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La Iglesia que quiero

Una Iglesia pacífica y pacificadora, que denuncie la guerra, el tráfico de armas y el armamentismo. Que deje de lado su obsesión con la moral sexual y reproductiva y se fije mejor en las condiciones estructurales que necesitamos para vivir como verdaderos hermanos y hermanas.

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Una Iglesia más sencilla, más cercana a la gente común, menos encumbrada. Que no sea un Estado Vaticano, sino comunidad de fieles. Que tenga un gobierno colegiado, conciliar, en el que haya un primo inter pares, en donde los pares sean tales. Una Iglesia más Pueblo de Dios y menos jerarquía. Y que la jerarquía que sea necesaria se encuentre reformada, alentada por el deseo de servir y animar. Una Iglesia que escuche el clamor de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y nuestro mundo, que quieren más libertad, más autonomía, más capacidad de decidir por sí mismos. Que sea aliada de los pobres y los excluidos. Que abandere las mejores causas de la humanidad: los derechos humanos, los de las mujeres, de los migrantes, de los pueblos originarios, de la diversidad sexual. Una Iglesia que acoja alegremente el don de lo femenino y el aporte de las mujeres en su seno. Que, más que condenar al mundo, lo ayude a salvarse en Cristo Jesús. Una Iglesia pacífica y pacificadora, que denuncie la guerra, el tráfico de armas y el armamentismo. Que deje de lado su obsesión con la moral sexual y reproductiva y se fije mejor en las condiciones estructurales que necesitamos para vivir como verdaderos hermanos y hermanas, hijos del Padre común. Que frente al desastre en el que nos ha colocado el proyecto de libre mercado absoluto, postule la centralidad del ser humano en toda opción económica y de desarrollo, y que promueva la justicia. Que llame la atención sobre la irracionalidad de seguir creciendo a costa de la naturaleza y del medio ambiente. Que entienda que los seres humanos y la tierra somos uno y lo mismo, y que camine con todos los hombres y mujeres de buena voluntad en la defensa de la pequeñísima porción del universo que nos ha tocado en suerte. Por ello mismo, que dialogue con simplicidad con las demás religiones y abra sus brazos para acoger lo diverso y compartir la humanidad que nos es común. Que no se alinee con los imperios ni con las grandes trasnacionales, sino con los paisitos del sur y con las mayorías empobrecidas. Una Iglesia cuya santidad esté en acercarse a quienes sufren y no en alejarse de lo terrenal. Que sea fermento del Reino de Dios en esta historia, que son nuevas relaciones entre los seres humanos, más profundas relaciones con Dios y mejores relaciones con su creación.

Esa Iglesia quiero. m

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