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Caballeros, princesas y ratones: una fábula de nuestras lecturas

Los libros de autoayuda constituyen un fenómeno que vale la pena examinar en lugar de denostarlo. ¿Cómo explicar que en 2009 se vendieran más de tres millones y medio de ejemplares de este tipo de libros? Tal vez representan el enorme fracaso de nuestro sistema educativo o nuestra incapacidad para leer críticamente, aseguran especialistas.

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Todos tuvimos sueños adolescentes de rockstar, crack de la cancha o mariachi. El mío, más modesto, fue trabajar en una librería. Esperé casi un año, hasta cumplir 17, para que me contratara una cadena de librerías. Pronto notaron mi avidez por hojear libros en horas de trabajo y me recluyeron en el área de paquetería, una especie de gulag soviético. La condena: ocho horas de pie modelando una sonrisa petrificada y a la vista del encargado.

—Derívalos, Lomelí —ordenaba mi supervisor, que llegó a odiarme por mostrar sentimientos hacia objetos inanimados e impresos.

En año y medio peregriné por distintas sucursales sin que los clientes dejaran de pedir los dos o tres títulos de siempre, con tal insistencia que inventé un juego para burlar el delirio al que me estaba orillando mi confinamiento. Nomás ver la cara del compungido, intentaba adivinar el libro que quería comprar: “Esta madame cuarentona y divorciada tiene cara de La princesa que creía en los cuentos de hadas (1998). Y ese desempleado abatido por deudas y desamor va directo por El caballero de la armadura oxidada (1994). Aquella anciana viene por sus Conversaciones con Dios (1996)”.

Eso ocurrió a finales de los noventa, sin que las cosas hayan cambiado mucho hasta ahora. La cadena de librerías sigue creciendo y en las mesas de novedades aún hay reediciones de muchos títulos que puse en la mano de aquellos lectores.

Números que sí motivan

Antes de debatir sobre la conveniencia de consumir este género de libros, sus razones para existir y los prejuicios que generan, salta a la vista la realidad comercial. Según el último Estudio estadístico de producción y comercio del libro en México (2009) de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), los libros de autoayuda o de motivación personal representan alrededor de 2.7 por ciento de la venta anual de libros en el país, con un monto de facturación estimado en 224.5 millones de pesos —si se añaden los libros de esoterismo, astrología, ocultismo y quirología, el porcentaje se eleva a 3.1 por ciento, con ventas anuales de 262.8 millones de pesos.

Sólo para esbozar la magnitud del negocio, en 2009 salieron al mercado mexicano 6,328 títulos de superación personal ­—entre novedades, reediciones y reimpresiones—, lo que generó la comercialización de 3.6 millones de ejemplares en librerías de toda la República. Ningún otro tema alcanza tal volumen de títulos y tirajes de entre los subgéneros que abarca la categoría “Literatura, Sociología y Filosofía” en los índices de la Caniem.

En el espectro nacional, este porcentaje resulta muy atractivo para el sector editorial si se considera que alrededor de 77 por ciento de los libros que se venden en México son de educación básica —de compra obligatoria—, literatura infantil, juvenil y para adultos —una parte destinada a bibliotecas y como libros de texto—, y para el aprendizaje de lenguas. El resto se reparte marginalmente en libros religiosos, de tecnología y ciencias aplicadas, geografía, historia, arte, cultura y deportes.

“Ese porcentaje [de ventas de títulos de autoayuda] es significativo si se considera que se trata de libros que el lector no está obligado a comprar, como sí sucede con los libros de texto”, puntualiza Felipe Ponce, director general de Ediciones Arlequín.

Un caso concreto es Editorial Pax México, que tiene un catálogo de 610 títulos de autoayuda que la convierten en una de las casas editoras líderes en el tema. Su best-seller, Francesco. Una vida entre el cielo y la tierra, de Yohana García, ha alcanzado 28 reimpresiones y vendido 170 mil ejemplares. Matilde Schoenfeld Liberman, directora Editorial de Pax, explica: “La misión de la empresa es transformar vidas y la gente cada vez tiene más necesidad de enriquecer y reflexionar sus conocimientos respecto de estos temas”.

La premisa de “ayudar al lector a cambiar y mejorar su vida” pasa por criterios de selección editorial bien definidos, estudios de mercado y requisitos para los manuscritos (fáciles de leer, sin frases rebuscadas, directos, con ejemplos breves e ilustrativos). Además de un ingrediente fundamental: la conciencia de que la mayoría del fondo editorial que se construye es efímero. Schoenfeld Liberman siempre lo tiene presente: “Nueve de cada diez libros están destinados al olvido”.

En la pestaña “Cómo publicar” de su página web, Pax ofrece un cuestionario para que su consejo editorial evalúe la pertinencia de un manuscrito. El autor debe explicar “por qué es especial” su libro, qué aspectos harán que el lector lo compre, y debe dirigirlo a un sector de mercado definido por el estrato social, edad, trabajo, sexo y otras variables de sus consumidores. La política de la editorial no contempla la publicación de literatura, poesía ni ensayo. “En el fondo, los editores somos como los tahúres”, reconoce Schoenfeld Liberman. Es una cuestión de “intuición, de olfato”.

El oficio, ciertamente, está más cerca de Wall Street que de Casa Tíbet.

La fórmula de un linaje: el universo conspira a tu favor

Los manuales de autoayuda o motivación personal son un fenómeno que empezó a dibujarse a principios del siglo pasado.

Uno de los precursores, el estadunidense Dale Carnegie (1888-1955), combinó su próspera carrera como vendedor de tocino con cursos de liderazgo empresarial y ventas. De allí surgió su libro Cómo ganar amigos e influir sobre las personas (1938), antecedente moderno de los manuales de autoayuda en el ámbito de los negocios y uno de los primeros best-seller del género. Todavía se encuentra a la venta en librerías.

Más tarde, en la década de los setenta, apareció en Estados Unidos un par de publicaciones paradigmáticas: Juan Salvador Gaviota (1970), de Richard Bach, y Tus zonas erróneas (1976), de Wayne W. Dyer, que marcaron el camino a muchos autores motivacionales. Desde entonces no se ha dejado de experimentar con poemas narrados, parábolas noveladas, diálogos, epístolas, manuales y guías espirituales.

Para algunos críticos, este género sustituye las antiguas lecturas de vidas de santos y otros personajes ejemplares, que cayeron en desuso cuando entraron en crisis los modelos de conducta impuestos por la iglesia católica o las clases aristocráticas. “La gente necesita respuestas y necesita también guías para vivir. Siente que ha fracasado porque nadie la ha aconsejado bien”, expresa el poeta y crítico literario Juan Domingo Argüelles.

Pero antes de Dale Carnegie y el boom de los setenta, la estadunidense Florence Scovel Shinn sentó otro precedente que allanaría el camino de otros. En su libro El juego de la vida y cómo jugarlo (1925) —aún en librerías— expuso algo parecido a la teoría de la ley de atracción. “A causa de la fuerza vibratoria de las palabras, aquello que decimos es precisamente lo que atraemos”, señala la autora, y muchos otros han transitado con gran provecho comercial por la misma vía: la declaración de un poder oculto y favorable del cosmos —Dios, Destino, Karma, Misión, Providencia, Energías Invisibles— que hará posible cualquier sueño. Sólo bastan la voluntad y el deseo.

No es gratuito que Paulo Coelho cimente la fabulación entera de su obra más vendida, El Alquimista (1988), en una sentencia con una factura similar: “Cuando realmente deseas algo, el Universo conspira para que realices tu deseo”.

¿No parte de esta idea infundada, con ligeras modificaciones, la gran mayoría de los libros de autoayuda, ya sean guiones espirituales o relatos novelados?

Al margen de este paradigma, lo cierto es que muchos autores de novelas motivacionales también emplean recursos tramposos para atraer lectores. El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince publicó en 2003 el artículo “Por qué es tan malo Paulo Coelho”. Cuidadoso de no desacreditar con “altivo esnobismo” al best-seller brasileño, dedicó algunas páginas a analizar sus obras. Concluyó que una constante es la utilización de las estructuras más primitivas del cuento infantil, salpimentadas con un lenguaje de tono oracular, y un sistema de pensamiento que disfraza de misterio y asombro el acontecimiento más cotidiano. Y cita a El Alquimista: “Era un día caluroso y el vino, por uno de esos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo” (¿qué misterio insondable hay en que un líquido quite la sed?, se pregunta Faciolince).

Con pirotecnias de ese talante, el carioca ha vendido más de 100 millones de libros y ha sido traducido a más de 66 idiomas; una calle de España lleva su nombre y comercializa exitosamente camisetas con leyendas como: “Nunca abandones tus sueños, sigue las señales”. Sobre el mismo tema de los sueños, el lector puede juzgar y comparar la siguiente sentencia de Shakespeare: “Sólo tiene vida en mí lo que aún no existe”; lo dice Macbeth en el Primer Acto. Se reconoce, sin mucha dificultad, una riqueza de significado infinitamente superior.

 

Contra las dictaduras del gusto

Hay una diferencia esencial entre un autor best-seller de libros motivacionales y uno de literatura que los especialistas llaman, a riesgo de sonar pedantes, literatura canónica o “inteligente”. La diferencia es que el primero cumple el ideal inalcanzable de vivir de la escritura y el segundo, por lo general, hace malabares para sobrevivir y escribir… O ya está muerto.

Asimismo, en una librería resulta evidente quiénes son los autores que logran reediciones millonarias. Están en las mesas de novedades, a la vista de todos: Jorge Bucay, Daniel Goleman, John Gray, Carlos Cuauhtémoc Sánchez. En cambio, los clásicos universales —Tolstoi, Shakespeare, Ibsen, Cervantes— se encuentran en repisas a ras del suelo, en un amontonamiento oculto y marginal.

Fuera de este método de reconocimiento, los problemas de clasificación se empatan con los de definición y calidad: ¿Todos los libros de autoayuda son desechables? ¿Hay obras auténticamente valiosas? ¿Cómo distinguir una vacilada seudocientífica de una divulgación seria? ¿Con qué elementos desarmar a un lector de Deepak Chopra para convencerlo de que pruebe a Dostoievski?

Pero vamos más allá: ¿queremos sólo lectores de clásicos universales?

Un llamado a la mesura viene de Juan Domingo Argüelles, uno de los estudiosos que —junto con Gabriel Zaid— han tratado más a conciencia el fenómeno de la lectura y el libro en México. Desde una perspectiva de divulgador y lector especializado ha publicado libros esenciales como Qué leen los que no leen (2003) y Ustedes que leen (2006), entre otros.

Argüelles llama a evitar el “puritanismo cultural” de intelectuales y autores de literatura que sólo desearían ver “obras maestras”. Imaginemos un partido de beisbol, pide, en donde se batea sólo home runs. Cero strikes o ponchados, sólo hits. El error de muchos intelectuales, explica, es creer que ellos representan el modelo ideal de lectura, una clase de súper hombre que sólo alimenta su cerebro de obras universales y orgánicas.

“Como en todo, no se puede desdeñar tajantemente el universo completo de esta literatura, pero lo que sí es indudable es que una muy alta proporción se enmarca en la superchería, la charlatanería y la falsa ciencia”, refiere en entrevista.

Argüelles aduce que este tipo de libros “crea en el lector la confianza de que todo depende de la voluntad y el empeño que se ponga en algo para poder conseguirlo”. Ese planteamiento es falso, enfatiza. Y añade: “Lo primero que tendrían que plantear los buenos libros de superación personal o de autoayuda, es poder distinguir entre el deseo y la realidad, entre lo posible y lo imposible. Si los lectores aprenden a conocer sus imposibilidades y sus incapacidades, se les acaba el negocio a muchos charlatanes de la falsa autoayuda”.

       

Mexicanos en éxtasis

En la actualidad, el mexicano Carlos Cuauhtémoc Sánchez (1964) ha vendido más de 20 millones de libros y se designa a sí mismo como “el escritor de los jóvenes”. Recorre Estados Unidos y América Latina impartiendo “Seminarios de prosperidad”. En octubre de 1992, el periódico El Norte publicó un titular sobre el autor, que sentenciaba: “Vende más que Gabo, Fuentes y Mandino”. El éxito comercial no lo ha abandonado, y en 2007, la Encuesta Nacional de Lectura de Conaculta lo ubicó como el escritor más leído y vendido en el país, por encima de Gabriel García Márquez, Miguel de Cervantes y Octavio Paz.

En su página oficial, el autor de Juventud en éxtasis (1993) publica varios artículos motivacionales representativos de su estilo. En una de las historias, una clavadista y campeona olímpica que alcanzó la fama es dominada por la arrogancia. “Nunca pensó que una medalla de oro pudiera llegar a pesar como si fuera de plomo”, dice en algún momento el autor. La oración está bien redactada. La comparación entre plomo y oro incluso es atractiva. Pero si analizamos con más suspicacia, resulta ingenua o francamente imbécil: ciertamente el plomo es un metal más denso que el oro, pero 250 gramos de oro pesan lo mismo que 250 gramos de plomo.

A pesar de los análisis y críticas que podamos atizar contra el autor, lo cierto es que cualquier juicio, si se habla de literatura, está condenado a la subjetividad y no es sencillo desmenuzar con argumentos matemáticos una obra literaria cuyo valor depende en gran parte del temperamento y del gusto personal. Una prueba se halla en el portal electrónico de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. En su biografía destaca que obtuvo el Premio Nacional de la Juventud 1984 en la categoría de Creación Literaria, por la novela Te extrañaré. Y muestra una carta de dos párrafos firmada por Juan Rulfo, en la que el autor de Pedro Páramo señala que la obra “reúne todos los requisitos de calidad exigidos por la convocatoria” para recibir el premio que el presidente Miguel de la Madrid le entregó personalmente al autor de Volar sobre el pantano (1995).

Juan Rulfo reconoció los méritos literarios de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Suena a portada criminal de un diario amarillista.

 

Leer no nos hace mejores… ni peores

Lo que se aprende de los libros es intangible. Juan Domingo Argüelles lo sostiene y gran parte de su obra intenta, por un lado, promover el libro y la lectura, y, por otro, desmitificarlos: leer libros de auto-ayuda, sostiene, no nos volverá tontos ni, del mismo modo, leer a Hegel y Kant nos hará más morales y éticos. “Hay que dejarnos ya, de una buena vez, de estas simplificaciones absurdas”, pide.

Juan Diego Castillo, psicoanalista y académico del iteso, asegura que la responsabilidad recae sobre el lector: “No hay libros buenos o malos, sino buenos o malos lectores”. Partamos de la siguiente pregunta: cuando leemos un libro, ¿hasta qué punto confrontamos de manera crítica nuestras propias ideas con las que plantea el autor? En opinión del académico, esta condición resulta vital para que un libro sea “bueno” o “malo”.

“Saber leer no consiste sólo en descifrar una serie de signos estampados en una superficie; es mucho más que eso, es confrontar las propias ideas, visiones, los saberes, creencias, usos y costumbres con los del autor del libro”, remarca Juan Diego Castillo. Un libro que no es sometido a un ejercicio crítico por parte del lector, puede ser “el sustento de posturas integristas y fundamentalistas”.

“En el sentido peyorativo, los libros son de superación personal, motivacionales o de autoayuda, cuando lo que busca el lector son respuestas incontrastables, que pongan fin a la zozobra, que hagan que cesen las preguntas para uno, porque otro ya las contestó”.

Argüelles concede que los libros de autoayuda pueden ser inductores a la lectura; sobre todo en el caso de obras que permiten interrelacionar autores. “Quienes leen libros de autoayuda y no han llegado a Montaigne, pueden llegar un día a él, con una cita bien puesta o una referencia bien aplicada”.

Destaca algunos títulos que, en un sentido general, pasarían por autoayuda pero incorporan conocimientos científicos y filosóficos: La conquista de la felicidad (1930), del filósofo y matemático Bertrand Russell, y Un arte de vivir (1939), de André Maurois. También cita el caso de Las consolaciones de la filosofía (2000), de Alain de Botton, y Más Platón y menos Prozac (2000), de Lou Marinoff, un par de divulgadores científicos que “han elegido un camino intermedio entre el libro tradicional de auto-ayuda y el manual científico para especialistas”.

Y en este punto repara sobre un problema quizá más de fondo: la falta de divulgadores científicos y literarios amenos, claros y sencillos. Al respecto, Argüelles concluye: “Los libros de autoayuda constituyen un fenómeno social, educativo y cultural que vale la pena examinar en vez de simplemente denostarlo y escandalizarnos. A lo mejor representan, en gran medida, el enorme fracaso de nuestra educación. Es decir, de un sistema educativo mundial que ha abandonado a la mayor parte de la gente dejándola en manos de esoteristas, gurúes empresariales, charlatanes de la salud y la enfermedad, prometedores de la felicidad y vendedores de sueños”.

Epílogo

Volví 12 años después a la misma librería en la que trabajé cuando adolescente. A pesar del tiempo transcurrido, cada vez que he vuelto me ha sorprendido reencontrar a mi antiguo supervisor y esta última no es la excepción. Desconozco los motivos para que siga en ese puesto, rodeado de cientos de libros motivacionales que lo invitan a cambiar despertando al gigante interior. Apenas entro al local, me sale al encuentro una jovencita sonriente que se ofrece para hallar por mí el ejemplar que necesite.

—Muéstrame lo que más te piden de autoayuda —solicito.

Entusiasmada, extrae de diferentes anaqueles libros que apila sobre la mesa de novedades. Reviso los títulos uno por uno.

—¿Puedo apuntar? —enseño mi libreta y un lápiz.

—Los datos sí, pero nada de lo que diga el libro —me advierte como la centinela del secreto oculto en las páginas de El juego de la vida y cómo jugarlo (1925), el libro que sostengo en mis manos.

En varias solapas y portadas destacan frases como “amor curativo”, “inteligencia emocional”, “el secreto de la Kabbalah”, “gimnasia cerebral en 27 movimientos”. El segundo libro que me muestra es La princesa que creía en los cuentos de hadas (ya alcanza la sexagésima edición).

—Éste incluso lo piden en las escuelas —añade.

—Pero es sólo para mujeres, ¿cierto?

—Ésta es la versión para hombres —corrige con una sonrisita y me entrega El monje que vendió su ferrari (1999)—. No hay día que no venda uno de estos dos.

En un montículo acomoda Padre rico, padre pobre (2000), El arte de hacer dinero (2007), Lea y hágase millonario (2000). En la esquina contraria, junto a La princesa…, apila Tú puedes sanar tu vida (1992), El juego de la vida y cómo jugarlo (1925), Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus (1992), y algunos más.

—Esto es lo que se llevan los hombres —señala el primer montón—, y esto lo que se llevan las mujeres —apunta al resto.

—¿Ya leíste alguno?

—Casi todos.

—¿Y qué tal?

—Son los más vendidos —me reprocha mi falta de sentido común.

Hace ocho años que trabaja en la librería, me confiesa más tarde. m

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