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Desconectar la tristeza para conectar con el mundo

Desde la “gracia”, lo gratis, la vida deja de ser lucha y adquiere dimensiones de fruta que se aprende a saborear. Dar lo recibido es conectar, ¿qué quieres regalar al mundo?

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Imagen de Ignacio de Loyola.
Imagen de Ignacio de Loyola.

En la vida ordinaria hay ocasiones en que sentimos que no vale la pena continuar con la misma trayectoria iniciada: la situación laboral no parece mejorar, hemos invertido años de estudio para lograr acceder a un puesto de trabajo y en él hemos desarrollado habilidades que nos parecen insuficientes. Nuestra brújula interior nos dice que tal vez sea necesario volver a orientarnos.

Antes de buscar un nuevo horizonte, los invito a que meditemos juntos una parte del testamento de Ignacio de Loyola, que, en mi opinión, nos puede preparar para ver nuevas coordenadas: “Toma Señor y recibe”, expresa Íñigo, “toda mi libertad, mi memoria y mi entendimiento”. Abracemos esta primera frase y experimentemos cómo nuestro ser interior descansa al encontrar un lugar donde reposar esa trayectoria que nos pesa. El ser que somos puede descargar las cualidades valiosas que paradójicamente a veces nos abruman. El cuerpo que somos puede respirar sin ataduras. Todo ha sido entregado.

La experiencia de dar todo lo que se es, sentirse vacío de eso que se tiene, nos llena de nueva claridad. La luz que se sentía opacada en nuestro interior comienza a brillar nuevamente. La memoria cargada de recuerdos tóxicos se expande al tiempo que se vacía. La libertad condicionada a un rumbo determinado se encuentra otra vez abierta ante la posibilidad de elegir. El entendimiento se descubre como hoja en blanco lista para escribir en ella nuevas ideas.

Ignacio continúa en esa entrega gozosa: toma “toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer, tú me lo diste, a ti Señor lo torno, todo es tuyo, dispón a tu voluntad, dame tu amor y tu gracia, que eso me basta”. Al entregar todo —a la vez que reconoce que nada es propio—, la persona que somos toma conciencia de que la vida es algo que nos ha sido dado por Otro. No somos producto de la casualidad, sino creación de algo más grande que nosotros. El “Señor” al que Ignacio apela, es, ante todo, un dador. Dar es la palabra que nos recrea; dar, como acto de vaciamiento, nos rehabilita la existencia. 

Reconocer que nos ha sido dado el cosmos nos permite regresar la mirada a eso que no veíamos: el mundo como oportunidad. La tristeza que nos nublaba la vista se extingue. Entregar todo eso que somos y nuevamente lanzarnos al amor nos hace adoptar nuevos colores. Desde la “gracia”, lo gratis, la vida deja de ser lucha y adquiere dimensiones de fruta que se aprende a saborear. Dar lo recibido es conectar, ¿qué quieres regalar al mundo? m.

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