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La práctica del silencio filosófico

También podríamos hablar del silencio o de las omisiones que la filosofía ha hecho frente a ciertos temas. Frente al mucho ruido, la práctica del silencio es también discernimiento, cuidado de la palabra y autonomía.

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El silencio ha sido teorizado y practicado como una necesidad ética o epistemológica frente a lo que resulta difícil de asimilar, a las nociones y experiencias que conocemos y que, a su turno, muestran insuficiencia explicativa. También como medida cautelar o como un desafío a la confesión de adhesión a un poder. De forma muy esquemática, se pueden agrupar las prácticas del silencio en tres tradiciones que atraviesan la filosofía:

 

El silencio ascético

En la filosofía clásica vemos a los directores estoicos aconsejar la práctica del silencio frente a los peligros de la palabra. Se hace silencio para fortalecer el carácter y acrecentar la sapiencia para escuchar a otros. Pero incluso en la modernidad veremos a Wittgenstein decir que hay que callar acerca de lo que vale la pena, lo que nos apasiona, no desgastarlo con palabras. De alguna manera, el lenguaje custodia con celo aquello que no puede quedar expuesto al comentario insensato.

 

El silencio como cautela intelectual

En Hume vemos emerger sentencias como ésta: de lo que no se sabe, es mejor no hablar. Aquí el silencio es precaución. Concretamente, veremos ese sigilo frente a situaciones liminales, en las que la razón está poco informada. Por ejemplo, en la discusión acerca de la existencia de Dios, Hume reconocerá que no se puede afirmar ni negar, pues la razón carece de elementos para pronunciarse. Por tanto, el silencio viene mejor.

 

El silencio como práctica de autonomía política

La procuración del silencio tenía como propósito vaciar el programa de la identidad, pues a una pregunta por la identidad, venida de la autoridad, el silencio era una respuesta que mantenía al sujeto autónomo respecto de la confesión de una presunta identidad.

También hay ejercicios filosóficos que daban al silencio otras funciones como, por ejemplo, quien asume el ejercicio de la parrhesía asume un esquema de actitudes: preferir la franqueza a la persuasión, decir la verdad antes que guardar silencio o la falsedad, asumir un riesgo en lugar de preferir una seguridad proveniente de la falsedad, mantener una crítica en lugar de la adulación y asumir un deber moral en lugar de una apatía moral. En este caso, el silencio frente a un poderoso pone en riesgo la propia vida, pero no se puede callar, pues es la posibilidad de hacerle saber, al poderoso, aquellas cosas que sus consejeros o allegados jamás le harán saber; además de que lo que está en juego es un bien, juzgado por quien no calla, como algo mayor a la comodidad de atrincherarse en el silencio.

 

Hemos hablado de un silencio deliberado, pero también está el que nos provoca el aturdimiento de algo nuevo. También podríamos hablar del silencio o de las omisiones que la filosofía ha hecho frente a ciertos temas. Frente al mucho ruido, la práctica del silencio es también discernimiento, cuidado de la palabra y autonomía. m

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