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Kino para el México de hoy

Eusebio Francisco, el Padre de la Alta Pimería, el mejor cartógrafo jesuita de América, el ecologista que entendió el mundo de su tiempo en forma global, pero actuó localmente, el que siempre respetó a los indios y los amó “con amor de padre y madre”.

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En Sonora y Arizona todo es Kino: hoteles, farmacias, bulevares... pero en Guadalajara no es más que un vino de dudosa calidad. Presentar a este jesuita en una página es difícil, pero vale la pena. Herbert E. Bolton, su mejor biógrafo, presenta así a su “ropa negra” favorito: “Eusebio Francisco Kino fue el misionero explorador más pintoresco del norte de América: descubridor, astrónomo, cartógrafo, fundador de misiones, ganadero, ranchero y defensor de la frontera. Su biografía no cuenta simplemente la vida de una persona notable; esclarece la historia de la cultura de gran parte del hemisferio occidental en los días de su colonización”.

Para empezar voy a sustituir la expresión “más pintoresco” por “el más grande”, no porque sea yo uno de sus fans —lo conozco hace 25 años—, sino porque Juan Antonio Baltasar, provincial de los jesuitas novohispanos, experimentó la fuerza del gigante cuando las misiones del norte de Sonora cayeron en ruinas después de su muerte. Hacia 1772 escribió en su Breve elogio al Padre Kino: “Sin exageración alguna puede afirmarse que sólo el Padre Kino hizo tanto en los 24 años que estuvo en Sonora, que en los 40 años sucesivos no han podido, todos los jesuitas que allí trabajan, poner al corriente: la tercera parte de aquellos pueblos, tierras y tribus”. Y de verdad no hay exageración. Cuando hice uno de los mapas para ilustrar Los confines de la Cristiandad, además de las siete cabeceras de misión más importantes, con sus pueblos de visita, registré 17 iglesias por él construidas, 46 aldeas indias atendidas con cariño inmenso y 15 aguajes que encontró al cruzar una y otra vez el desierto. Sigue diciendo Baltasar: “Lo singular es que no sólo formó pueblos y bautizó indios sino que los redujo a la vida civilizada: les enseñó a fabricar casas, a beneficiar las tierras, formar estancias, cuidar ganados, ejercitarse en las armas, sujetarse a las justicias […] en fin, no había cosa que no hiciesen prontamente para complacer al que todos veneraban y querían como a su más tierno y amoroso padre”. Dice Kino a sus indios: “Yo los engendré por medio del evangelio”. Podemos aceptar o no este testimonio. Pero si aceptamos que una cultura se hace cuando se establecen nuevas relaciones con el medio ambiente y se consolidan las relaciones de los hombres entre sí, estaremos de acuerdo en que Kino es el padre de la cultura pimalteña (norte de Sonora y sur de Arizona).

La espiritualidad de Kino es la del contemplativo en la acción. Por naturaleza profundamente optimista y por fe responsablemente agradecido por la creación, se comprometió a transformarla enseñando, con su ejemplo, a trabajar a sus indios. Veía los recursos naturales, y sobre todo los humanos, como “favores celestiales”. Siempre se sintió fuerte, aun en las más grandes adversidades, porque sabía que él no hacía la salvación sino que sólo la anunciaba. De aquí proviene su método misionero, revolucionario para la época: no bautizaba (excepto en peligro de muerte) si primero no sembraba “un tablón de trigo” o cercaba una estancia de ganado —que sin duda están en la base de la infraestructura agropecuaria de Sonora y Arizona.

Así resume Baltasar su sentimiento al presentar a Kino a los jesuitas como modelo y como reto: “En fin, fue y será siempre el ejemplo a imitar […] pues abrió la puerta, allanó el camino y fue delante como guía que han de seguir los que aspiran a ampliar la gloria de Dios”. Pero, ¿cómo entendía Kino la gloria de Dios a principios del siglo xviii? Exactamente como Ireneo, obispo de Lyon, en el siglo iii: “La gloria de Dios es el hombre viviendo en plenitud”. Éste es el mensaje de Kino para el México de hoy lacerado por la inseguridad, la desigualdad social, la falta de liderazgo y de rumbo. De esta manera antropomórfica de entender la gloria divina brota la fuerza de la convocatoria kiniana, no sólo para los jesuitas sino para cualquier ser humano de cualquier religión, o incluso ateo. En esta convocatoria cabemos todos los mexicanos, excepto los irremediablemente pesimistas, egoístas o flojos…

Eusebio Francisco, el Padre de la Alta Pimería —sin duda un  santo—, el mejor cartógrafo jesuita de América —probó la peninsularidad de California—, el ecologista que entendió el mundo de su tiempo en forma global, pero que actuó localmente, el que siempre respetó a los indios y los amó “con amor de padre y madre”, el que es para nosotros modelo y reto, murió el 15 de marzo de 1711, hace 300 años, con las botas puestas, en Magdalena, hoy llamada Magdalena de Kino. Don Jorge Olvera, el arqueólogo que descubrió sus restos en 1966, dice: “No tuve héroe en mi juventud; pero Kino, al final de mi vida, se convirtió en mi héroe. Por ello, al leer su vida, me siento rejuvenecer”. m

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