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Los fotógrafos anónimos del 68

Las fotografías del movimiento estudiantil de 1968 y la masacre en la plaza de las tres culturas nos sirven para conocer lo sucedido y no olvidar este hecho histórico.

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plaza de las tres culturas
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En 2005, 37 años después de la matanza de Tlatelolco, fue encontrado un archivo fotográfico inédito sobre el movimiento estudiantil de 1968 en la azotea del Palacio del Ayuntamiento. Eran varias cajas que pertenecieron a la Dirección de Comunicación Social de la Jefatura del Departamento del Distrito Federal, a cargo del entonces regente Alfonso Corona del Rosal: llenas de polvo, sin inventariar y con más de 1,500 rollos de 35 mm envueltos en papel celofán sin catalogar, según el testimonio de uno de los descubridores, Arturo García Campos, director del Museo Archivo de la Fotografía de la ciudad de México (MAF).

Es evidente que las fotografías fueron tomadas con fines de espionaje y los negativos registran las marchas y los mítines que se llevaron a cabo los meses previos a la matanza, reflexiona García Campos: “Tenemos de julio, agosto, de septiembre y hasta ahí llegamos. No se han encontrado los rollos del 2 de octubre. Nosotros consideramos que por obvias razones”. Supone que esos negativos fueron sustraídos y que al rasurar el archivo se pensó que las marchas anteriores no eran importantes. Las imágenes sí lo son. En este archivo, adelanta el director del MAF, se hallan algunas joyas como la toma de “una manifestación de derecha contra el movimiento estudiantil en la Plaza de Toros, donde se habla de estudiantes comunistas, [se lanzan] vivas al Ejército mexicano, viva Cristo Rey. Ese material no se ha visto en ningún archivo o publicación”.

Las fotografías —algunas mostradas en esta edición— captan los mensajes de pancartas de manifestaciones y dan cuenta de las dimensiones de las marchas. Eso era lo que le interesaba saber a los funcionarios de ese momento. No hay acercamientos a rostros ni imágenes de violencia. “Estas fotos”, recuerda García Campos, “cumplían en aquella época la función del fax o la internet: eran entregadas a los funcionarios para que se enteraran de primera mano de lo que sucedía en las calles”.

Cuarenta años después, el público pudo observar las imágenes que veían en secreto esos funcionarios. Ochenta fotografías del archivo fueron presentadas en octubre en el MAF (ubicado a unos pasos del Templo Mayor, en el zócalo capitalino) con el título 68 inédito… el ojo del poder. La gente no podrá saber quiénes realizaron esas gráficas, pues si bien es cierto que los fotógrafos trabajaban para la Dirección de Comunicación Social, no se conocen sus nombres, entre otras razones porque quien podría darlos prefiere no hablar.

Otro hallazgo —o mejor dicho, recuperación— es el archivo fotográfico de El Universal. Desde el 26 de julio, el portal de la internet de este diario presenta una fotografía nueva del movimiento cada día. Algunas ya habían sido publicadas, otras eran inéditas.

Desde el punto de vista del encargado del archivo, Gabriel Aguirre Álvarez, el tabú sobre el movimiento del 68 fue más fuerte durante los primeros 30 años que hace diez. Cuando las cosas se flexibilizaron, se hizo un primer esfuerzo serio —e infructuoso— por localizar todo el material que se tenía de la época. A principios de 2008 esas cajas fueron ubicadas, contenían cerca de mil 500 fotografías; pocas tienen el nombre del autor.

El equipo del archivo presenta en su página de internet una lista con los nombres de los fotógrafos que firmaron alguna fotografía, pero no especifica la autoría de cada toma. A estas alturas será difícil hacerlo: ninguno de los 17 fotógrafos de la lista permanece en la nómina del periódico y se ha perdido el contacto con ellos.

Fotógrafos anónimos
Hay muchas fotografías conocidas sobre el 68 cuyo autor es anónimo. Durante el movimiento estudiantil, buena parte de las imágenes que se publicaban aparecía sin el crédito del autor, por protección del fotógrafo. “[Debido] al clima de represión era sumamente arriesgado exponerse”, señala Raúl Álvarez Garín, miembro del Consejo General de Huelga en 1968.

Pedro Valtierra, director de la agencia Cuartoscuro, dice: “El momento no era muy pacífico como para poder hacer las fotografías y poner tu nombre. En esos años la costumbre era otra, la educación era otra, la manera de ver a los fotógrafos era otra. Y bueno, era un riesgo que un fotógrafo pusiera su nombre, sobre todo si la fotografía tenía algo que ver con la autoridad. Era un tema que desde el poder se veía como peligroso, conspirativo. Entonces, difundir las imágenes, tanto de los estudiantes como de una represión resultaba contrario a los intereses del Estado. Y como una manera de protegerse, los fotógrafos, muchos de ellos famosos, pedían que no se pusiera el crédito”.

Oralia García Cárdenas, académica del Archivo Histórico de la UNAM, recuerda el ambiente de censura que había en los medios: “Estuve transcribiendo una entrevista con un fotógrafo de El Universal, Daniel Soto, quien menciona que el 2 de octubre llegaron agentes de Gobernación a confiscar los rollos de los fotógrafos. Muchos de ellos lo que hicieron fue tirarlos al bote de basura y después recuperarlos. Enrique Metidines, quien trabajaba para el periódico La Prensa, menciona que los rollos se los guardaban en los calcetines para evitar que se los quitaran, también dice que recuerda a un agente de policía con los bolsillos atiborrados de rollos que les decomisaban a los fotógrafos”.

Hay otro factor, además de la censura y las amenazas a los fotógrafos, que contribuyó a que hoy los autores de las imágenes no se conozcan. El encargado del archivo de El Universal lo pone en pocas palabras: “Lamentablemente los fotógrafos no las identificaron ellos mismos, no hicieron la talacha completa”. Aunque se refiere al caso específico de los fotorreporteros de El Univesal, su explicación aplica para los fotógrafos del resto de los medios de la época.

¿Por qué es importante conocer la identidad de la persona que accionó el obturador? Para Pedro Valtierra, eso le da una dimensión particular a la fotografía. En el número de agosto de 2008 de la revista Cuartoscuro, por ejemplo, se presentan dos portafolios. Uno es del fotoperiodista Armando Lenin Salgado (quien trabajó durante el 68 para las revistas Sucesos y Por qué) y otro del entonces fotógrafo particular de Luis Echeverría, Manuel Gutiérrez Paredes Mariachito. Cada uno, dice Valtierra, muestra una mirada diferente. Salgado la del movimiento estudiantil; Mariachito, la del poder. Por tanto, conocer la identidad del autor es fundamental porque le da una dimensión totalmente distinta a nuestra comprensión de la imagen.

Archivos perdidos
Los archivos fotográficos de ese momento histórico, más conocidos e importantes hasta ahora, son tres: el de los hermanos Mayo que se encuentra en el Archivo General de la Nación; el llamado Manuel Gutiérrez Paredes Mariachito, resguardado por el Archivo Histórico de la UNAM, y el del fotógrafo independiente Héctor García, en su propio domicilio —recientemente creó una fundación que resguardará toda su obra—. Cada uno contiene al menos un millar de fotografías.

Muchas de estas imágenes han permitido analizar y dimensionar el momento histórico, pero al conmemorarse cuatro décadas de los hechos algo es seguro: no todas las imágenes se han dado a conocer. Tal es el caso, dice García Campos, del archivo que contiene las imágenes captadas por el Ejército durante el 2 de octubre. Tampoco se sabe con exactitud qué pasó con los archivos fotográficos de periódicos como Novedades, Excélsior, La Prensa, El Heraldo de México y El Sol de México. Oralia García Cárdenas también habla de “muchos archivos particulares de los propios dirigentes del movimiento” que no se conocen. Miles de fotografías.

El tema no sólo compete a la imagen fija. “Recordemos que un cineasta estuvo en la torre del edificio de Relaciones Exteriores filmando la matanza del 2 de octubre”, afirma Álvarez Garín. “Eso se denunció hace poco tiempo, pero [todavía no se sabe] dónde se encuentran esos rollos de película”.

En una entrevista concedida en 2003 a La Jornada, el camarógrafo Ignacio Malfavón contó que él grabó imágenes del 2 de octubre para un programa de televisión del Excélsior, específicamente el momento en que el helicóptero del Ejército que sobrevolaba la Plaza de las Tres Culturas lanzó la luz de bengala que sirvió de señal para realizar la matanza. Malfavón aseguró que entregó la cinta a la redacción, pero desapareció.

¿Por qué a cuarenta años de distancia estos documentos siguen perdidos, desaparecidos o escondidos? García Campos apunta que esta etapa de la vida nacional aún está semioculta: “[El movimiento estudiantil] sigue espantando a las autoridades e instituciones y sigue siendo un tema vedado en muchas esferas”. A Aguirre Álvarez, quien trabajó en el archivo fotográfico de Novedades a partir del 31 de octubre de 1968, cuando tenía 17 años, le sobran historias que contar sobre la nula importancia que se les da a los archivos: “Yo pudiera hablar de Novedades porque trabajé para allá […] ¿Qué pasó a mi salida? De oídas me dicen que llegaron jóvenes a reorganizar el mundo, que tiraron [a la basura] miles de imágenes que había. ¿Qué pasó con cada medio? Cosas muy distintas. Yo conocí otros archivos —no te voy a decir de quiénes— en estados lamentables. Es la política de instituciones públicas y privadas, de no darle ninguna importancia a un archivo. Los archivos parecen todavía el sitio para castigar a la gente. No es represión ni mala fe, es falta de interés en los archivos”.

Descuido o censura, los archivos mencionados siguen en el abandono —si es que todavía existen—. Las esperanzas de recuperarlos son muchas. Para el coordinador del Archivo Histórico de la UNAM, Gustavo Villanueva, “seguramente andan por ahí. Un testimonio gráfico no se destruye tan fácilmente, se puede esconder, pero difícilmente se destruye. Estoy casi seguro de que sí van a aparecer algunos [archivos] tan importantes como los de los diarios. Seguramente nos vamos a llevar sorpresas”.

Pedro Valtierra expresa un deseo que seguramente es el de muchos: “Yo creo, tengo confianza, espero que quien los tiene no los haya quemado y no los haya desaparecido. Ojalá aparezcan esos negativos. La sociedad mexicana debe conocer lo que se hizo en esos años, lo que los fotógrafos hicieron en esos años”.

La lección del movimiento del 68
El archivo de Mariachito fue vendido por su familia a la UNAM en el año 2000, si bien él no debió haber tenido esos negativos en su casa. Eran propiedad de Gobernación. Como lamentablemente Mariachito murió en 1982, no es posible saber si su intención al conservarlos era darlos a conocer en algún momento. Pedro Valtierra presume que así fue: “Eso habla de la responsabilidad social del fotógrafo”.

Hay otros casos, como aquellos con los que se ha topado Arturo Campos al intentar localizar a los fotógrafos de la época o identificar a los autores de algunas fotografías: “Te citan, te van a contar la verdadera historia, te tomas tres o cuatro cervezas con ellos y te acaban diciendo que sí tienen todo fotografiado, pero que se quedó en el periódico o que se lo llevó la policía o que les quitaron los rollos. Finalmente hay una negativa a asumir las propias responsabilidades de tu tiempo, que era hacer las fotografías, guardar los materiales, cumplir con tu trabajo, hacer las impresiones y conservar los negativos. El trabajo no sólo es hacer las imágenes, sino ver qué pasa con esas imágenes”.

Valtierra y García Campos coinciden: la lección que deja el ejercicio de los fotógrafos que documentaron el movimiento del 68 es el valor de guardar y conservar los negativos para la memoria. “Creo que algo que nos enseñó el movimiento del 68 es a no soslayar los movimientos, a fotografiarlos y a conservar nuestros documentos. No guardar los materiales, no esconderlos y darlos a conocer públicamente”, dice García Campos. Ésa es la gran lección del 68. Al menos la lección para los fotógrafos. m.

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Diana Martin Gourmets