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La insana distancia

Los efectos que ha tenido la pandemia en la economía mexicana han acentuado la desigualdad, pero también amenazan con agravar las condiciones para que crezca aún más la brecha entre quienes tienen más y quienes tienen menos. Ante ello, Roberto Vélez, especialista en desigualdad y movilidad social, advierte sobre los aprendizajes que deberíamos estar adquiriendo en esta crisis

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Millones de personas recurren al transporte público exponiéndose a contagio. Foto: Reuters / Carlos Jasso
Millones de personas recurren al transporte público exponiéndose a contagio. Foto: Reuters / Carlos Jasso

México es un país económicamente desigual, y esto está directamente relacionado con las causas que originan la desigualdad de oportunidades. La pandemia por covid-19 ha hecho más visibles las diferencias entre estratos sociales. Por un lado, quienes no tienen la posibilidad de quedarse en casa, de confinarse, tienen más riesgo de contagio, y la calidad de los servicios de salud es dispar para los distintos sectores de la sociedad; por otro lado, la crisis económica pega a todos, pero en intensidades distintas: el golpe para quienes viven al día puede ser brutal y extenderse por generaciones.

A Roberto Vélez, economísta, doctor de Historia y director del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, dedicado a estudiar la desigualdad y la movilidad social en México, le preocupa que se abran aún más las brechas: no sólo la que existe entre ricos y pobres, sino también la de las oportunidades; que se reduzcan aún más las posibilidades de ascenso para aquellos que, por el hecho de haber nacido donde nacieron, empezaron la vida en los niveles más bajos.

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¿De qué manera la pandemia ha vuelto más visibles las desigualdades económicas?

México forma parte del grupo de países donde la desigualdad es un tema muy visible, no únicamente como tú y yo lo podemos ver en las calles, sino que se confirma en los análisis cuantitativos. Tenemos la posibilidad de no únicamente conocer el tamaño de esta desigualdad, sino también cómo es su composición. Y ahí entra el asunto de la movilidad social. En promedio, la mayoría de quienes arrancan en una posición se quedan en ella; eso quiere decir que la lotería de la vida te coloca en una situación donde las circunstancias de origen prácticamente determinan tus opciones de avance.

México tiene esa característica, y cuando viene un choque como el de la pandemia, lo que sucede es que esta característica se hace mucho más visible. La intensidad de este choque es muy distinta para los distintos estratos sociales de la población mexicana. Esto no quiere decir que no esté pegando a los estratos más aventajados: está pegando a todos, empezando por el lado de salud, que es el principal. Pero la intensidad de ese choque no está repartida de manera pareja.

 

Cada vez más, los datos dicen que la pandemia es más letal en zonas marginadas. En Ciudad de México se habla de lugares como Iztapalapa, con problemas de hacinamiento y deficientes servicios públicos, por ejemplo.

Regresemos al origen de la discusión sobre la pandemia. Decían: es un choque de salud que está pegando a los más ricos, porque los más ricos son los más aventajados o los que hacen viajes al extranjero, y entonces ellos más bien son los que se contagian. Pero era cuestión de tiempo: tarde o temprano iba a llegar a México e iba a empezar a pegar, no sólo a la población que se sube a los aviones, sino también al resto.

En ese sentido, el problema radica en dos temas en particular: uno, la composición del mercado laboral y el tipo de actividad laboral que lleva a cabo la población mexicana. Ahí nos enfrentamos al hecho de que una proporción pequeña de la población es la que tiene posibilidades de hacer trabajo a distancia, es decir, de mantenerse aislada y realizar el confinamiento. Esto que nos contaban cuando decían “la población mexicana vive al día…”, sí, efectivamente, vive al día, y al estar viviendo al día está obligada a salir, y al estar obligada a salir es más propensa a contraer el virus, y eso se acaba reflejando en las tasas de contagio.

Eso por un lado; por el otro, está la parte económica. Se induce un cierre de la economía para garantizar el confinamiento, pero, a diferencia de países como los europeos, México no cuenta con una red de protección social tan uniforme, con capacidad de cobertura y con calidad más o menos pareja para todos los estratos de la población. Hay una gran parte de la población que no se encuentra en condiciones de poder absorber el choque, y hay una parte mas pequeña que, aunque pierde, está en mejores condiciones para enfrentar el choque económico. Son los dos tipos de choque: hay un choque mayor en términos de salud, pero también el cierre inducido de la economía hace que, ante la ausencia de protección social, o de redes de protección social, esta población también se vea más afectada.

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Y el efecto es más duro…

Siempre hablo de intensidad porque puede decirse que, en términos absolutos, en realidad [la crisis económica provocada por la pandemia] les está pegando más a los de arriba porque están perdiendo muchos millones de pesos. Sí, pero de lo que estamos hablando es de si te encuentras en una relación de supervivencia o no, y ahí es donde, aunque en términos absolutos el choque pueda ser menor para un hogar, lo que representa ese ingreso para ese hogar resulta ser todo.

 

Ser pobre es muy caro…

Es muy caro ser pobre: estos hogares no tienen la capacidad para absorber el choque, que además no es de un mes, empieza a sumar meses y meses, y toda la red de protección que podrías haber construido de manera informal, no de manera institucional, también empieza a minarse, porque tu red está siendo igualmente afectada.

 

Las desigualdades han estado ahí siempre. ¿Hoy las vemos más por la pandemia?

Las vemos más por el efecto inmediato, pero también por el efecto que pueden tener en el mediano y en el largo plazos. Cuando sucede este tipo de choque, lo obvio se magnifica.

 

Porque la estructura no lo soporta…

La estructura no está preparada para eso, no hemos construido una estructura para absorber este tipo de choque completamente atípico —o yo espero que sea completamente atípico—. A final de cuentas, la lección aprendida tiene que ver con la necesidad de invertir en redes de protección social.

 

El acceso a los servicios de salud, la infraestructura hospitalaria… Los peores hospitales públicos están en los peores lugares.

Es parte de esa obviedad: a qué sistema estás adscrito —si estás adscrito a alguno—, y luego cuál es: estás en el IMSS, o ahora en el Insabi; y luego, si estás dentro del IMSS, en dónde estás, en Ciudad de México o en alguna ciudad grande del sureste mexicano, o en un lugar más aislado del sureste, o más aislado del centro del país, o incluso del norte... Eso también hace mucho la diferencia.

Datos del Tec de Monterrey señalan que, hasta agosto, la tasa de mortalidad en pacientes hospitalizados por covid-19 en el imss era superior a 40 por ciento, mientras en hospitales privados estaba por abajo de 20.

Es un reflejo de la disparidad de la calidad de los servicios públicos, en particular de los servicios de salud. Pero esto puede extenderse a toda una variedad de servicios públicos: por ejemplo, ¿tenemos o no tenemos seguro de desempleo? Cómo es el choque cuando tienes un hogar que depende de ingresos ligados a la economía informal, contra aquellos que están ligados a la economía formal; cómo es el choque cuando dependes de tu ingreso laboral con la posibilidad de acceder a una transferencia gubernamental.

Y luego lo puedes extender a los efectos que en el mercado laboral son inmediatos y mediatos, y luego a los de largo plazo o intergeneracionales, por ejemplo, en el rubro de la educación. Estamos observando cómo, en el sistema educativo, la decisión que se toma es la formación a distancia a través de la televisión, y pues tampoco. No digo que teníamos que estar preparados para esto, y el hecho es que no lo estamos. En ese sentido, entre la velocidad a la que van escuelas de la población con condiciones de mayor ventaja versus la de quienes están en una situación distinta, la brecha se empieza a abrir más, y eso tiene un efecto de largo plazo potencialmente muy importante.

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¿Los efectos los vamos a ver mucho tiempo después?

En la medida en que aprendamos y seamos capaces de instrumentar estrategias que aminoren esos choques, no tendríamos por qué verlo en el largo plazo. Pero si no tenemos esa capacidad, la baja movilidad social en los extremos de la escalera social se puede volver un problema todavía mayor.

 

De por sí, las posibilidades de salir de la pobreza o ascender a otro estrato son bajas en México. ¿Esto puede disminuir aún más ese margen?

Si dividimos en cinco niveles el edificio [del ingreso], uno de cada dos que nacen en el piso más bajo se queda ahí, y prácticamente tres cuartas partes se quedan en los primeros dos pisos. Eso implica que esas tres cuartas partes se quedan en condición de pobreza. Lo que sucede en el otro extremo es algo similar: más de la mitad de los que nacen en el piso más alto se quedan en el piso más alto.

Ésa es la imagen típica de la movilidad social en México, sin tomar en cuenta la desagregación regional. Esta condición, sobre todo en la parte más baja, se vuelve más pesada conforme te vas moviendo más al sur: hablaba yo de tres cuartas partes que se quedan en condición de pobreza, pero en el sur son 86 de cada 100, y si solamente tomas el primer piso, en el caso del sur no es uno de cada dos, sino que son dos de cada tres.

Lo que podría pasar es que haya un efecto: que uno de cada dos se vuelva más de uno de cada dos, y en el caso de la pobreza, estos 74 de cada 100 que nacen hasta abajo también puedan crecer, porque el choque no es únicamente relativo, puede ser absoluto, y eso hace que las opciones de salida de pobreza sean menores, no únicamente en el corto plazo, con el crecimiento de la pobreza por la pérdida de empleo, sino también en el largo plazo, si no se dan las condiciones para que la economía se reactive a una velocidad mayor, de tal manera que la gente no vaya dejando hoyos en su patrimonio, si es que lo tiene.

Sin hacer a un lado la incertidumbre de cómo va a terminar esto —y, más que cómo, cuándo—, sí deberíamos estar pensando en esquemas que aceleren la recuperación en empleo. El gran reto es que la velocidad de recuperación sea la mayor posible, y para esto hay que decidir dónde colocar los recursos, qué va a hacer que el empleo se recupere de manera más acelerada. Con esto no quiero decir que el gobierno no ha hecho nada, pero se planteó desde un principio que su paquete de política social sería suficiente para enfrentar el choque, y lo que ha mostrado la evidencia es que no es así.

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Los epidemiólogos dicen que las epidemias rejuvenecen y se pauperizan. ¿El hecho de que estemos cada vez más aislados unos de otros podría tener efectos en la discriminación?

Más que de discriminación voy a hablar de fragmentación social. Si de por sí nos tocábamos poco entre los distintos estratos, por una situación como ésta nos tocamos menos, nos encontramos menos en las calles... El ejemplo de los fraccionamientos y los condominios es bueno: los que hoy tienen a sus hijos viviendo en fraccionamientos, cuando eran niños no vivían en fraccionamientos; vivían en casas, quizá de mayor nivel que otras personas, pero salían a la calle, tocaban a la gente, veían a la gente. Una generación después eso ha cambiado completamente; también tiene que ver con situaciones de seguridad, y eso ha hecho que nos alejemos más unos de los otros. Pero claro que, con una situación como la de la pandemia, la pérdida de contacto se acentúa.

 

Pienso, por ejemplo, en que había un sector de la población que usaba transporte público eventualmente, pero hoy preferiría no hacerlo si tiene opción.

Sí, eso puede suceder, pero puedes asumir que se resolvería en el momento en que se resuelva la crisis de la pandemia. La pregunta es si el efecto de la pandemia es tan profundo como para que la población cambie completamente su hábito.

Y es pronto para saber cómo evolucionarán esos patrones.

La gente que sí trabaja en confinamiento está cambiando por completo sus patrones de relaciones sociales. Tú y yo tenemos una reunión y no la tenemos presencial, la tenemos por Zoom; las formas de relacionarse cambian, no necesariamente implica que las relaciones se rompan, pero sí las formas. Y, claro, como partimos de considerar una situación en la que las poblaciones con acceso a este tipo de tecnologías es reducido, si haces todo el tiempo tu vida de manera virtual, sí hay un rompimiento con la otra población que no tiene ese tipo de vida.

 

El sistema educativo no estaba diseñado ni listo para algo como las clases a distancia, y la gente tampoco. Esto también abre la brecha.

Lo que sucede es que, en promedio, se reducen las posibilidades de aprendizaje, pero ese promedio está yéndose más abajo para ciertos grupos de población, que son los más vulnerables. Hay que tener una visión, en términos de instrumentación y colocación de recursos, una visión progresiva en términos del gasto; ir resolviendo, en la medida de lo posible, primero para los que menos tienen y luego para el resto, de tal manera que las brechas no se amplíen.

¿Por qué me preocupan tanto las brechas? Más allá del efecto, en el mercado laboral, que tiene el hecho de que las personas estén mejor o peor preparadas, en términos educativos las brechas generan efectos como el resquebrajamiento del tejido social, la falta de coincidencia entre los grupos de población, o visiones complemente opuestas a lo que es y debe ser la vida, y eso hace que, como sociedad, nos resulte más complicado ir avanzando en acuerdos. No dejamos de ser seres sociales, convivimos en comunidad, y hay que cuidar eso de tal manera que no nos empecemos a separar y a tomar rumbos que, en conjunto, no generen beneficios, pero tampoco beneficios individuales.

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¿La educación sigue siendo uno de los factores que más pesan en la movilidad social?

Si tomamos en cuenta rutas de población que tiene orígenes en desventaja, la educación en muchos casos es el principal motor; el problema es que sólo unos cuantos están en posibilidades de aprovechar esa ruta. Al hacer evaluaciones sobre movilidad social y tomar en cuenta el motor de la educación, lo que se esperaría es que la educación permeara en una mayor proporción de la población. No es que la población no esté aprovechando la oportunidad a su alcance: es que no necesariamente está a su alcance. Y, si está a su alcance, no necesariamente los instrumentos educativos que se ofrecen a la población son de calidad suficiente para que después compitan en condiciones de igualdad para lo que viene después en la vida, en el mercado laboral, etcétera. La educación es el principal motor de la movilidad social, pero ese motor no necesariamente está bien carburado hoy en día.

 

¿El modelo de las clases a distancia podría agrandar esos efectos?

Hay impactos negativos más o menos a lo largo de toda la distribución, al menos en el corto plazo, pero estos impactos pueden ser mayores para quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad, aquellos para los que el motor de la educación no era el mejor y todavía empeora un poco más.

Ahora esa población prácticamente no tiene instrumentos alternativos al servicio público, es decir, no cuenta con recursos privados para paliar ese choque negativo. En cambio, la población en condiciones de mayor ventaja probablemente sí, aunque sabemos que es una proporción pequeña en el caso de México. Es un momento en el que tenemos que aprender; podemos echar a andar muchas cosas que en la tecnología han estado ahí, pero no se habían podido instrumentar y finalmente pueden tener un efecto positivo. Pero para eso tenemos que aprender, y aprender rápidamente, y después instrumentar de manera adecuada.

Yo diría que deberíamos estar esperanzados en que el choque sea puntual en la historia de la humanidad, y que no sea una situación que vaya a volverse más frecuente con el paso del tiempo: eso hay que evitarlo para que el choque resulte positivo en las lecciones que nos deja. .

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