tenía algo que ver con una crisis existencial con relación al sentido de la vida, al futuro trazado de antemano por la familia, el conformismo de las clases medias. Esta insatisfacción creo que se transformó en una mezcla explosiva.

¿Y son los mismos demonios que tiene ahora o cambiaron?
Yo los alimento hasta ahora. No es fácil porque con el confort material, con la edad, hay un cierto acomodamiento. Pero alimento mis demonios hasta hoy. Yo creo que los demonios, si uno no los alimenta, se pierden. El alma se seca. Yo creo que en ciencias sociales esto es muy importante; el problema es, primero, encontrar los demonios, porque los demonios son distintos en cada individuo. Después hay que alimentarlos y administrarlos. Yo intento hacerlo, no es fácil. Desde mi perspectiva muy subjetiva, creo que el trabajo intelectual tiene una dimensión de insatisfacción. Al mundo actual no le gusta mucho el tema de la insatisfacción. Pero cuando leemos, por ejemplo, a Sartre, cuando leemos la autobiografía de Buñuel, los textos de Hemingway, los escritores malditos estadunidenses que se fueron a Europa, a Francia en particular, se percibe que esta gente estaba insatisfecha con algo. Las cosas de las que estaban insatisfecha no eran necesariamente las mismas. En Sartre era una, en Buñuel era otra, en Hemingway era otra. Pero no estaban enteramente conformes con lo que tenían. Yo fui marcado por eso. Y, de cierta manera, también por mayo del 68, toda una generación de jóvenes bien calificados, listos para entrar en la sociedad, que de repente se rebelan, ¿por qué? Hay algo ahí que es una inadecuación, una insatisfacción. Yo diría que alimento esta insatisfacción para pensar. Quién sabe si esto es necesario… pero creo que sí.

LA ILUSIÓN DE LAS TECNOLOGÍAS

¿Cómo es la vida cotidiana de Renato Ortiz?
Muy tranquila. Yo no pensaba que iba a vivir una vida así porque soy una persona muy activa, pero en el trabajo intelectual hay momentos intensos y hay tiempos muertos en los que no se hace, o por lo menos yo no hago, literalmente, nada. El otro día le dije esto a una colega y le cayó muy mal, porque no hacer nada no es algo que la sociedad en que vivimos acepte con facilidad. Yo quiero decir con “no hacer nada”, que hay un tiempo entre dos trabajos –el que quiero hacer y el que acabo de terminar– en que hago cosas de rutina: las clases, orientar a los alumnos. Lo más difícil para mí no es terminar un trabajo sino imaginar otro. Una vez preguntaron a un intelectual francés, profesor de sociología de la religión que escribió muchos libros: ¿qué libro le gusta más? Y él contestó “el próximo que voy a escribir”. Yo tengo algo por ahí. 

 
¿Cómo inicia un proyecto de investigación?
Procuro alimentar las ideas. Tengo varios proyectos imaginarios que no voy a poder hacer nunca, pero imagino lo que puedo hacer y creo que eso después me sirve. Cuando elijo un tema específico, trabajo de manera muy objetiva. Para esto es necesario tiempo, constancia, sobre todo una buena biblioteca: esto es algo decisivo en el trabajo del mundo contemporáneo, que lo distingue del pasado. Por ejemplo, ya no se pueden hacer ensayos hoy de la manera como se hacían en los años treinta o cuarenta. No se puede ya escribir “yo pienso” o “yo veo así”, porque no funciona. Es necesario que eso esté amarrado a todo un conjunto de lectura y de investigación. Y para eso las bibliotecas son muy importantes. Además de eso, es importante viajar. Sin esto, el trabajo intelectual se agota.

¿Se ha transformado el trabajo del intelectual con las tecnologías de información?
Sí, las tecnologías de información ayudan, pero no debemos tener la ilusión de que sustituyen a las bibliotecas. Ayudan las bases de datos, ayudan las revistas específicas, ayudan algunas investigaciones en internet. Pero en nada sustituyen a una buena biblioteca; una buena biblioteca es algo imbatible.m.

Algunos libros traducidos
: Mundialización, saberes y creencias (2005)
: Lo próximo y lo distante: Japón y la modernidad mundo (2003)
: Otro territorio (1996)
: Mundialización y cultura (1997)
: Modernidad y espacio. Benjamin en París (2000)
: Los artífices de una cultura mundializada (1998)

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