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El “vacío” en la tradición Cristiana

La invitación es a ejercitar este “vaciamiento” de unos por otros en la construcción de una realidad personal y comunitaria que refleje el dinamismo del Amor intra-trinitario de Dios

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“Hay que poner el amor más en obras que en palabras”, decía san Ignacio de Loyola
“Hay que poner el amor más en obras que en palabras”, decía san Ignacio de Loyola

El campo semántico “vacío-vaciamiento” tiene gran importancia en la tradición cristiana. Evoca especialmente el himno cristológico de Filipenses 2, 5-10. En este texto se afirma que “Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo [literalmente, ‘se vació’] tomando la condición de siervo”.

El término griego kénosis, “vaciamiento”, describe esta entrega radical de Jesús que se da (se vacía) completamente por la humanidad. Es decir, toma todo lo que es y lo entrega (se vacía), convirtiéndolo en un don para los demás.

La fe trinitaria parte de la convicción de que Dios no es una soledad volcada sobre sí misma, sino que es una comunidad de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya donación mutua, radical y completa “sostiene” la naturaleza divina (es decir, lo que llamamos Dios): todo el Padre se vacía por Amor engendrando al Hijo. Nada del Padre le es ajeno al Hijo, porque el Padre se le ha entregado completamente, sin guardar nada para sí. El Hijo lo ama en reciprocidad entregándose completamente en Él. El Espíritu Santo es la personalización de ese dinamismo. La paradoja es que precisamente esta entrega mutua es la que permite que el Padre, el Hijo y el Espíritu sean quienes son.

Como cristianos creemos que fuimos creados a “imagen y semejanza” de Dios. Pero no de cualquier dios, sino de esta comunidad trinitaria. Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios que, asumiendo en plenitud nuestra condición humana, nos enseña cómo vivir esta entrega mutua “humanamente”. Toda su vida es kénosis vaciamiento, entrega de sí para convertirse en vida para nosotros. Con su amor libre e incondicional nos capacita y modela para amarnos mutuamente de la misma manera.

La invitación es a ejercitar este “vaciamiento” de unos por otros en la construcción de una realidad personal y comunitaria que refleje el dinamismo del Amor intra-trinitario. Ignacio retoma esta verdad en la meditación cumbre de los Ejercicios Espirituales: “La Contemplación para Alcanzar Amor” (EE 230). Parte de la convicción de que Dios es Amor (1 Jn 4, 8), o mejor dicho, “Dios es amando”. Amar libre e incondicionalmente es “ser/existir” a la manera de Dios.

Este Amor no es mera especulación o buena intención. Ignacio dice que “hay que poner el amor más en obras que en palabras”. Subraya que el amor consiste en un intercambio de bienes: cada quien comparte con el otro (con los otros) lo que tiene y puede y viceversa. Nos “vaciamos” unos por otros dando lo mejor de nosotros, que se convierte en vida para el amado. A su vez, en reciprocidad, recibimos lo mejor de los demás, que pasa a formar parte integral de quienes somos.

Así experimentamos la paradoja de que mientras más nos entregamos (nos vaciamos) por los demás, y crecemos en el aprecio del don que recibimos de la donación de cada persona, más seguros estamos de nuestra identidad. Ésta es una convicción fundamental de la espiritualidad cristiana e ignaciana. m.

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