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Ceremonias de lectura y escritura

Todo lector tiene sus rituales privados: en las horas y el espacio en que su atención se desentiende del mundo para concentrarse en un libro, el orden que impone a su biblioteca, las visitas a las librerías. Pero en el acto de la escritura también se celebran rituales. ¿O serán meramente manías?

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Portada del libro «Porque parece mentira la verdad nunca se sabe», de Daniel Sada
Portada del libro «Porque parece mentira la verdad nunca se sabe», de Daniel Sada

Los lectores que prefieren los libros impresos antes que los electrónicos suelen esgrimir razones sensoriales y afectivas para su predilección: al estar ante la frialdad de una pantalla, se ven privados de disfrutar la textura del papel, por ejemplo, e incluso su olor, y aunque en ambos soportes puedan dejar marcas (subrayados, notas), en las páginas impresas estas marcas les resultan más personales. Como ha señalado el novelista Javier Marías, la experiencia de lectura de un libro a menudo está impregnada del espacio donde tuvo lugar, del estado de ánimo que teníamos, de las circunstancias por las que atravesábamos, y también de las características específicas de cada volumen; al leer en una pantalla, estas características quedan igualadas, de manera que la memoria termina perdiendo asideros y acaso los recuerdos de los libros que ahí leímos terminen por ser indistintos.

Todo lector tiene sus rituales privados: en las horas y el espacio en que su atención se desentiende del mundo para concentrarse en un libro, el orden que impone a su biblioteca, las visitas a las librerías y la conducta que observa en ellas, pero también en la procuración de condiciones óptimas para su actividad gozosa: un café, un cenicero a la mano, tal vez cierta música —o la erradicación de toda interferencia sonora—, el sillón o la cama o el rincón idóneo de un jardín, el tiempo así aprovechado en un trayecto en el transporte público…

Pero en el acto de la escritura también se celebran rituales. ¿O serán meramente manías?

 

En calzones

Dado a acometer empresas titánicas (por el rigor de su prosa, pero también por su esmeradísima ingeniería narrativa), el novelista Daniel Sada contaba cómo había ejecutado la que tal vez sea su novela más imponente, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe: fue trazando las líneas que enlazan los destinos de la historia en los pliegos de papel de estraza con que cubrió las paredes del cuarto donde se enclaustró. Pero, además, debía portar un atuendo singular para trabajar: debido al calor, se encerraba en ese cuarto en calzones.

 

Tomar ritmo

Obligado por la precariedad de su situación económica a trabajar a toda prisa, Ray Bradbury recuerda que escribió el primer borrador de Farenheit 451 al ritmo que le exigía una máquina alquilada, a diez centavos la media hora. Gracias al apego disciplinado a este ritual, en nueve días despachó las 25 mil palabras de la mitad de la novela. En Zen en el arte de escribir, el libro donde consta este recuerdo, Bradbury recomienda a los escritores en ciernes incorporar la lectura ritual de poesía como una parte indispensable de su labor.

 

Apariencia y símbolo

Un hábito puede explicarse como un modo particular de arreglárselas con el trabajo, pero para considerarlo como ritual ha de entrañar además un significado, más allá de toda implicación práctica. El poeta T. S. Eliot, por ejemplo, luego de haber publicado La tierra baldía —uno de los grandes poemas del siglo XX— dio en pintarse la cara de verde y en aplicarse lápiz labial a la hora de escribir. Según su biógrafo, Peter Ackroyd, esto “lo hacía sentirse más moderno, más interesante, y más un poeta antes que un empleado bancario”.

 

La salvación

Cuando servía en el ejército portugués en Angola, el que llegaría a ser el novelista António Lobo Antunes formaba parte de un grupo de cuatro soldados que habían sido abandonados a su suerte. Su capitán, ante el asedio incesante del enemigo y en medio del horror, hizo que todas las noches, después de la cena, cada uno les leyera en voz alta a los demás la poesía de Víctor Hugo. Ese ritual, recordaría el autor de Memoria de elefante muchos años después, “nos devolvió una dignidad humana que habíamos perdido”.

 

Ventaja y peligro

El libro Rituales cotidianos: cómo trabajan los artistas, de Mason Currey, examina las medidas prácticas y las excentricidades de cien creadores en cuyos hábitos (a menudo rituales estrictos) acaso puedan rastrearse ciertas explicaciones de su genio. Pero también plantea un problema: si el cumplimiento de las rutinas cotidianas puede asegurar la productividad, ¿no es al mismo tiempo una amenaza para la creatividad, al inhibir el hallazgo de lo inesperado? ¿La concentración en exceso no es un antídoto contra el asombro? m.

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