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Entrevista con Sergio Fajardo

Este matemático, ex alcalde de Medellín, visitó varias ciudades del país en diciembre pasado para hablar sobre cómo logró reducir los índices de violencia en la ciudad colombiana y engordar el capital social. Es un científico que llegó a la política libre de partidos, afianzado a una plataforma cívica con la que defendió y operó su proyecto “Medellín, la más educada”. Los axiomas de su teoría son: “pasar del miedo a la esperanza” y “lo más bello para los más humildes”.

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Al escuchar hablar a Sergio Fajardo, ex al-calde de Medellín, Colombia, uno entiende de política. Es claro, preciso y coherente. Sus planes van precedidos del cómo y los resultados los dice con orgullo: “Le devolvimos la dignidad a un pueblo que antes sólo recibía migajas y encima las agradecía”, fue una de las frases que más le aplaudieron en un auditorio abarrotado de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en diciembre pasado.

Fajardo es un matemático que entró a la política sin partidos, formó un frente cívico y ganó las elecciones para ser alcalde entre 2004 y 2007. Su lucha continuó en alianza con Antanas Mockus, ex alcalde de Bogotá, con quien compitió en 2010 por la presidencia de Colombia —aunque, en segunda vuelta, los votos favorecieron a Juan Manuel Santos.

Es un político que se gana admiradores por su estilo libre de protocolos: usa mezclilla, los rulos largos le cubren las entradas de la frente y se transporta en bici. Su apariencia es la de un modelo cincuentón “totalmente Palacio”. El gesto característico ocurre cuando entorna los ojos como protegiéndose de la luz, o encogiendo algún mal pensamiento, o reteniendo una idea.

“Si queremos cambiar este país, hay que meter la mano”, escribió Fajardo para la revista Dinero en su columna “Las Verdades de la Política”, en junio de 2000, año en el que compitió por primera vez para la alcaldía de Medellín y perdió. Entonces ni siquiera figuraba en las encuestas, y su popularidad estaba en cero por ciento. La estrategia de su campaña fue caminar Medellín de lado a lado. Se subía a camiones para entregar volantes y repetir el mismo rosario: “Mira, ésta es nuestra propuesta, dale una mirada, si te gusta, apóyanos”. Luego lo repetía en el siguiente camión, barrio, estadio, plaza.

En 2004 ganó la alcaldía de Medellín con 200 mil votos, 110 mil más que el segundo lugar. El registro de votación más alto en la historia de esa ciudad.

Siguieron cuatro años de gestión pública basada en una fórmula: disminuir la violencia y, simultáneamente, realizar intervenciones sociales. “¿Cuál es el objeto de eso? Pasar del miedo, que es la violencia, a la esperanza, que son las intervenciones sociales. Que toda persona de esta sociedad se sienta incluida, que [sepa que] tiene una oportunidad, que tiene un camino para poder ser persona libre y digna en esta sociedad”, respondió en una de sus primeras entrevistas como alcalde.

A Fajardo es fácil creerle. Uno le cree cuando dice “el dinero público es sagrado”, pues destinó 40 por ciento del presupuesto anual de Medellín a educación, recurso con el que construyó y operó cinco parques biblioteca, diez nuevas escuelas, centros de emprendimiento barriales y ludotecas para niños en las zonas más pobres de la ciudad. Junto con estas obras logró reducir el índice de homicidios, que superaba 381 casos por cada cien mil habitantes, a sólo 28. Su estrategia apostó por intervenciones urbanísticas que responden a un principio: lo más bello para los más humildes.

Su proyecto de urbanismo social, “Medellín, la más educada”, fue galardonado en marzo de 2009 con el premio City to City Barcelona fad, de la entidad española Fomento de las Artes y del Diseño. Se trata de un reconocimiento a iniciativas públicas o privadas con efectos positivos y transformadores para una ciudad y sus habitantes.

La iniciativa de Fajardo fue promovida desde 1999 por un colectivo de ciudadanos que integraron el movimiento Compromiso Ciudadano por Colombia. Cansados de decir cómo deberían ser las cosas, aceptaron participar en la política al reconocer que son los políticos quienes toman las decisiones más importantes de una sociedad: “No nos podemos morir diciendo cómo debería de ser el mundo”.

Para Fajardo el mundo, ahora, es verde. Recientemente se adhirió al Partido Verde Colombia y se registró como candidato a la gubernatura de Antioquia, uno de los 32 departamentos de Colombia, que integra a 125 municipios en la región montañosa.

Esta noticia aún no se daba cuando estuvo en Guadalajara, en diciembre pasado; entonces sólo anunció: “Tengo que tomar un millón de decisiones importantes, a ver si comiéndome unas cuantas enchiladas llego [a Colombia] con la mente más clara”. Así cerró Sergio Fajardo un encuentro con siete periodistas de distintos países en la FIL.

¿Es difícil hacer oposición con un gobierno tan popular?

Nosotros no estamos haciendo oposición; rompemos con esa idea de que si no se está con el otro candidato, se está en contra. Cuando usted acepta que es “uribista” o “antiuribista”, y que no puede ser nada distinto, entonces Uribe nos define a nosotros qué somos, y siempre quedamos en un territorio o en el otro. ¿Quién dijo que el mundo está dividido en dos? Somos un partido que delibera, que construye, que rompe con ese esquema político. Es una oposición sobre la que se están negociando cosas: nos definimos como un partido de construcción y deliberación.

Creo que la gente está aburrida de una cantidad de cosas, y si somos sabios hay un espacio para construir.

El reto de organizarse para las elecciones de octubre [de 2011] es crear una estructura no rígida sino más organizada; hemos hablado de un concepto que se llama el “Sello Verde”, con el que nuestro objeti-vo sería hacer una campaña única nacional. Toda persona que vaya a estar en ese “Sello Verde” pasa por una escuela de formación política y gestión pública como un certificado de calidad, lo mismo por toda Colombia. La unión hace la fuerza y no cada cual por su pedazo; hay que tener unos puntos básicos comunes, por supuesto, enriquecidos con los temas locales, que sean donde todo mundo vea el “Sello Verde”. El primer punto es la lucha por la transparencia y contra la corrupción.

 

¿Cómo debe ser la relación entre gobierno y organizaciones ciudadanas?

Nosotros teníamos un principio: habitualmente, en la política, la gente en el poder está en el poder de un partido, y todo gira alrededor de los intereses de ese partido: ése es el poder por el poder. Nosotros estábamos en el poder porque teníamos un sueño, queríamos construir “Medellín, la más educada”, y para cada tema que íbamos tratando buscábamos a toda la sociedad que tenía que ver con el tema, y la invitamos a trabajar con nosotros.

El esquema tradicional dice: “Yo tengo la plata, los recursos y el poder, yo lo hago”. Nosotros decíamos: “Tenemos la plata, los recursos y el sueño”, e invitábamos a más gente a participar. Por ejemplo, en educación necesitamos que ningún niño o niña de la ciudad esté fuera de la escuela; un niño de cinco años tiene que estar en una escuela. El programa La Escuela Busca al Niño lo hacemos con una ong que tiene capacidad para trabajar y entender a las comunidades. También hicimos el programa Emprendimiento Social, con instituciones que tienen capacidades de microcréditos. Vamos vinculando a la sociedad civil alrededor de programas, y hay una participación más amplia: de esa manera generamos confianza, rompemos con esa idea de que “el gobierno está aquí, yo pongo la gente, tengo la plata y las condiciones”. Nosotros promovimos: “Si no tengo los recursos, creo las condiciones para multiplicar la riqueza”. Ése es el espíritu, eso genera que mucha gente termine participando dentro de un gobierno.

 

Usted tuvo un interés particular por las mujeres y la gente pobre. ¿Cómo enfrentó la política tradicional para empoderar a estos grupos vulnerables?

Cada cosa que hacíamos, explicábamos por qué la estábamos haciendo, y teníamos ese contacto directo con la ciudadanía. Y los políticos no son bobos: cuando ganamos con esa cantidad de votos y esa ventaja, los políticos dijeron: “Aquí nos está diciendo algo la ciudadanía”. Porque nosotros ganamos todos los barrios de la ciudad de Medellín sin comprar un voto ni un líder, eso lo sabe todo el mundo. Imagínese cuánto tengo yo detrás de mí para que digan: “Mire lo que hizo, que se la pasa diciendo que no compra un voto y no tiene precio”. Pero todo mundo sabe que lo hicimos transparente; eso genera mucho poder.

Les decíamos a los políticos: “Conmigo respeto, aquí no hay nada para negociar”. Teníamos un apoyo muy grande de la ciudadanía y un proyecto de ciudad, sabíamos qué íbamos a hacer y lo habíamos dicho, y lo estábamos haciendo, y eso genera mucho poder, mucho poder. Porque cuando uno tiene confianza al administrar la riqueza... Los votos se venden, los líderes se venden, pero la confianza no, ésa se construye, y eso es muy difícil. Es la clave de todos nosotros. Nos toca sudarla.

 

 

 

Cuando usted se refiere al valor del espacio público afirma que la violencia nos encierra y aísla el capital social. ¿Cómo es posible reivindicar lo público en un contexto como el de nuestro país?

México está pasando por una circunstancia difícil, porque lo público va muy asociado con la política; por eso es que nosotros nos metimos en la política. Yo detestaba la política en el sentido tradicional, y estoy seguro de que en todos los partidos hay gente valiosa, pero la ciudadanía se va alejando de ese mundo; no hay confianza en la policía, en quien está gobernando, y ése es el peor escenario posible; la gente se va aislando y va buscando sus propias soluciones. Son las cosas que tienen que aprender, porque es una fatalidad esa desconfianza en lo público.

Tiene que haber un propósito de ir saneando todo eso. La pregunta es cómo se le da sentido nacional a este tipo de lucha por una política limpia, y es una de las tareas que tiene México, la transformación de la política.

 

Ciertamente Colombia es lo más cercano que tenemos para vernos; aun así hay muchas diferencias con México. ¿Qué cree usted que le dio la unidad nacional a Colombia?

[Un silencio prolongado] Lo voy a poner desde la perspectiva de lo que veo en México. El narcotráfico, cuando comenzó en Colombia, se enfrentó al Estado. Nunca pronuncio el nombre de “ese” señor [Pablo Escobar], porque no me gusta darle un valor más grande del que tiene, y muchas veces se construyen mitos alrededor, mitos más poderosos de lo que en realidad son. En ese momento, él [Escobar] se enfrentó al Estado y toda la sociedad se sintió atacada.

En México, todavía, la sociedad entera no se siente atacada; en México el problema está en que no se ha ligado como un problema nacional en todos los espacios. Todavía se dice “allá”, y yo lo he dicho: “ojo, ése es un error muy grande”. Es un problema de la nación, el narco no va a parar en una línea geográfica. Aquí todavía no hay una conciencia de un problema nacional explícito, y por eso se ha convertido en un factor de decisión política. A quien está por fuera de la legalidad de un Estado democrático, el Estado tiene que enfrentarlo, pero al mismo tiempo tiene que hacerse la pregunta de por qué se da este tipo de fenómenos, y una interpretación general.

Colombia, a fuerza del dolor de la destrucción, obligó a que el país entero se sintiera atacado.

Aquí la concepción de Estado está muy diluida…

Es diferente de Colombia porque no tenemos un Estado federado, tenemos un Estado central con bastante centralización. Pero, por ejemplo, hay algo que es importante para Colombia que en México no se da: la policía única nacional. Aquí tienen las tres instancias, federal, estatal y municipal, y dentro de esa lucha contra el crimen en general, en particular contra el narcotráfico, en el sistema urbano la policía es fundamental. Pero si tiene en el nivel municipal una policía que no está preparada ni ligada a la policía federal, o una nacional que no tenga la capacidad, la formación y la estructuración necesarias —y eso no está en el nivel local—, es más fácil llegar a la corrupción. El narco encuentra al que tiene precio.

En Colombia, una policía nacional con trayectoria se ha venido depurando como un tema de todo el país, pero aquí en un municipio la policía es corrupta, aunque puede ser que en otro no, y no hay una integración. Son elementos que hacen que esté más desmembrado el Estado mexicano.

Se pueden acortar tiempos, hay experiencias de las que se puede aprender para construir la versión mexicana. Es muy importante que quienes tienen la responsabilidad pública y política sean capaces de trabajar unidos alrededor de fenómenos de esta naturaleza; de lo contrario, por cada fisura que hay, entra el narco… siempre.

 

 

Se dice que México acaba de entrar a la democracia. ¿Qué tanto piensa que la democracia ha diluido la visión de Estado? ¿Cree que es un factor extra que ha agravado la situación en este país?

Yo, como creo en la democracia, y en la necesidad de tener reglas de juego claras y resultados inciertos, creo también que el poder enferma y que los gobernantes se tienen que confrontar con la opinión pública. El cambio es necesario, por lo menos revalidar ese cambio en cada espacio, siempre creeré que es sano que haya cambios. Creo que la democracia significa la posibilidad de cambiar, y no se puede quedar aprisionada alrededor del poder, porque eso va generando la corrupción de un grupo que se siente dueño de todo lo público, y eso para mí es una fatalidad.

Cuando hay un poder establecido que se mantiene durante mucho tiempo, puede llegar a acuerdos con un grupo y otro y sostener unas condiciones para mal. Cuando el objetivo se vuelve estar en el poder, estamos en un problema grave.

Para resumir: la política no puede ser estar en el poder por estar en el poder, sino saber qué proyecto de sociedad queremos tener y por qué queremos llegar al poder para servirle a la sociedad. Y eso tiene que llevar de manera natural a múltiples visiones y confrontaciones sanas. Pero cuando se quiere perpetuar el poder porque se quiere tener el poder sin transformar, enferma, y esa enfermedad es la corrupción; es la primera consecuencia visible. Donde hay corrupción y cultura de ilegalidad entra más fácil el narcotráfico; eso lleva a una institucionalidad débil. Empiezan a tener precio y eso es terrible.

 

¿Qué hacer cuando las puertas de la cultura están cooptadas por el narcotráfico?

Pues la respuesta tiene que ser siempre la presencia fuerte del Estado. El narcotráfico siempre ha buscado y va a buscar la cercanía con el poder político, porque es donde se toman las decisiones más importantes de la sociedad; en la medida en que sea capaz, a través de la corrupción, de estar infiltrando ese poder, va a tener mayor control y capacidad para hacer su negocio. Eso es un principio del narcotráfico y se la ingenian de una manera u otra.

 

Por ejemplo: Pablo Escobar duró cerca de 13 años, desde el momento en que irrumpió en la esfera pública de Colombia hasta que fue dado de baja. Ésa fue una primera etapa del narco en Colombia. En su momento fue suplente al Congreso de la República: le decían el Robin Hood colombiano porque traía una cantidad de riquezas que la sociedad no se explicaba —o no alcanzaba a darle la dimensión que tenía—, y luego apareció como un factor de destrucción en nuestro país. Pero fueron 13 años en los cuales él, como individuo, tuvo la capacidad de enfrentar al Estado.

Hoy no hay un solo narcotraficante en Colombia que pueda decir que va a durar mucho tiempo. La “vida” del narcotráfico se ha reducido sensiblemente por la acción de la policía y la presencia del Estado. Después vino otra etapa en la que se metió el narco a través del paramilitarismo, y entonces empezó a asociarse con políticos de manera más abierta y descarada, a nivel local y en el Congreso de la República.

La respuesta siempre tiene que ser la presencia del Estado. La sociedad tiene que tener claro dónde están los poderes; el Estado tiene que tener claro cuáles son esos poderes, y la justicia tiene que actuar.

En Colombia hemos avanzado bastante; nos ha tomado tiempo y hemos pasado momentos amargos. Pero en Colombia, a diferencia de México —y es un problema que veo en este país—, siempre hubo, a pesar de muchas dificultades, una cierta unidad nacional implícita frente al narcotráfico, y aquí en México se está politizando el tema. Hay unos que están luchando contra el narcotráfico, mientras que otros, por líneas partidistas, se están enfrentando entre ellos mismos en un terreno gris, y eso es muy dañino, porque el narcotráfico necesita esa confusión, que la gente esté discutiendo sobre cómo se actúa con respecto al narco.

Sólo que se fortalezca más la institucionalidad del Estado, la confianza, lo público, que en México está muy deteriorado en muchos espacios. Me parece muy extraño que en este país no haya una sola persona del mundo de la política que tenga relaciones con el mundo del narcotráfico y esté condenada. Hay algo raro. Tiene que haber una justicia que actúe. Se puede aprender de Colombia sin tener que hacer el mismo recorrido.

 

¿Cree que la legalización de las drogas, en particular de la mariguana, ayudaría a disminuir los problemas que enfrenta ahora el país?

Creo que sí. Creo que Colombia y México tendríamos que ser países capaces de plantear el tema al mundo. Hay algo importante: Colombia, durante todos estos años, siempre ha dicho que hay una responsabilidad en los países consumidores, porque esos que consumen allá son los que generan la demanda; entonces hay una corresponsabilidad, una lucha contra el narco, etcétera. Colombia lo ha repetido muchas veces y México también: el problema es que, en el centro, el consumo de drogas no tiene la importancia que tuvo hace tiempo, así que a México no le van a poner atención por eso.

El consumo de drogas en ningún país es realmente una emergencia. Si una epidemia no es un problema para esas sociedades, esas sociedades no dirán: “Vamos a ayudarles”; mientras no lo reconozcan como un problema central para ellos, el mundo no se va a comprometer con nosotros para dar esa lucha.

Colombia y México tienen la autoridad para liderar la discusión sobre cómo es el consumo de drogas y la legalización. Eso tomará un tiempo; hay que empezar a discutirle al mundo que éste es un tema muy grave de salud pública, no sólo económico. Por supuesto, si se legaliza se caen todos los incentivos a la ilegalidad, que son los que generan la riqueza exorbitante. Pero tiene que ir de la mano de la salud pública. Que nos toque verlo a nosotros, no lo sé. Por ahora nos toca así, y sobre eso tenemos que actuar también. m.

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Diana Martin Gourmets