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El festival del litio

Alfonso se desnudaba ante mí como un macho incorregible que todos los días debe reconquistar los terrenos previamente conquistados. Atestigüé también, durante aquella primera velada, que la relación de mis vecinos era tan tortuosa como ridícula

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La última vez que me encontré con Alfonso lo vi muy desmejorado. De aquella figura fornida y gruesa que asemejaba un oso dinámico no quedaba más que la memoria de lo extraviado.

—No sé a qué se deba —dijo a manera de disculpa tras ver mi rostro descompuesto por la pena—, los médicos no atinan.

Luego, tal vez para reconfortarse un poco, se burló de sí mismo:

—Ésta debe de ser la mejor dieta del mundo. Por más que como, no engordo —no pudo reír—. Supongo que vienes a ver a Eva, pasa —hizo el ademán del brazo abriendo camino—; salió a la botica pero vuelve en unos minutos.

Pasé y me senté en la sala, en el mismo lugar de siempre. Luisa, la hija de Eva, traveseaba por ahí, se escuchaban sus balbuceos y los pasitos que daba para ir de un sitio a otro de su recámara. La primera vez que estuve ahí sentado debí soportar el discurso de un Alfonso sano y fuerte que reprobaba y a la vez agradecía que yo fuera amigo de su esposa.

—Las esposas tienen amigas, no amigos, pero vale por esta vez. Se ve que eres un buen hombre, aunque un poco afeminado.

No me ofendí, por el contrario, encontré divertido el insulto. Sobre todo porque, con él, Alfonso se desnudaba ante mí como un macho incorregible que todos los días debe reconquistar los terrenos previamente conquistados. Atestigüé también, durante aquella primera velada, que la relación de mis vecinos era tan tortuosa como ridícula. Alfonso mostraba a cada momento su desprecio por las mujeres, a las que calificaba de inútiles fuera de la cocina e impertinentes ante cualquier charla.

—Soy licenciado, empresario, aficionado a los deportes y los autos de potencia, me gustan las cosas frías y al pie —dijo a manera de presentación y luego, frente a su esposa—: Las mujeres son una circunstancia en mi vida. A mí, estimado vecino, no me verá con amistades femeninas.

Esa noche, mientras Eva —el motivo de mi visita, que prácticamente no cruzó palabra conmigo— se limitó a servir botanas en la sala de juegos, le gané a Alfonso tres veces en la mesa de pool. Estaba furioso y clausuró la velada con un “buenas noches” flemático. Eva me acompañó a la puerta y se disculpó por él. No le di importancia.

Eva volvió de la botica con un frasco de cristal en las manos y amonestó a Alfonso por estar de pie, lo envió de nuevo a la cama y le sirvió tres gotas del remedio en una cuchara, que bebió con docilidad infantil. Luego se durmió. Eva echó el frasco en el bolsillo de su chaqueta y me acompañó en la sala.

—¿Qué le sucede? ¿Alguna infección nueva? ¿Un virus de diseño?

—Antonio —me dijo—, muchas veces las enfermedades son mentales. Alfonso debe de traer algo incómodo en el alma, por eso los médicos no atinan —se veía demasiado serena, como si su diagnóstico propio fuese atinado y ella misma llevara el control de la situación.

Alcé los hombros, posiblemente tenía razón. Esa tarde volví a casa con la promesa de Eva de asistir conmigo al Festival de las Luces desde mi terraza, al día siguiente. A media noche me despertó el ulular de una sirena y las luces rojas de la ambulancia tiñendo de rojo el fraccionamiento. Alcancé a ver por la ventana que los camilleros introducían a Alfonso en la parte trasera. Eva y su hija ingresaron en el auto y siguieron el vehículo hasta ser tragadas por la noche. Pensé lo peor, quizá lo inevitable. Alfonso no había podido deshacerse del peso en el alma. No obstante que sentí un poco de pena por él, creí que la muerte de semejante sujeto sería benéfica para Eva.

—No murió —dijo Chelita, la vecina, con falsa discreción, al día siguiente—, se volvió loco y lo internaron en un psiquiátrico.

No supe más.

Esa noche dejé la puerta abierta y me acodé en el barandal de la terraza. Las luces brotaron iluminando el cielo nocturno con un mal sino durante media hora. Detrás de mí sentí una presencia: era Eva, que se acercaba silenciosa y se acodaba a mi lado. Suspiró. Observamos en silencio hasta que quise saldar una duda legítima que se me agolpaba en el pecho.

—¿Qué me dijiste que estudiaste en la universidad?

—Química.

—¿Conoces de fórmulas efectivas para resolver problemas?

—No tanto como Dios, yo no puedo dar vida, pero...

No la dejé seguir, tomé su mano y la llevé dentro, seguro de que ya no había ningún obstáculo. m.

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