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J.K. Rowling: El hechizo de la lectura

Si alguien aún tiene dudas sobre quién es Harry Potter, bastará que pregunte al primer niño o adolescente con el que se cruce. ¿Cuál ha sido la verdadera magia detrás de este éxito? ¿Por qué miles de niños y jóvenes, empezaron a leerlo y no pudieron parar?

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Como por arte de magia, varios acontecimientos importantes tuvieron lugar recientemente en torno a quien quizá sea el personaje literario que ha alcanzado la mayor fama en el tiempo más breve: Harry Potter. Primero, el pasado 1 de noviembre, la editorial Bloomsbury, del Reino Unido, puso a la venta una nueva edición de los siete volúmenes de la saga del joven mago. El atractivo de este lanzamiento es que las portadas de los libros han sido rediseñadas, y cada una lleva una ilustración de la artista Clare Melinsky (solamente eso, pero con eso ha bastado para generar la suficiente expectación). La edición, que lleva el nombre de Signature, “atraerá a la nueva generación de lectores que no ‘crecieron’ con Harry Potter y que no han experimentado aún la emoción de la vida en Hogwarts”, según el comunicado de prensa de la editorial.

Poco antes, la escritora J. K. Rowling, autora de esos libros —y de otros que extienden el universo de su creación, como Animales fantásticos y dónde encontrarlos, o Quidditch a través de los tiempos—, había sorprendido a sus fans al admitir, en una charla pública, que no está cancelada del todo la posibilidad de un regreso del personaje (seguramente en un nuevo libro que sería, también seguramente, un inmediato éxito global de ventas). Estas noticias, que sin duda fueron recibidas con júbilo por los millones de lectores de Rowling, pero también por sus editores y por los libreros en todo el mundo, están enmarcadas en el anuncio que Bloomsbury hizo de que sus ganancias, en 2009, habían caído en 35 por ciento, un declive que comenzó desde que en julio de 2007 apareciera Harry Potter y las reliquias de la muerte, el libro que ponía —aparentemente— punto final a la historia. Además, claro, se estrenó la película basada en este último libro (primera de dos partes: la segunda abarrotará las salas cinematográficas de todo el mundo el 15 de julio de 2011, y llegará también en versión 3D).

 

Y a mediados de junio pasado, en Orlando, Florida, abrió sus puertas The Wizarding World of Harry Potter, el parque temático que recrea los escenarios y los momentos más significativos de esta historia que comenzó a cobrar forma en la imaginación de millones de niños y jóvenes desde que en 1997 Bloomsbury publicara el primer tiraje, de apenas mil ejemplares, de Harry Potter y la piedra filosofal. Lo dicho: parece cosa de magia, sobre todo si pensamos que el último título, en 2007, vendió 11 millones de copias en un día y fue lanzado simultáneamente en 93 países.

 

LA HECHICERA MAYOR

En mayo de 2005, en vísperas de la publicación de Harry Potter y el misterio del príncipe (sexto libro de la serie), J. K. Rowling explicó a sus lectores, desde su página web, por qué refería mantener en secreto su dirección de correo electrónico: “Por mucho que los aprecie, no me emociona despertarme mañana y encontrarme con 21 millones 958 mil 38 mensajes nuevos”. No era una exageración, como no lo es ninguna de las cifras y sumas (tirajes, ventas, lectores, fans, recaudación en taquilla, millones de dólares, euros y libras esterlinas) en torno al fenómeno global que ha supuesto cada nuevo acontecimiento en torno al huérfano más célebre de la literatura contemporánea (y quizá de la literatura de todos los tiempos). Tampoco parece aventurado proponer el siguiente experimento: si se quiere saber quién es Harry Potter, bastará con preguntárselo al primer niño o adolescente que pase cerca, que con mucha probabilidad habrá leído los libros o visto la película o probado los videojuegos —y, si no, de todas formas sabrá de qué se tratan.

Acaso la historia del origen de este fenómeno sea tan prodigiosa como los sucesos más sobrenaturales que se cuentan a lo largo de los siete libros. Rowling, cuyo nombre real es Joanne (firmó con iniciales para que no se supiera que era mujer; la k la tomó del nombre de su abuela paterna, Kathleen), nació en Gloucestershire, Inglaterra, en 1965. La leyenda cuenta que desde pequeña era aficionada a componer historias fantásticas para entretener a su hermana menor, aunque lo cierto es que nada, en los primeros 25 años de su vida, habría hecho suponer el destino fabuloso que la esperaba: estudió francés y filología en la Universidad de Exeter, vivió un año en París, y hacia 1990 trabajaba como secretaria bilingüe para Amnistía Internacional, en Londres (su biografía oficial afirma que se desempeñaba como investigadora). Fue entonces cuando ocurrió: en un viaje en tren de Manchester a Londres —sigue contando la leyenda— llegó a su mente la historia de una escuela de hechicería, con sus personajes principales que comenzaban a delinearse (Harry a la cabeza de todos), y, al llegar a su destino, puso inmediatamente manos a la obra y empezó a escribir.

Habrían de pasar todavía cinco años para que la autora concluyera esa primera novela. En ese tiempo murió su madre, tras una penosa enfermedad; luego, Rowling se mudó a Oporto para trabajar como profesora de inglés, contrajo matrimonio con un periodista portugués (del que se divorciaría un año más tarde), nació su hija Jessica. Para 1993, ella y su hija se habían mudado a Edimburgo; ahí, desempleada y malviviendo de la seguridad social, la escritora cayó en una depresión clínica durante la cual llegó a pensar en suicidarse, según ha reconocido. Pero no dejaba de dar los toques finales a lo que sería Harry Potter y la piedra filosofal —la leyenda cuenta también, aunque Rowling lo ha desmentido luego, que durante el invierno frecuentaba algunos cafés, donde se las arreglaba para que una sola taza le durara toda una mañana, a fin de tener un espacio donde escribir y también para que su hija y ella pudieran disfrutar de un refugio con calefacción—.

En 1995, cuando el manuscrito quedó listo, Rowling consiguió un agente literario, que envió el libro a doce editoriales. Todas lo rechazaron. Finalmente, un año más tarde, fue aceptado en Bloomsbury, entonces una pequeña editorial londinense. En la mitología potteriana juega un papel fundamental Alice Newton, la hija de ocho años del presidente de esta editorial, quien habría convencido a su papá de publicar la novela luego de haber devorado el primer capítulo de la novela y pedirle insistentemente que le pasara la continuación, para seguir leyendo. La primera edición apareció en julio de 1997, y sólo hasta septiembre de 1998 se imprimió en Estados Unidos, donde la editorial Scholastic había ganado en una subasta los derechos de publicación (en español aparecería hasta el año 2000, con el sello Salamandra). El libro comenzó a ganar premios, pero, lo más importante —y sin que hicieran falta ninguna estrategia publicitaria ni ningún despliegue mercadotécnico extraordinario—, comenzó a ganar lectores. Millones de lectores. Millones de niños y adolescentes que lo leían y quedaban poderosamente enganchados a él.

La escritora mexicana Verónica Murguía, entusiasta de Harry Potter desde el principio, destaca en entrevista para MAGIS la circunstancia inusitada en que fueron proliferando los seguidores de la obra de Rowling por todo el mundo: “La verdad es que Harry Potter ya era un fenómeno de ventas en 2000, cuando Rowling dio permiso de que se hiciera mercadotecnia. Ya éramos millones de lectores, todos pasmados de felicidad. Me tocó ver y enterarme de cosas muy conmovedoras: niños haciendo fila desde la noche anterior, antes de que hubiera película, de que estuviera traducido, cuando sólo existía en inglés y no había nada de marketing. Luego llegó todo lo que vimos y marcó al libro, y alejó a mucha gente”.

En una conversación reciente con la presentadora de televisión Oprah Winfrey —dicho sea de paso, una de las personalidades más influyentes en los gustos lectores de su vasto público, pues desde hace años ha dado en elegir libros para recomendar a sus televidentes (y prácticamente para ordenarles que los lean)—, Rowling afirmó que lo único bueno de haberse convertido en una escritora multimillonaria es que ahora puede ir mejor vestida: una modestia chocante, si se quiere, o bien una reafirmación del carácter un poco elusivo y anodino de quien es, luego de la Reina Isabel II, la mujer más rica del Reino Unido. En esa ocasión también reveló que Michael Jackson le había hecho una jugosa oferta (no dijo de cuánto) para realizar el musical de Harry Potter, y que ella prefirió ignorarlo. Casada de nuevo, con dos hijos más y condecorada con la Orden del Imperio Británico, la Legión de Honor francesa y el Premio Príncipe de Asturias, Rowling ha recibido otros numerosos reconocimientos, uno de los cuales fue la invitación, en junio de 2008, a pronunciar el discurso inaugural en Harvard, donde afirmó: “La pobreza solamente es romántica para los idiotas”.

Al margen de la historia fantástica de la autora, el misterio prevalece: ¿por qué tantos niños y jóvenes empezaron a leer y no pudieron parar a lo largo de una década?, ¿cuál ha sido la verdadera magia detrás de Harry Potter?

 

HAY DE ÉXITOS A ÉXITOS

Por asombroso que parezca, las causas últimas del fenómeno hay que buscarlas en el gozo simple e incomparable que depararon estos libros a cuantos fueron asomándose a ellos —y haciendo correr la noticia de inmediato—: El placer de la lectura. Sin embargo, está por verse si los lectores de Harry Po-tter están dispuestos a prestar la misma atención a otros libros que pasen por sus manos, o si los siete volúmenes que los hechizaron habrán sido otras tantas experiencias irrepetibles, tanto como para ya no procurarse ninguna lectura más. Y pocas cosas hay tan difíciles de predecir.

“Como con cualquier libro, es azaroso”, explica Verónica Murguía. “Hay quienes se convirtieron en lectores por Los tres mosqueteros, o La historia interminable, y hay quienes no leen ni por Cervantes. Creo que ser un buen lector es un don, no cualquiera puede leer como se debe: con atención y divirtiéndose (o sufriendo), pero viviendo en el libro. Me tocó ver que los niños lectores a quienes enganchó Harry Potter leyeron durante esos años, y no sólo leyeron, se alejaron de la tele y olvidaron a los pokemones, que estaban muy de moda el año en que Harry Potter se publicó en Estados Unidos. Releían y leían a los imitadores o a quienes propusieron libros semejantes (Artemis Fowl, la serie Spiderwick, Lemony Snicket, etcétera), se leían entre ellos, escribían. Luego llegó la adolescencia y la mayoría dejó de leer. Ahora sólo chatean, leen mensajes de texto y postean tweets, o como se diga”.

E incluso leen libros, sólo que de una naturaleza muy distinta a los de J. K. Rowling, por más que su impacto mediático los haga parecer nuevas versiones de lo que ocurrió entre 1997 y 2007: la serie de historias sobre vampiros iniciada con la novela Crepúsculo, de la estadunidense Stephenie Meyer (y sus subsecuentes versiones cinematográficas), o la trilogía Millennium, del sueco Stieg Larsson: best-sellers cuyo precedente más bien se encuentra en El código Da Vinci, de Dan Brown, así como en Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, en el sentido en que todos fueron libros que aparecieron rodeados de un estrépito publicitario muy bien calculado, a diferencia de lo que ocurrió con Harry Potter.

“Anne Rice es una escritora de un solo libro, menos divertido y más pretencioso”, observa Murguía, quien es una de las autoras de literatura juvenil más importantes en México. “Los demás son aburridísimos. Los de Stephenie Meyer (leí uno) son semejantes a los de Rice, pero aún más rebajados y muy melodramáticos”. Entonces, ¿por qué se venden y se leen tanto? Pues el éxito comercial de Crepúsculo, así como de las películas que siguieron, es incuestionable. “La prosa de Meyer es un compendio de lugares comunes, pero tiene un público cautivo en las jovencitas distraídas porque el melodrama resulta muy atractivo para la gente que no lee, yo creo por el efecto deletéreo de la tele en el cerebro y el gusto”.

Aunque a veces el barullo publicitario entorpezca o sabotee la consideración razonada de las virtudes y los vicios que caractericen a estos libros —o a cualesquiera otros, best-sellers o no—, lo que realmente termina por tener más relevancia son sus méritos literarios, pues en razón de ellos estará garantizada su posteridad, y si sólo han aspirado a ser entretenimiento fugaz, también el tiempo lo dirá, así su público sea por ahora masivo y les profese una fidelidad a toda prueba... al menos hasta que aparezca el siguiente “suceso” literario que haga olvidar los anteriores. Por ello se impone hacer deslindes:

“Stieg Larsson es aparte”, señala Murguía respecto al autor de Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, las tres novelas que, enmarcadas en la historia de un escritor ignorado que murió antes de conocer su éxito, han desatado un furor en cierto modo parecido al que propició Harry Potter en su momento, si bien es mayor la edad de los lectores de Larsson. “La protagonista me gusta mucho y los libros son descarnados sin ser gores. No hay ninguna aportación estilística, pero tiene corazón. Además, el libro policiaco tiene otro ritmo, mucho más acezante que los de vampiros”. Y remacha: “Crepúsculo es una cosa muy tediosa, todo ocurre en cámara lenta y es pura bobada”.

Conviene tener en cuenta, además, que con frecuencia los éxitos editoriales se fundan en la ignorancia o en la ingenuidad del público lector, así como en la carencia de cultura literaria o, por lo menos, de una familiaridad mínima con la lectura; así, acuden a la procuración del escándalo como una fórmula infalible para venderse (y venderse muy bien), o bien se estatuyen a sí mismos como vías autorizadas de la verdad histórica y de las sabidurías recónditas y más o menos secretas, por lo que acaban reclutando lectores que creen haber hallado en ellos ciertas revelaciones trascendentales.

“Stephenie Meyer le debe todo al marketing”, recalca Murguía, “y Dan Brown confiesa con cierta ingenuidad que su primer libro, un bodrio, no vendió bien, por lo que el editor le sugirió los cambios (poner el apellido Da Vinci en el título, por ejemplo) para vender más. Ése es un caso aparte por lo repelente de las estrategias. El código Da Vinci es un libro disfrazado de libro que fue a la escuela y que deja al lector incauto con la falsa sensación de que aprendió algo de los muchos misterios que hay en la historia: que si los cátaros, que si las sociedades secretas, que por qué acabaron con los Templarios (por dinero, como siempre), y resuelve todo con tres tonteras sacadas de la manga. Es un libro sentencioso y mentiroso, un sermón conservador que dizque critica a la Iglesia. Leí los dos y fui sacando mentiras, inexactitudes y babosadas puras. Miles”. Y concluye: “Pero en fin, así hay muchos libros. Apaciguan al lector, lo calman, le ofrecen una respuesta fácil a las preguntas arduas”.

Pero cuando una historia es buena, lo es a pesar incluso de un best-seller. No hace mucho, el ahora flamante Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, dedicó un artículo a elogiar las novelas de Larsson: “Acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2 mil 100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página ‘¿Y ahora qué, qué va a pasar?’, y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad”.

 

EL INGREDIENTE SECRETO

En el encantamiento de Harry Potter hay un ingrediente indispensable, y que no está al alcance de cualquier autor; así sus libros lleguen a venderse tanto o más que los de J. K. Rowling: la calidad literaria. Verónica Murguía lo explica así: “La serie está extraordinariamente bien tramada, los personajes son complicados, hay tensión moral, y en los libros quinto, sexto y séptimo, una sensación de horror que gravita sobre todo, de catástrofe, muy bien lograda y aderezada sabiamente con humor y con imágenes preciosas”.

La obra de Rowling, la discreta y atribulada madre que sobrellevaba sus penurias económicas mientras criaba a su hija e iba dando forma a un universo fantástico, agrega Murguía, “tiene su lugar en una tradición muy rica y definida: la literatura fantástica inglesa, cuyos antecedentes son, entre muchos, libros como Zuleika Dobson [de Max Beerbohm, la historia de una joven y guapa bruja que ingresa a la Universidad de Oxford], Alicia en el País de las Maravillas, Peter Pan y, aunque ocurre en un ámbito distinto, El libro de la selva”.

Traducidos a 65 idiomas, entre ellos el latín y el griego antiguo, y con cerca de 500 millones de ejemplares vendidos alrededor del mundo, los libros de Harry Potter han sido también objeto de encendidas polémicas, una de ellas iniciada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien en 2003 llegó a advertir sobre las “sutiles seducciones” que, en la historia del aprendiz de brujo, “distorsionan la cristiandad en el alma antes de que pueda crecer apropiadamente” (más tarde algunas entregas de la serie serían benévolamente reseñadas en L’Osservatore Romano, el periódico de El Vaticano). Son incontables los clubes de fans y las comunidades de lectores que sostienen una actividad incesante en torno a los destinos de los personajes y todo cuanto puebla el universo fantástico de Hogwarts, así como acerca de su autora, y el interés no hará sino crecer luego de que ésta sugiriera la posibilidad de que exista un octavo título. Aparezca o no ese nuevo libro, los récords impuestos seguirán siendo, por muchos años, imposibles de batir.

Pero quizá lo más fabuloso sea que, en el fondo del espectacular y casi inconcebible barullo de cifras millonarias, revuelo mediático, discusiones interminables e invenciones mercadotécnicas para que el torbellino tarde mucho en extinguirse, siempre se podrá encontrar a un niño o a un adolescente inmerso, en silencio, y como sostenido en el aire por su sola imaginación, leyendo, y fascinado por lo que lee. m.

Magia en linea

La búsqueda “Harry Potter” en Google arroja 176 millones de resultados. Al preguntar por los ingleses más populares antes que él, los Beatles, apenas se obtienen poco más de 69 millones de resultados. Abundan, naturalmente, las comunidades de lectores y fans que se reúnen virtualmente y en persona en torno a los libros, las películas, los videojuegos y demás. Aquí hay algunos sitios de interés para internarse en ese mundo inagotable.

 • El sitio oficial de J. K. Rowling, con versiones en cinco idiomas, es la principal forma de contacto que la autora tiene con sus millones de fans.

• La editorial Scholastic tiene un espacio reservado para los lectores de Harry Potter:

• Con más de 7 mil páginas, Harry Potter Wiki es una auténtica enciclopedia acerca de cuanto ha surgido del mundo mágico de Hogwarts.

Bloghogwarts es un blog dedicado a concentrar las últimas noticias sobre todo cuanto ocurra alrededor del joven mago. En su presentación se lee: “Este blog va a durar hasta que no haya más fans de Harry Potter (es decir: va a durar para siempre)”.

• Un diario en inglés que se ostenta como el “sitio número 1 de Harry Potter en el mundo”. Funciona desde 1999 y lo administra un staff de 14 fans de tiempo completo

• Para los lectores y fans de habla hispana.

• Una exhaustiva compilación de referencias en un diccionario en línea que esclarece y discute términos, pociones, hechizos, lugares, personajes, etcétera. 

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Diana Martin Gourmets