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La peor cara de la pobreza

Aunque la alimentación es un derecho fundamental de las personas, el número de quienes no tienen qué comer es enorme en México: 23.4 millones de personas carecen de acceso a los productos de la canasta básica. Sin embargo, hay quien da batalla a esta situación desde los comedores comunitarios, que funcionan gracias a la generosidad de los voluntarios, o bien en los bancos de alimentos, que rescatan la comida que de otra forma terminaría desperdiciándose 

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La lucha contra el hambre es un tema urgente en el país. Foto: medios.udg.mx
La lucha contra el hambre es un tema urgente en el país. Foto: medios.udg.mx

Faltan 20 minutos para las dos de la tarde y don Joaquín y don Maximiliano ya platican en la banca que protege un árbol frente a la Casa Social Juan Pablo II.

Don Joaquín, quien tiene 69 años, cuenta que lleva asistiendo a este comedor comunitario desde hace tres años, pero su compañero lo corrige: “Cuando yo empecé a venir, tú ya estabas por acá”.

“Ah, entonces tengo más: unos cuatro o cinco años”, responde.

Poco a poco se van sumando al grupo otros adultos mayores: dos mujeres, otro hombre, uno más que se acerca a la velocidad de su andadera.

Son las calles de Miravalle, al sur de Guadalajara, y ellos forman parte de las entre 50 y 60 personas que acuden diariamente a este centro social, a cargo de 11 voluntarias y que opera auspiciada por la parroquia de San Tarsicio, ubicada en la acera de enfrente.

“El problema que yo tengo es que soy solo y no me sé hacer de comer”, cuenta don Maximiliano, quien a sus 83 años asiente cuando su amigo aduce la otra razón por la que acuden.

“Nos ayudan con la comida”, agrega don Joaquín, “nos la dan muy barata; ya en cualquier lado cuánto cuesta un lonche siquiera, y uno no tiene los recursos”.

Son medio centenar o un poco más de adultos mayores, personas en situación de calle, gente que perdió el empleo o, por la cercanía de las vías que atraviesan Las Juntas, en Tlaquepaque, migrantes que van de paso hacia el “sueño americano”. Medio centenar o poco más de personas distintas, pero que tienen algo en común: todas tienen hambre y requieren apoyo para satisfacerla.

Pobreza 

Derecho incumplido

La Constitución mexicana establece que toda persona tiene derecho a una alimentación nutritiva, suficiente y de calidad y que el Estado lo garantizará. Sin embargo, esto está muy lejos de cumplirse.

Aunque no hay un indicador oficial del hambre, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) —organismo creado para medir la pobreza en México y evaluar los programas y las políticas sociales del gobierno federal— tiene uno que prácticamente retrata este fenómeno: carencia por acceso a la alimentación.

Para esto, ha creado la Escala Mexicana de Seguridad Alimentaria. Y es que hasta en el hambre hay niveles: empieza con quienes comen menos de lo que debían por falta de recursos, luego reducen la cantidad de porciones que se sirven en cada comida, después no hacen una o varias comidas al día y, por último, no tienen nada que comer.

Aunque en primera instancia los padres tienden a proteger a los niños y sacrifican su alimento para que los pequeños tengan qué llevarse a la boca, esta escala alcanza su etapa severa cuando ya ni eso es posible.

“Cuando el problema es tan grave que tanto los adultos como los niños se quedan sin comer, es cuando estás hablando de problemas de inseguridad alimentaria”, explica Ricardo Aparicio Jiménez, director general adjunto de Análisis de la Pobreza del Coneval.

Las cifras de este organismo indican que en 2014 —las últimas disponibles—, 23.4 por ciento de los mexicanos no podía acceder a la alimentación. Aunque aparentemente el porcentaje no dice mucho, indica que casi 28 millones de personas en el país no pueden pagar ni los productos de la canasta básica, así junten todos los ingresos del hogar. En Jalisco, la cifra se acerca al millón 300 mil personas.

Pobreza

¿Actualmente hay más o menos gente con hambre? Eso se sabrá hasta este año, cuando el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) dé a conocer los resultados de las encuestas levantadas para medir los ingresos y los gastos de los mexicanos. En estas cifras se basa el Coneval para hacer sus análisis cada dos años.

“Esperamos que en el último trimestre de este año podamos dar a conocer los datos de 2016 una vez que el Inegi dé a conocer la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares [ENIGH] del año pasado”, señala Aparicio Jiménez.

Pero habrá que estar atentos: el año pasado, el Inegi intentó cambiar la metodología con la que levantó su Módulo de Condiciones Socioeconómicas, lo que de un plumazo borró a 11 millones de pobres. El Coneval rechazó esta modificación, que no fue transparente y de la que no fue informado.

Sean cuales sean los resultados, difícilmente serán aquellos a los que México se comprometió como firmante de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la Organización de las Naciones Unidas, advierte Ricardo Fletes Corona, investigador del Departamento de Desarrollo Social del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara.

“Se supone que al 2015 debíamos haber eliminado la pobreza en México hasta en 50 por ciento, pero este objetivo ya no se logró y, si seguimos así, obviamente no se va a lograr para 2025, que es la otra meta que acabamos de poner”, indica.

 

#FueElSistema

Este investigador de la udeg e Ignacio Román Morales, profesor titular en el Departamento de Economía, Administración y Mercadología del ITESO, coinciden en que, aunque las causas que explican el hambre en el país son diversas, la principal es muy clara: un sistema económico que favorece la desigualdad.

“La pobreza es un producto de este sistema que sí produce riqueza, pero no la distribuye”, indica Fletes Corona.

La ENIGH es una fotografía de esta desigualdad: el 10 por ciento más pobre de los hogares del país tuvo un ingreso promedio de 2 mil 489 pesos al trimestre, sin considerar entradas como becas o programas de gobierno, beneficencia, regalos o envíos de dinero del extranjero. Por su parte, el 10 por ciento más rico ingresó una media de 130 mil 396 pesos en el mismo lapso.

La diferencia entre el ingreso de los más ricos y los más pobres en el país es de más de 52 veces. Mientras que en los hogares más pobres ingresan 28 pesos al día, en los más ricos se ganan más de mil 500 pesos diarios.

Las pruebas de la muy desigual repartición de la riqueza en México sobran: una de ellas es que, según el Coneval, en 2014 más de 55 millones 341 mil personas vivían en situación de pobreza. Ese mismo año, Forbes México calculó que la fortuna acumulada de las 37 familias más ricas del país sumaba 180 mil millones de dólares. Esa cantidad sería suficiente para construir 162 veces la línea 3 del Tren Ligero de Guadalajara. De hecho, ese año hubo 16 mexicanos en la lista internacional de multimillonarios de Forbes, entre ellos, el entonces segundo hombre más rico del mundo: Carlos Slim Helú.

Pobreza

“Si tenemos un crecimiento muy pobre y tenemos pequeños grupos que se benefician mucho, pues entonces el resto de la sociedad queda marginado”, afirma Román Morales.

Un ejemplo de política económica que promueve la desigualdad es aquella que otorga “inmensas ventajas fiscales a los más grandes grupos de poder económico”, advierte el investigador del ITESO. “Ese dinero es un dinero que no va a ir a la población en situación de pobreza”, explica.

Los esfuerzos de las autoridades, como el programa Prospera o la Cruzada Nacional contra el Hambre, corren el riesgo de ser clientelares —es decir, que operen para beneficio de sus promotores, por ejemplo, a cambio de votos—; sin embargo, no dejan de ser importantes.

Con todo, estas iniciativas palidecen ante el peso de decisiones económicas del mismo gobierno que agravan la situación.

“Hay políticas en los dos sentidos: políticas que aminoran la pobreza, que pueden ser correctas, y políticas que reproducen la pobreza, y las segundas son más fuertes que las primeras”, comenta Román Morales.

 

“Para estar in, cómete esto”

Fletes Corona advierte que lo peor del asunto es que el impacto contra la pobreza y una de sus consecuencias más graves, el hambre, es tan ínfimo que difícilmente se lograrán cambios importantes si se siguen las mismas políticas.

“Hay profesores que hacen una estimación de hasta cuándo se disminuirá la pobreza […] y dicen que si nos va a bien, si no hay crisis alimentaria, si lo permiten El Niño y la Niña y otros fenómenos meteorológicos, en 2050 estaremos reduciendo en 50 por ciento la pobreza”, explica.

Más allá de que los 28 millones de personas que viven sin la certeza de comer tienen pocas esperanzas respecto a mejorar su situación, tal vez uno de los efectos más graves es el que ocurre en su salud física y mental. Ernestina Gómez Llanos, nutrióloga y profesora en la Licenciatura en Nutrición en la Universidad del Valle de Atemajac, explica que una mala alimentación tiene un efecto grave, no sólo en el crecimiento de los niños, es decir, en su talla o en su estatura.

“La afección mayor es a nivel funcional: es un niño que va a crecer con un retraso de todo el desarrollo general de sus habilidades; entonces, ya va a ir mermado y es bien difícil recuperarse”, alerta. “Además, va a tener repercusiones en su estatura, en su peso, en la capacidad del organismo para reaccionar a una enfermedad, para recuperarse, para que sea capaz de hacer ejercicio y tener una vida activa”.

Por otra parte, es común que las mujeres de los hogares en pobreza sean las que se queden sin comer de forma adecuada para que los demás integrantes de la familia sufran un poco menos; sin embargo, esto puede tener un efecto grave en su salud.

“Esas mujeres se quedan con hambre y consumen alimentos altamente calóricos, pero realmente poco nutritivos, lo que genera obesidad en la pobreza y desnutrición oculta en ella”, agrega.

Esta situación puede generarles a las mujeres problemas hormonales y metabólicos, así como enfermedades como diabetes, osteoporosis (que adelgaza y debilita los huesos) y males cardíacos.

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Otro integrante de la familia que sufre grandemente por la desnutrición es el adulto mayor, pues está en una edad en la que naturalmente empieza a perder masa magra —toda la masa del cuerpo que no es grasa—, y cuando no se nutre adecuadamente este proceso se agrava.

“Eso detona depresión, ansiedad, que les quita el apetito […] y eso traerá más desnutrición y una pérdida fuerte de muchas habilidades psicomotoras; tienen pérdida de piezas dentales, les puede dar diarrea, pueden presentar algunos síntomas que se asemejan a los de las intolerancias alimentarias”, explica.

Según la ENIGH, en los hogares más pobres, de todos los ingresos la mitad se destina a comprar alimentos, bebidas y tabaco. En los hogares más ricos, en este rubro se gasta apenas la quinta parte del ingreso.

Debido a que destinan la mayoría de su dinero a los alimentos, las personas en pobreza se ven más afectadas por el alza en los precios de estos productos. Este encarecimiento no ha sido menor: según informó el Inegi en mayo, en el último año los precios de la canasta básica crecieron 8.48 por ciento.

Aún peor, la falta de información adecuada, los mensajes comerciales y la búsqueda de pertenecer a una sociedad que no los acepta, hace que tomen malas decisiones de compra.

“En la pobreza también vemos que utilizan los pocos recursos que tienen para consumir alimentos que son altamente calóricos, pero que no tienen un valor nutricional correcto, es decir, son altos en azúcares, son altos en grasas no saludables y son altos en calorías”, explica la nutrióloga.

“Nos bombardean con toda la mercadotecnia: ‘Para estar in, cómete esto’, ‘si comes esto, vas a ser la onda’, y toda esta información les llega y ellos consideran que están siendo parte de una cultura de alimentos industrializados que son maravillosos, cuando no nos hemos dado cuenta de que realmente la maravilla está en recuperar nuestras tradiciones con la alimentación mexicana”.

Pobreza Esta y las siguientes imágenes son del comedor Cucharadas de Amor, que opera gracias al trabajo que las personas realizan como voluntarias. 

¿Qué hacer?

Ante esta situación, hay diversas medidas que las autoridades, sobre todo las federales, podrían instrumentar, señala el economista Fletes Corona.

Una de ellas tiene que ver con una verdadera reforma educativa que mejore la preparación de las personas. “Una vez que tienes una mejor cualificación de tus ciudadanos, en términos amplios, estás en mejores condiciones para crear empresas en donde se pague mejor la mano de obra calificada. Un mejor salario mejora las condiciones de vida de estas personas y eso se refleja en la sociedad”, dice.

Otro punto fundamental es coordinar los que parecen cientos de programas federales, estatales y municipales contra el hambre, con el fin de no duplicar apoyos y que los recursos que se inviertan estén mejor focalizados. “Me parece que eso es una falla de diseño, de voluntad política”, indica.

Por su parte, Román Morales agrega a la lista la necesidad de una política que aumente los ingresos del Estado, es decir, una que mejore la recaudación de impuestos, con una lógica de transparencia y rendición de cuentas. “Eso tiene que ver con poner fin a todo lo que son créditos, perdones, exclusiones fiscales a los grupos de mayor poder económico”, dice.

“Que, con ese dinero, el Estado pueda, efectivamente, garantizar un uso de recursos mucho más amplio para el conjunto de la población, empezando por las personas en mayor marginación”.

Más allá de que a esta lista se le puedan agregar varias estrategias, lo importante es que las autoridades reconozcan que la lucha contra el hambre ha dado resultados que se pueden presumir poco, indica Fletes Corona. “Sabemos lo que la gente sufre con el hambre y, si seguimos haciendo lo mismo, esto no va a seguir igual, va a empeorar, y ése es un riesgo que no sólo es una señal de focos amarillos, sino rojos... y parecemos daltónicos”, comenta.

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Jalisco sin hambre

Mientras esto ocurre, en Jalisco hay casi un millón 300 mil personas con hambre y los 13 bancos de alimentos que operan en el estado tienen capacidad para atender a sólo alrededor de 100 mil. En contraste, se recupera apenas entre 3 y 7 por ciento de los alimentos que se desperdician.

Por ello, este año se lanzó el programa Jalisco sin Hambre, un proyecto de investigación y desarrollo tecnológico que coordina el ITESO y en el que participan el Centro de Investigación y Asistencia en Tecnología y Diseño del Estado de Jalisco (Ciatej), el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el Tec de Monterrey.

El proyecto recibe financiamiento por 20 millones de pesos del Conacyt y del gobierno del estado a través de la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología, así como de la de Desarrollo e Integración Social.

“Estamos realizando estudios sobre pobreza y desnutrición, una reforma de ley para incentivar la donación de alimentos por parte de productores y comercializadores; una estrategia de comunicación y mercadotecnia social que apoye la reforma de ley para fomentar que se conozca la labor de los bancos y aumenten las donaciones”, explica Francisco Urrutia de la Torre, coordinador de Investigación y Posgrado del ITESO.

“[También] un trabajo de ingeniería industrial y alimentaria, ciencias de la nutrición, informática, desarrollo organizacional para los bancos, así como de desarrollo y puesta en práctica de nuevos modelos de organización familiar y local para los beneficiarios de los bancos de alimentos”.

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Uno de los productos de este programa interdisciplinar —en el que participan 30 investigadores y cinco estudiantes— es la creación de una plataforma informática que sea una suerte de “Uber de los bancos de alimentos”, es decir, que cuando algún comerciante note que tiene alimentos que no logrará vender, avise por este medio y permita que los bancos puedan decidir quién acudirá por ellos y cómo se va a repartir esa donación.

Aunque en el estado operan 13 bancos de alimentos, el programa piloto iniciará con tres de ellos, ubicados en Guadalajara, Zapotlanejo y Tepatitlán.

El proyecto incluye también la creación de un observatorio del derecho humano a la alimentación en Jalisco y una planta para el procesamiento de alimentos que permita producir purés con una vida de anaquel más amplia cuando los alimentos donados estén en un punto de madurez muy avanzada.

En un año y medio, todos los elementos de esta estrategia deberían de estar operando.

 

Sirviendo comidas

Mientras tanto, en Jalisco operan varios comedores comunitarios en los que voluntarios tratan de paliar la situación de las personas con hambre.

Es el caso de Cucharadas de Amor, un comedor en la colonia Lomas de la Primavera en Zapopan, en las faldas del Cerro del Colli, en el que dan de comer a 108 personas: 31 adultos mayores, 32 niños de edades variadas y, el resto, familias completas.

La nutrióloga Gómez Llanos coordina también los trabajos de este centro, en el que, además de ofrecer una comida completa a bajo costo, se les enseña a los beneficiarios a combinar mejor sus alimentos. El comedor opera con aportaciones voluntarias; si desea participar en este esfuerzo, puede contactarlo a través del correo electrónico cucharadasdeamor@gmail.com así como de su página de Facebook.

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Lo mismo ocurre en Miravalle con la Casa Social Juan Pablo II. Desde hace nueve años ahí ofrecen, de lunes a viernes, sopa, guisado, frijoles, agua fresca y tortillas. Cuando hay recursos para comprar gelatina o fruta de temporada, también hay postre. Se cobran 12 pesos por esta comida, pero si la persona no tiene con qué pagarla, no se le cobra, explica María Alejandra González, coordinadora de la casa social, un puesto que es itinerante entre las voluntarias.

Trabajan gracias a la generosidad de las personas: una dona pollo una vez a la semana; los lunes, cuando hay tianguis, una compañera convence a los comerciantes de aportar; un matrimonio también regala algunos alimentos; los servicios, como agua, luz y gas, los cubre la parroquia de San Tarsicio. También reciben apoyos de la Secretaría de Desarrollo Social y del DIF.

Si alguien quiere ayudar, puede llamar al 3670-9442. Mientras, dice María Alejandra, ellas seguirán con el esfuerzo de ayudar a “sus viejitos”. “Aquí no les damos comida del otro día ni repetimos comidas muy seguido”, cuenta. m.

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