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Fernado M. González: Intérprete desconcertado de las instituciones religiosas

Movido por una incesante pasión investigadora, Fernando M. González recuerda al célebre monje imaginado por Umberto Eco en El nombre de la rosa. Como los de este personaje, sus temas son tan fascinantes como polémicos: los secretos al interior de las instituciones religiosas, analizados desde el punto de vista del psicoanálisis y la sociología.

 

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Fernado M. González
Fernado M. González

Fernando M. González al igual que Guillermo de Baskerville, el personaje central de El nombre de la rosa, tiene una personalidad singular y atrayente: un hombre que parece distante, pensativo, con mirada aguda —un tanto oculta por los lentes que le valieron el apodo de Pichojos con el que es conocido en Guadalajara— y un rostro “que expresa pura curiosidad”, como escribiera Eco en el prólogo de su famosa novela. También comparte con el monje franciscano su apego a la racionalidad, su interés por desentrañar los signos y explicar los pecados que se ocultan dentro de los muros de las iglesias y los conventos. Pero quizá el mayor parecido entre ambos lo escribió Fernando en uno de sus libros, refiriéndose a Guillermo: “dicho personaje representa a un individuo dotado de un gran sentido de la observación y una sensibilidad especial para la interpretación de los signos.”

Nacido en Guadalajara en 1947 e hijo de un médico, quien ejerció durante muchos años en el antiguo Hospital Civil y le transmitió su pasión gozosa por el trabajo clínico, Fernando González se orientó a la psicología y posteriormente al psicoanálisis y la sociología de las instituciones. Tuvo una formación privilegiada que se puede dividir claramente en tres grandes etapas: la primera, en Guadalajara (1965-1969), estuvo centrada en sus estudios de psicología en el ITESO y su relación con los jesuitas. La segunda (1970-1977), en el Distrito Federal, en su formación como psicoanalista en el Círculo Psicoanalítico Mexicano, animado por Armando Suárez. Y la tercera, en París cuando estudió el doctorado en sociología de las instituciones (1980-1983), en la Sorbona.

A mediados de los años sesenta, el ITESO era una pequeña universidad recién fundada que ofrecía una alternativa a las entonces dos únicas opciones de educación superior en el estado: la estatal Universidad de Guadalajara con su fuerte carga de ideología socialista en la versión mexicana de Lombardo Toledano y la Universidad Autónoma de Guadalajara, defensora inicial de la postura de “la libertad de cátedra” de Antonio Caso en el célebre debate universitario de 1933 y, poco más tarde, promotora de los tecos, “el grupo secreto más público”, como los llama el propio Fernando en su artículo, “Los orígenes y el comienzo de una universidad católica: sociedades secretas y jesuitas”, publicado en 2003. Eran los tiempos del Concilio Vaticano II. Recuerda González: “qué bueno que me dio por estudiar psicología y caí en el ITESO, porque no me quedaba de otra. Era un remanso el ITESO que yo viví, donde Pepe Hernández Ramírez montó un cineforo en donde veíamos películas de Fellini, Visconti, Antonioni. Lo que a mí me tocó fue muy agradable con unos curas que estaban como muy shockeados por lo del Concilio y te daban mucho juego. Fue una relación muy cordial, pero ellos no sabían qué hacer porque no tenían proyecto propiamente como jesuitas, ni en conjunto ni personal. Entonces nosotros les ofrecimos un proyecto alternativo: hablemos de Sartre, de Marcuse, de Freud, del existencialismo, del marxismo, que la gente se entere de lo que se está discutiendo en Europa y en otros lados. Ese periodo fue realmente muy interesante”.

Al terminar la licenciatura, Fernando ingresó al Círculo Psicoanalítico Mexicano para formarse como psicoanalista. En esa etapa, Armando Suárez fue definitorio en su formación: “Armando: un intelectual, un profesional que se había analizado con Igor Caruso, ya no un tipo culto como algunos jesuitas del ITESO, sino otro nivel. Me abrió el mundo francés: me abrió a Foucault, Althusser, Roland Barthes, toda la parte del psicoanálisis. Me abrió al pensamiento laico; un tipo con una notable erudición. Leímos a Freud durante seis años, de cabo a rabo, y tuvimos como maestros a Carlos Pereyra, Tomás Segovia y Gilberto Jiménez.”

Suárez le contagió la pasión por el pensamiento francés contemporáneo y el éxodo formativo a Francia fue casi natural: “Para mí, París fue una fiesta”, recuerda González, “los tres años que estuve allá. Fui a estudiar con René Lourau, pero al que yo apreciaba mucho era el menos interesante de todos éstos. Entonces había que elegir y elegí. Con Lourau asistía al seminario del doctorado, pero yo me la vivía en el College de France oyendo a los consagrados de la inteligencia francesa”. En estos tres años de fiesta intelectual, González participó en seminarios y cursos con gente de la talla de Michael Foucault, Pierre Bourdieu, Jacques Derrida, René Lourau, Michel de Certeau, e incluso estuvo en la última tesis dirigida por Claude Lévi-StraussCarlos Enrique Orozco
es maestro en Administración y experto en comunicación pública de la ciencia, con diversas publicaciones académicas y periodísticas sobre el tema en México. Encabeza el Departamento de Estudios Socioculturales del ITESO.

TEMAS SILENCIADOS
Después de esa formación rigurosa, regresó a México para dedicarse a la práctica del psicoanálisis y al estudio de la institución totalizadora por antonomasia: la Iglesia católica mexicana y su memoria institucional: “¿Qué haces con esa memoria institucional? Si tuve acceso al psicoanálisis, si me formé en Francia en psicoanálisis institucional, de eso saqué el doctorado; no voy a dedicarme a cualquier tema, no se vale estudiar temas light, o temas como ‘la selección de la transición democrática’ en donde hay como 200 investigadores listos para hablar de la transición democrática o para hablar de Emiliano Zapata. No, no; te metes a temas donde hay algo que está silenciado, polémico, ¿no?”. Sobre este tema ha publicado Una historia sencilla. La muerte accidental de un cardenal (1996); Los tiranicidas católicos durante la presidencia de Plutarco Elías Calles (2000); Sociología de las instituciones, psicoanálisis y creencias (2000); Matar y morir por Cristo Rey. Aspectos de la Cristiada (2001); Los orígenes y el comienzo de una universidad católica: sociedades secretas y jesuitas (2003); Un conflicto universitario entre católicos: la fundación del ITESO (2005); Más allá de la militancia contra las creencias: secularización, laicidad y psicoanalálisis (2005); Integralismo, persecución y secreto en algunos grupos católicos en México del siglo XX (2006); Marcial Maciel. Los Legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos (2006) y La fabricación de los mártires guerreros en la cristiada (2006).

Su libro más reciente sobre Marcial Maciel, publicado por Tusquets y distribuido en los principales países de lengua castellana, es una rigurosa aproximación historiográfica, sociológica y, en menor medida, psicoanalítica sobre “una congregación con un líder carismático”, denunciado en varias ocasiones (1954, 1956, 1962, 1976, 1997) por abusos sexuales en contra de algunos de sus discípulos y también por adicción a la dolantina (morfina). González explica en la presentación del libro que no se considera “auxiliar de la justicia ni abanderado de la buena causa”, sino que se atiene “al imperativo de la verdad historiográfica para mostrar a cielo abierto el material disponible, sus huecos y carencias, la metodología utilizada y los límites de mi interpretación”. Para que no quede ninguna duda al respecto, hace un minucioso trabajo con las fuentes disponibles: varios libros hagiográficos sobre Maciel y los legionarios; tres importantes archivos hasta ahora inéditos: uno secreto, el de la Sagrada Congregación para los Religiosos de la Santa Sede; el del padre Luis Ferreira Correa, quien fuera por dos años vicario general de la Legión y el de Flora Barragán de Garza, una de los principales patrocinadores de esa congregación.

También realizó entrevistas con personas involucradas (ex legionarios) en la historia narrada. Sin embargo, el libro no es una visión maniquea del tema, con ángeles por un lado y demonios por el otro. González utilizó la noción de víctima-cómplice para tratar de entender la situación en su complejidad, lo cual no agradó a dos de los ex legionarios aludidos, a quienes les dijo: “en el periodismo se trabaja y ustedes como denunciantes lo saben; se trabajan víctimas y victimarios, pero eso me parece que simplifica las cosas y la complejidad del problema. Como psicoanalista siempre trabajo en las zonas de intersección, porque si no, no entiendo nada. Ahí donde el amante hace intersección con el amado, el seducido con el seductor o el fascinado con el fascinante. Todo esto viene de la concepción psicoanalítica freudiana y lacaniana. Toda esto en donde si no analizas tu propia complicidad, tu propio atrapamiento, sea por el ideal o por lo que sea, entonces simplificas y dicotomizas las cosas”.

Simplificando, se puede decir que hay dos grandes versiones sobre los hechos de pederastia: la institucional de los legionarios centrada en mostrar todas las “incomprensiones” de las que ha sido objeto su fundador y los testimonios de quienes decidieron romper con su pasado y hacer pública su condición de víctimas de Maciel. Entre estas dos narraciones “se intersecta mi propia narración”, escribe González en el epílogo, “ construida a fuerza de entretejer tres archivos con los testimonios dados desde el presente, que cambia el ángulo de incidencia de lo vivido y lo recordado. Al menos así lo espero”, concluye el psicoanalista.

La sexualidad dentro de la Iglesia católica es uno de los temas “de fondo” en su libro sobre Maciel. No sólo por las reiteradas acusaciones de pederastia al fundador de los legionarios sino sobre la red de complicidades que se tejió alrededor de este caso durante casi 50 años. González es insistente en este tema: “sobre la sexualidad hay una hipocresía institucional, como yo lo señalo en el libro de Maciel, que corre pareja con toda la Iglesia católica. Una de las cosas de que yo me di cuenta trabajando, haciendo una investigación sobre religiosos en México, es que esta hipocresía institucional en sí está hecha para silenciar la sexualidad por razones muy obvias. La Iglesia católica es una institución, que como una de sus características produce lo que yo llamo las representaciones inmaculadas. Como parte de su ser institucional está producir figuras como la de la virgen, figuras sacralizadas o figuras ejemplares, como son la de los santos; una permanente fábrica de producción de santos y de mártires. Yo las llamaría representaciones inmaculadas con diferentes lógicas. Cualquier cosa que tenga que ver con el orden de la sexualidad; con el orden del poder; con el orden de la economía; pero sobre todo de la sexualidad y de la economía, mina el discurso en estas representaciones. Entonces es una institución, como tantas otras, pero específicamente la Iglesia católica es una institución en discurso permanentemente performativo. Hay que confundir siempre lo que decimos con lo que estamos haciendo. Cuando aparecen datos duros, por ejemplo de sexualidad, que es lo que más he trabajado, que contradicen radicalmente ese decir performativo; la tendencia a ocultar es una situación estructural. La razón de la Iglesia por encima de las personas, está a todo lo largo de libro. Por eso yo lo digo: el caso Maciel es un caso paradigmático porque permite revelar la estructura institucional a su manera; la hipocresía institucional la puedes ver en todo su esplendor. Cualquiera que entre en esa institución, por más sincero que sea, inmediatamente tendrá que plantearse la disyuntiva: o traiciono o suelto prenda o semigo o sirvo a la razón de mi institución sobre las personas. Todo el rato está esto ahí y en general la mayoría prefiere la razón institucional sobre las personas. Es una cosa bien feroz”.

TRASCENDER LA MEMORIA
En cualquier charla con Fernando salta a la vista su prodigiosa memoria. Es capaz de repetir párrafos completos de los testimonios recabados para sus investigaciones, así como las circunstancias, los lugares y fechas de las entrevistas o del contenido de las mismas. No es gratuito que uno de sus libros se llame justamente La guerra de las memorias. Psicoanálisis, historia e interpretación. Sin embargo, como analista social no se limita a este recurso historiográfico: “la historia tiene que trascender la memoria de los memoriosos, a pesar de que es un irreducible en el trabajo del historiador; tienes que ir más allá, ir a los archivos, a lo que siquiera nadie recuerda o nadie vio porque ni siquiera se enteró”. Esta temática está relacionada con su trabajo clínico en el psicoanálisis. El tema de lo efectivamente ocurrido: ¿qué recuerda una muchacha que a los cinco años fue abusada y que de pronto borra el suceso del abuso sexual y de pronto aparece años después como síntoma asociado a una situación de angustia, o se entera de un caso similar y salta lo reprimido, algo totalmente freudiano?”.

No hay tema, o mejor dicho institución, que se escape del rigor crítico de este analista. “La institución es la madre y maestra del eufemismo”, dice y para argumentar su afirmación continúa: “Todo lo eufemiza: el poder, el dinero y el sexo, principalmente. Uno de mis trabajos como free lance es la intervención institucional. Yo he trabajado con grupos de médicos, religiosos, psicoanalíticos, con ONG. Estoy trabajado mucho con un problema básico de las instituciones: las fundaciones, los fundadores y las maneras de fundar. En Maciel trabajo el tipo de fundación con un fundador carismático, que siempre son fundadores y luego directores, directores espirituales, confesores. Pero esto también se puede ver en el psicoanálisis: Jacques Lacan era creador de la escuela lacaniana freudiana de París, era el productor de la teoría, el analista como de 60 personas, era el que dirigía la revista, el que dirigía el famoso pase y que tenía la última palabra sobre el tiempo en las sesiones de trabajo. Tienes siempre en las instituciones el problema del fundador que, con ciertas excepciones, tienes que hacer —tarde o temprano— una especie de doma del fundador. En el acotamiento del fundador viene la crisis institucional y la ruptura de los diferentes grupos; también es el caso de Cuauhtémoc Cárdenas en el PRD. En todos estos casos hay una confusión entre la paternidad y la fundación. Y en la institución psicoanalítica es el pan nuestro porque además hay una construcción teórica sobre esto; la permanente confusión entre paternidad y fundación, empezando por Freud. Este tipo de problemas teórico-metodológicos me interesan mucho; he estado trabajando y ya tengo algunas cosas escritas”.

Las sociedades secretas, surgidas en el seno de la Iglesia católica, son el tema de la actual investigación de González: “Ahora estoy trabajando a los grupos radicales de ultraderecha y ultraizquierda católica en México. De los primeros: tecos, conejos, Yunque de Puebla, en el 53, liderado por Manuel Figueroa Luna, jesuita; el Frente Universitario Anticomunista (FUA), que es la organización abierta en el 55, el Muro, y bueno, a ver si logro la derivación hacia el DHIAC, el PAN de Guanajuato, el PAN del Estado de México. Sobre este tema tengo información, pero falta mucho. Son tres años más, mínimo, para terminar esta investigación. Y luego también estoy trabajando los radicales de izquierda, que son esta minoría de gentes formadas por jesuitas, como José Luis Sierra, Ignacio Olivares que estuvo en parte con jesuitas; Nacho Salas; que estuvieron con esta minoría de jesuitas: Martín de la Rosa, Javier de Obeso en Ciudad Netzahualcóyotl y luego se lanzan a la guerrilla del 23 de septiembre. Es muy interesante observar cómo hay una verdadera discordancia en estas gentes formadas más o menos con los mismos principios”, reflexiona el psicoanalista.

Umberto Eco calificó a Guillermo de Básquerville como un intérprete desconcentrado en el monasterio en El nombre de la rosa; Fernando M. González es otro intérprete, no menos desconcentrado de los signos de las instituciones religiosas en México. m.

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