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Cabeza de Wallraff

Günter Wallraff se ha hecho pasar por vagabundo, alcohólico en manicomio, portero de una empresa de seguros, cura, chofer de un traficante de trabajadores indocumentados, y fabricante de bombas. A veces "hay que engañar para no ser engañado", considera este periodista alemán.

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Günter Wallraff
Günter Wallraff

Visitó México por primera vez a finales de 2008. Casi de inmediato, Günter Wallraff, el periodista indeseable, anunció que volvería. Durante su estancia en el país, que aprovechó para impartir un taller a jóvenes periodistas en la ciudad de México y participar en una mesa redonda de la Feria del Libro de Guadalajara, este hombre de estatura mediana, gafas y calvicie pronunciada, “el amo del disfraz” como gustan llamarle, se presentó en los estudios de televisión de CNN para ser entrevistado por Carmen Aristegui.

Debe ser muy difícil seguir haciendo su trabajo ahora que su rostro es muy conocido en el mundo —le dijo la conductora.

—No —respondió Günter Wallraff en alemán, devolviéndole una sonrisa—, solamente conocen un cliché de mi cara. Si estoy bien disfrazado ni mis niños me reconocen.

El autor de Cabeza de turco no ha dado muchos más datos sobre lo que hará cuando regrese a tierras mexicanas, pero dejó entrever que se dedicará a wallraffear. Este verbo (wallraffa) ya ha sido aceptado por la academia sueca de la lengua para describir “esa forma poco ortodoxa en el ejercicio del periodismo”, que consiste en hacerse pasar por otro para obtener información.

Desde que Günter Wallraff comenzó con sus investigaciones, durante la década de los sesenta, el papel que más ha desempeñado ha sido el de obrero en distintas fábricas. Pero también ha sido vagabundo, alcohólico en manicomio, portero de una empresa de seguros, cura, chofer al servicio de un traficante de trabajadores indocumentados, fabricante de bombas de napalm, africano que intenta conseguir trabajo en Alemania, trabajador iraní en Japón, financiero alemán de extrema derecha, panadero de una gran cadena y, más recientemente, empleado de un call center que realiza estafas telefónicas.

Wallraff ha llegado al extremo de disfrazarse de reportero. Así lo hizo durante cuatro meses, cuando se coló —con un nombre falso, claro— en la redacción del diario sensacionalista alemán Bild, el más vendido de Europa, para investigar cómo funciona la maquinaria de la manipulación informativa.

El proyecto que Wallraff podría hacer en México quizá tenga que ver con una investigación sobre narcotráfico, que cuente con apoyo internacional y con la promoción de un periodismo grupal, regional y anónimo que ayude a proteger a los periodistas en riesgo.

“En México no me costaría ningún trabajo encontrar temas. Sobran”, dijo. En especial el narcotráfico y los altos círculos del poder, “pero con la debida seguridad guardada”, aclaró durante su presentación en el Palacio de Bellas Artes, en noviembre pasado, según recogió el diario La Jornada.

Suena muy improbable para alguien que no habla ni jota de español (o al menos eso aparenta). ¿Pero se atrevería Wallraff a colarse en las filas del crimen organizado de este lado de nuestras fronteras? “He estado en peligro muchas veces, pero en México un colega que se infiltre en el narcotráfico quizá no sobreviviría”, declaró en entrevista al Grupo Reforma.

Al popular escritor que alguna vez quiso ser poeta y objetor de conciencia, el periodismo le ha permitido vivir varias vidas, no todas las que ha querido (en ocasiones ha sido descubierto), pero sí muchas, suficientes para ser considerado como un excéntrico protagonista del periodismo independiente contemporáneo y un luchador social extraordinario, aunque no exento de polémica.

A sus 67 años y a pesar del montón de enfermedades y lesiones que su peculiar manera de ejercer el oficio le ha acarreado —incluso estuvo en silla de ruedas por pasar una temporada en un sitio insalubre—, es poseedor de una condición física envidiable, capaz de correr maratones, practicar deportes extremos y aparentar que es 10 o 15 años más joven. Sigue apostando por un método de investigación que, aunque no inventó, sí le imprimió una patente muy particular, fundamentada en el compromiso social y el respeto a la vida privada: el periodismo encubierto o de infiltración.

“Para no ser engañado —sostiene desde hace décadas— hay que engañar, transgredir las reglas del juego para divulgar las reglas secretas de la dominación”. Queda claro que su lucha es contra los abusos de poder, donde quiera que se encuentre, muy especialmente en aquellos casos en donde al periodista se le niega el acceso a la información. Su método le ha permitido vivir en carne propia los abusos, documentarlos y denunciarlos mediante la crónica y el reportaje de altos vuelos.

Y si se trata de ponerle nombre y apellido a las cosas, encontraremos que la lucha de este tozudo alemán es contra el capitalismo salvaje, que según sus palabras ya llegó a su límite y debe ser sustituido por un movimiento democrático de paz, compuesto por mayorías no empobrecidas intelectualmente.

“El interés de esta forma de periodismo”, dice el escritor Klaus Schuffels, “es que transmite los hechos con la densidad de la vivencia y ofrece la prueba de su autenticidad”. Y agrega: “Sucede también [que el método de Wallraff] descubre algunos hechos cuyo secreto es celosamente guardado”.

Pero aquí no termina su labor. Por encima de su obra, a Wallraff le interesa que sus investigaciones —las más recientes realizadas también con la ayuda del video— provoquen cambios tangibles en la sociedad, e incluso ha llegado a ofrecer no publicar alguno de sus trabajos a cambio de mejoras sustanciales en las condiciones laborales de ciertas empresas. Para sorpresa de todos los pesimistas y desencantados profesionales, su idealismo ha obtenido resultados.

El periodista indeseable y Cabeza de turco (publicados por el sello español Anagrama) son los dos títulos traducidos al español de este periodista. Estos libros se han convertido en referencia para muchos periodistas, maestros y estudiantes en toda Hispanoamérica, al lado, muy probablemente, de autores como Gabriel García Márquez y Ryszard Kapuscinski.

Hijo de un padre empleado y una madre burguesa, Wallraff nació en 1942 en Burscheid, una población cercana a Colonia, Alemania.

“Siempre fui mal estudiante en las materias abstractas. Fuera de las clases de deportes, alemán y arte, en todo era muy malo. Así que la posibilidad de acercarme a la realidad fue con la infiltración. Tenía 17 años y originalmente había hecho poesía. De hecho, en una antología poética había una frase que años después encontré y me asusté, decía: ‘Soy mi maquillista secreto’. Y es cierto, ahora todo el tiempo me pongo nuevas máscaras para buscarme y para, al mismo tiempo, esconderme”, declaró a Reforma.

Durante la conferencia que dio en el Palacio de Bellas Artes, en el Distrito Federal, contó: “Yo era librero y escribía poemas, pero en un momento enrolaron a todos los jóvenes en la guerra y yo tuve un fuerte conflicto de conciencia. No quería aprender a matar, mientras que mis superiores buscaban quebrar mi voluntad [...] Yo llevaba un registro y cuando me descubrieron se espantaron y me ofrecieron que si no publicaba nada de eso me dejarían ir. Respondí que no. Finalmente me lanzaron a la calle con un certificado que decía: ‘No sirve ni para la guerra ni para la paz’, de manera que no pude regresar a mi trabajo de bibliotecario y tuve que disfrazarme. Fue así como empezó este juego de personalidades”.

Los diarios íntimos que llevó durante su estancia en el ejército fueron, pues, sus pininos en el periodismo y la literatura. Después trabajó como obrero durante tres años, y enseguida decidió que el periodismo de infiltración era lo suyo, teniendo como antecedente a Egon Edwin Kisch, un periodista nacido a finales del siglo XIX que utilizaba métodos ilegales para obtener información. Como inspiración tuvo a Karl Marx, cuyos análisis considera muy lúcidos aunque no comparte sus profecías, y a Bertold Brecht, el dramaturgo que creía que las historias deben hacer mella en la realidad y que “el crimen tiene nombre y dirección”.

Diez años de escribir sobre los entretelones de la vida laboral en la entonces República Federal Alemana (RFA) lo convirtieron en uno de los escritores favoritos de los propios alemanes occidentales. En 1985 publicó Abajo de todo, su obra más conocida (traducida como Cabeza de turco), una serie de crónicas, la mayoría de las veces despiadadas —aunque también hay episodios de negra comicidad— sobre Ali, el personaje que Wallraff se creó para la ocasión: un trabajador turco indocumentado que apenas balbucea algo de alemán, en la lucha por sobrevivir, rebotando de un lado para otro, por los suburbios de varias ciudades de Alemania.

Peluca, lentes de contacto, bigote y ropas gastadas le fueron suficientes para caracterizarse como uno más de los miles de turcos indocumentados que abundaban en la Alemania Occidental de aquella época, atraídos principalmente por las labores de la construcción. La intención de Wallraff era conocer cómo era la vida de los extranjeros en Alemania Occidental, especialmente la de aquellos que estaban “abajo de todo”.

Ali (Wallraff) trabajó en una planta siderúrgica, en un McDonald’s, como chofer de un contratista de trabajadores indocumentados, vendió su sangre, consumió medicamentos de prueba como conejillo de indias, reparó una central nuclear. Todo ello sin derechos laborales, sin equipos de protección, ganando sueldos por debajo del mínimo y experimentando la xenofobia en casi todos los aspectos de la vida cotidiana.

A pocos meses de su lanzamiento, Cabeza de turco vendió dos millones de ejemplares, se convirtió en uno de los más importantes best-sellers de la posguerra y, paradojas del periodismo encubierto, convirtió a su autor en una figura pública.

Por supuesto, el éxito editorial y la difusión en gran escala de las injusticias e irregularidades expuestas en sus libros le han traído también una cadena de demandas judiciales. Nunca ha perdido un caso. Lo que hasta el momento lo ha salvado ha sido, por un lado, que todas sus investigaciones están sustentadas con pruebas y documentos. Y, por otro, que ha tenido el cuidado de no publicar nada relacionado con la intimidad de sus retratados. “Mis experimentos en carne propia están siempre soportados en investigaciones muy meticulosas, exactas y de largo plazo”, ha dicho Wallraff.

De todas formas, Wallraff ha tenido que estar preparado para soportar los innumerables embates en su contra. Los procesos judiciales han sido costosos, tanto en tiempo como en dinero: ésa es una de las razones por las que recomienda a los jóvenes que quieran abrazar el oficio de periodista, que tengan alguna otra actividad que les garantice solvencia económica, muy importante para tener independencia.

Una de las primeras y más importantes acusaciones contra Wallraff y su método tiene que ver con el cuestionamiento sobre el uso de identidades falsas: “Gané —le dijo el alemán a Aristegui— porque los jueces dijeron que si había tantos casos de injusticia, es más importante la libertad de expresión que un pequeño delito de cambiar el rol”.

Y una de los más graves delitos que se le han imputado es el de haber sido agente de la Stasi, policía secreta de la Alemania Oriental (RDA), entre 1968 y 1977. No faltaron los críticos que lo vieron como otro triste ejemplo del intelectual de izquierda que termina aliándose con la dictadura. Sin embargo, no pudo probársele nada y su reputación siguió gozando de buena salud a pesar del escándalo.

“Tengo pocos enemigos, pero muy poderosos, eso sí”, le confesó a Aristegui, refiriéndose a personajes y organizaciones de la extrema derecha alemana —como la Unión Cristiana Social de Baviera— que en los últimos años han preferido olvidar las demandas, conscientes de que éstas darían aún más publicidad a los libros de Wallraff. “Aunque a veces es bueno tener enemigos. Si todos me dicen que soy bueno, seguramente algo estoy haciendo mal”, dijo.

Wallraff, que durante los años setenta y ochenta llegó a ser calificado como la voz de la conciencia del periodismo alemán, sigue dando de qué hablar también en su propio país. Y es que parece que no descansa el periodista indeseable. De manera constante recibe sugerencias de sus lectores y, metódico y minucioso, prepara sus nuevas incursiones. Con seguridad, pretextos para wallraffear no le faltarán nunca, y en la mira, recordemos, está México.

Hace poco desató la polémica cuando propuso una lectura pública de Los versos satánicos, la novela de Salman Rushdie, en una mezquita de Colonia, la ciudad donde reside. El alemán consideró que dicho performance sería una demostración de que en Alemania ya existe una nueva generación musulmana tolerante y acorde con los tiempos, compuesta, entre otros integrantes, por los amigos turcos que ha hecho en el camino. “No creo que se trate de una provocación”, dijo a la Deutsche Welle, más bien me dejo llevar por ese lema que dice: ‘Seamos realistas, pidamos lo imposible’”.

Otro de sus proyectos es, quizás, el más ambicioso que haya concebido: una fundación para periodistas interesados en ejercer el periodismo de infiltración. Ya en 1970, Heinrich Böll, el escritor de Opiniones de un payaso, dijo que la única objeción a la labor de Wallraff era que su duración estaba contada. “No veo más que una única salida”, dijo Böll, “crear cinco, seis, crear una docena de Wallraffs”.

Si las cosas le salen bien, como hasta ahora, Günter Wallraff no saldrá de escena sin antes haber hecho escuela. Fiel a su programa ideológico, insiste, como lo dijo en Guadalajara: “Tenemos que dedicarnos a descubrir las catástrofes cotidianas para desarrollar una nueva conciencia. Es algo que toma tiempo”. m.

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