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Los indignados toman la plaza

¿Quiénes son estos jóvenes que el pasado 15 de mayo llenaron la Plaza Cataluña, la Puerta del Sol de Madrid y más de 50 plazas de todo el estado español? En las primeras horas del ahora conocido como 15-M todos se preguntaron lo mismo: nadie sabía exactamente de dónde habían salido y pocos tenían claro cuáles eran sus exigencias.

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Mayo llega a su fin. La Plaza Cataluña de Barcelona se parece en estos días a un gran camping, de esos de los que se pueden encontrar en cualquier pueblo de la Costa Brava. La diferencia: no hay playa, sino tiendas de campaña, cocinas al aire libre, grupos de jóvenes escribiendo mantas abogando por una democracia más participativa, defendiendo el derecho al trabajo, a la vivienda y criticando la avaricia de los bancos.

Los turistas que deambulan por los alrededores observan con asombro este espectáculo inédito y se abren paso entre los indignados que descansan en medio de la plaza, protegidos del Sol bajo toldos de plástico, junto a cajas de cartón donde guardan la comida que ellos mismos han traído —o que les han regalado los voluntarios, que se acercan y preguntan a los jóvenes si necesitan algo— y debajo de cordones donde cuelgan pantalones y camisetas mojadas recientemente lavadas. Seguramente son imágenes que no aparecen en las guías de viaje de los turistas que vienen a Barcelona, ni tampoco en las de aquellos que van a Madrid o a cualquier otra ciudad de la geografía española.

En la plaza, una joven inglesa pide a uno de los acampados que le explique qué significa todo lo que está pasando. El joven, que por un momento deja de escribir sobre una de las mantas, intenta, con muchos problemas, explicar en inglés por qué están ahí. Una de sus amigas le ayuda con el idioma, pero ni entre los dos consiguen darse a entender. La turista sigue sin entender, así que repite la pregunta, ahora en español, y pide que le contesten despacio. La respuesta le deja satisfecha. La chica luego saca su cámara y sigue tomando fotos de la plaza y de las frases que se han hecho famosas.

Sin embargo, no todos los que pasan por ahí son tan comprensivos como ella. “Está todo sucio y pintado”, afirma un turista español, mientras en otro punto un británico les dice a sus hijas que miren hacia arriba donde un grupo de manifestantes han montado tiendas de campaña con colchonetas, sujetadas con cuerdas, entre las ramas de los árboles. En cuanto ellas sacan las cámaras para captar esta curiosa postal de la ciudad, los dos chicos se tapan las caras y arruinan la instantánea.

Fotos: Álvaro González

El hartazgo, pero sobre todo el desencanto provocado por una crisis económica que parece no tener fin, desató un fenómeno nunca visto en la historia de España desde la transición democrática: miles de personas tomaron la calle sin sindicatos o partidos políticos de por medio para protestar por la precariedad económica y el sistema político.

¿Pero quiénes son estos jóvenes que el pasado 15 de mayo llenaron la Plaza Cataluña, la Plaza del Sol de Madrid y más de 50 plazas de todo el estado español? En las primeras horas del ahora conocido como 15-M todos se preguntaron lo mismo: nadie sabía exactamente de dónde habían salido y pocos tenían claro cuáles eran sus exigencias. Se llamaron así mismos “indignados”, un término tomado del libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, un texto de 30 páginas convertido en el libro de cabecera de estos jóvenes, estudiantes, profesores, desempleados, a los que se fueron añadiendo movimientos de okupas, colectivos ONG y sectores amplios de la población que comulgaron con este movimiento apartidista que buscaba una regeneración de la política.

“Yo estuve en la primera manifestación. Éramos muchos y no estábamos muy organizados, así que fue una sorpresa que llamáramos tanto la atención y estuviésemos en las portadas de los periódicos”, dice Gisela Macías, una joven de 25 años, egresada en Relaciones Públicas, sin trabajo estable, pero con ganas de manifestarse. Ella formó parte de esa marea que salió a mediados de mayo a la calle de forma espontánea y llenó las plazas con consignas y reivindicaciones. En cuestión de días el movimiento, amplificado por el boca a boca y las redes sociales, alcanzó una repercusión mediática internacional que provocó protestas similares, aunque menores en asistencia, fuera de las embajadas españolas en otros países europeos, e incluso en Estados Unidos, Argentina y México.

Tomando distancia, las imágenes de los primeros días recordaron a las que se produjeron meses atrás en la revolución del Jazmín en Túnez y a las de la plaza Tahrir en El Cairo, donde la gente salió en masa a pedir la dimisión de sus dirigentes. Aunque los españoles no proponen un cambio radical en el sistema político de su país, ni tampoco en el modelo de gobierno como sucedió en las revueltas árabes, sí exigen reformas y ajustes a un sistema de privilegios que debe ser modificado. Quieren una democracia mucho más participativa y en la palestra han dejado un cántico, que se escuchó en la mayoría de las concentraciones y las marchas del movimiento: “Dicen que esto es democracia y no lo es”.

Las acampadas fueron una manera de mostrar la inconformidad de una gran parte de la población y constituyeron una llamada de atención sobre una situación que muchos consideran insostenible. El modelo económico y de desarrollo español, basado en una economía de servicios y la construcción inmobiliaria, hizo crack en 2008 dejando el sistema al descubierto y a miles de personas en la calle con las expectativas de futuro por los suelos. Sin embargo, todo sucedió tan rápido que la gente no se había tomado el tiempo de pensar qué había ocurrido exactamente para que de la noche a la mañana el milagro económico de España se cayera a pedazos.

Pienso, luego me indigno

Para explicar las razones de la indignación de Gisela, de Héctor García, un informático de 28 años; de Ana Barredo, bióloga de 32, y de muchos más, es necesario remontarse diez años atrás. De 2003 a 2007, España vivió una época de bonanza económica sin precedentes en la historia contemporánea del país. Los porcentajes de desempleo llegaron a mínimos históricos. Hace cuatro años, por ejemplo, era apenas de 7.9 por ciento (un millón 800 mil personas), la menor cifra en la democracia. El país era una máquina de crear trabajo, sobre todo en el sector de la construcción y el turismo. Según datos del Gobierno, la industria del ladrillo tenía, en los primeros meses de 2008, un peso del 17.9 por ciento en el Producto Interior Bruto (PIB) y daba empleo al 13 por ciento de la población activa.

No obstante, se trataba de un crecimiento artificial basado en la deuda y el crédito. Durante la última década, el mercado de suelo español se expandió, lo que provocó que se multiplicaran las inversiones en el sector. En España se hacían casas como panes: 700 mil al año durante su apogeo, más que en Francia, Italia y Alemania juntos. La población tenía trabajo y aspiraba a tener una casa propia, así que acudía en masa a los bancos y las cajas para pedir créditos con la intención de hacerse de una de las miles de viviendas que se construían en ese momento.

Después de la crisis crediticia de Estados Unidos en 2007, la construcción fue la primera en sufrir las consecuencias. Se cerraron constructoras, inmobiliarias, despachos de arquitectura y diseño. Toda la industria alrededor del sector sufrió despidos en masa y miles de trabajadores, entre ellos inmigrantes y jóvenes que dejaron los estudios para formar parte del boom inmobiliario, se quedaron en la calle. De un día para otro el mundo se dio cuenta de que el crecimiento español no era más que una burbuja inflada por los bancos y las empresas, que se hartaron de dar créditos a gente que, en algunos casos y de manera irresponsable, decidió endeudarse para toda la vida y que ahora, sin trabajo, tenía que afrontar pagos de más de mil euros al mes para seguir pagando la casa. Muchos no soportaron la presión y no sólo perdieron las propiedades, sino que terminaron debiendo dinero a las entidades de préstamo. Tan sólo, en la primera mitad de 2011 más de quince mil familias han perdido sus casas por no haber podido hacer frente a los pagos de la hipoteca.

Las miserias del sistema no tardaron en salir a la superficie. En cuatro años, un periodo relativamente corto, España pasó de tener una tasa de desempleo del 8 por ciento en 2007 al 21.3 por ciento a mediados de 2011. Actualmente, más de un millón 300 mil hogares tiene a todos sus miembros sin trabajo. Los sectores más vulnerables acusaron mucho más el golpe, entre ellos el de la inmigración: la tasa del desempleo roza el 32 por ciento. En cuanto a los jóvenes de entre 16 y 25 años, la situación es peor. El 43 por ciento no tiene trabajo, una cifra que duplica a la de toda Europa, donde la tasa de paro en este grupo es del 20 por ciento. En algunos países, como Holanda o Alemania, no rebasa ni siquiera el 8 por ciento.

“El meollo del asunto es que  el 15-M representa un despertar para muchos de nosotros, que vivimos una infancia y adolescencia llena de comodidades. El chip tiene que cambiar y no es del todo malo descubrir que no estábamos tan bien”, agrega Gisela, que puede considerarse afortunada: tiene 25 años y, aunque no tiene trabajo estable, su familia la emplea en la empresa familiar, dedicada al transporte, para sustituir a los trabajadores que toman sus vacaciones en agosto. El resto del año lo dedica a la maestría en Marketing que cursa y a buscar trabajo. Desde que terminó la carrera en 2008, lo único que ha conseguido ha sido una plaza de becario en una institución de gobierno con un salario de 250 euros al mes, buenos para sobrellevar sus gastos, pero no para independizarse.

Con estos datos como telón de fondo, es comprensible que chicos que nunca antes habían estado en una manifestación, como Gisela o Ana Barredo —que suma más de seis meses sin trabajo—, manden por Facebook y celular mensajes de invitación para asistir a las acampadas con cacerola y cucharón en mano. Sin embargo, no sólo jóvenes sin trabajo asisten a la plaza a manifestar su inconformidad. Héctor García, un informático de 28 años que actualmente trabaja en una multinacional, o Clara Ribeiro, de 33 años, trabajadora en un despacho de arquitectura y que estuvo en la plaza Cataluña la mañana del 27 de mayo durante el frustrado desalojo, se hacen presentes en las plazas y gritan consignas contra una democracia y unos partidos que no los representan. “Que no, que no, que no nos representan, que no”, cantan a coro.

“Nuestra indignación venía incubándose de puertas adentro, pero éramos muchos los que sentíamos lo mismo. Ese día salimos con ganas de hacer oír nuestras voces, de hacer visible nuestra indignación y hartazgo, porque ya no es que no avancemos hacia una sociedad más justa, sino que estamos dando pasos hacia atrás, perdiendo derechos sociales adquiridos que son inalienables”, afirma Clara, tan indignada como Roberto, un chico de 19 años que estudia ingeniería. “Yo no tengo trabajo, pero todavía soy joven. Quiero formarme ahora, pero si las cosas no cambian, no me espera mucho futuro aquí”.

“Hemos crecido dentro de un modelo que no nos convenía. Creíamos que estábamos en la primera división y nos dimos cuenta de que no era real, así que lo mejor que se podía hacer era salir y fastidiar un poco”, dice Ana  parafraseando al presidente de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, que en alguna ocasión, antes de que estallara la crisis, dijo que España formaba parte de la Champions League de los países desarrollados.

 

No votes, tuitea

Cada manifestación tiene sus frases, sus pancartas y reivindicaciones que pasan a la historia. Así como las revueltas de mayo del 68 popularizaron el famoso “¡Debajo del asfalto está la playa!”, el 15-M ha tenido las suyas, con la particularidad de que muchas de ellas se han hecho populares en la red.

Y es que el movimiento nació y se consolidó gracias a redes sociales como Twitter y Facebook, además de sitios, blogs y foros, donde se planearon y difundieron las primeras manifestaciones y que sirvieron para dar seguimiento a las concentraciones minuto a minuto. Si faltaba una manta, un cuchillo, comida, ropa o lo que fuera, se tuiteaba y en pocos minutos solucionaban el problema. La página de internet Democracia Real Ya fue uno de los sitios más visitados durante los días de protesta. Ahí se publicó el manifiesto del movimiento, que contenía una serie de reivindicaciones en donde se pedía acabar con los privilegios de los políticos, tanto en los pagos de impuestos como en la inmunidad judicial, así como reformar la Ley de Pensiones y la Ley Electoral, además de exigir mayores controles a las entidades bancarias.

Aprovechando que muchas de las plazas públicas cuentan con  internet inalámbrico proporcionado por los ayuntamientos, los jóvenes dirigían la protesta con la complicidad de la red. Fuera de las tiendas de campaña, y en las distintas comisiones de difusión, se colocaron pancartas con los principales hashtags del día, etiquetas utilizadas en Twitter como guías y temas de conversación, para seguir la protesta en la red. “Los que quieran cargar el iPhone, pueden hacerlo en El Corte Inglés o en el Bracafé”, se leía en una de las casas de campaña.

Los acampados y usuarios eran animados a utilizar los hashtags y a cambiarlos con regularidad para que Twitter no los bloqueara y pudieran continuar como trending topic (tema más comentado) durante días. La revolucionaria estrategia funcionó y dio pie a una lluvia de frases en pocas horas, que mantuvo a los tuits del 15-M como los más leídos de la red: #tomalacalle #nolesvotes #democraciarealya #acampadasol #acampadabcn #indignados #spanishrevolution #yeswecamp #notenemosmiedo #estoesreflexion.

Junto a los toldos o en los árboles, pegados con tachuelas o cinta, se leían pancartas en donde los comités de difusión anunciaban las entrevistas para radio, televisión y periódicos que se habían realizado durante el día a miembros del colectivo, a políticos o a personajes, con la intención de dejar comentarios en las páginas web de los mismos.

La primera manifestación de la época Twitter en España también dejó documentos novedosos. Aquellos que tenían cámaras transmitían en vivo por streaming las manifestaciones y las acampadas, incluso durante la noche por si había alguna carga policial. La presencia ininterrumpida de cámaras en los campamentos permitía al movimiento aprovechar la visita de comunicadores o intelectuales como Eduardo Galeano para hacerles una entrevista y pedirles opinión sobre el mismo. Algunos de los videos realizados durante la acampada tuvieron miles de visitas en YouTube y Vimeo.

Quizás una de las principales aportaciones del 15-M ha sido la de crear una conciencia colectiva del problema, sostenida por un flujo de información horizontal y constante. Nunca antes se había emprendido un proyecto para explicar la crisis de esta manera, utilizando las nuevas herramientas informativas que la red ofrece. Las plazas se convirtieron en ágoras al aire libre donde  se hablaba de la crisis y se discutían las posibles salidas a la misma no sólo a través de las asambleas, representaciones teatrales, documentales, folletos y periódicos que ellos mismos editaban y distribuían, sino a distancia, escribiendo pequeños textos de no más de 140 caracteres, subiendo fotos y videos, informando al minuto lo que ahí sucedía.

 

¿Quiere que le limpie su Mercedes con mi título universitario?

En España, la generación más formada de la historia es también la más desaprovechada. Muchos de los jóvenes del 15-M poseen títulos universitarios, han estudiado un posgrado, hablan dos o más idiomas, tienen un currículum excelente, pero algunos se resignan a pasar la vida de un de trabajo temporal a otro trabajo temporal, hasta que alguna empresa los fiche de por vida por un salario de mil euros, como el que ganan seis de cada diez trabajadores españoles.

El ánimo de los jóvenes entrevistados es compartido y tiene un rasgo común: poca esperanza. Reconocen que tarde o temprano el mercado laboral se estabilizará y podrán conseguir un empleo estable, pero se resignan y admiten que no será muy bien pagado y que tendrán que esforzarse para conseguir independizarse y hacer un patrimonio.

“La gente dice que no tendremos los niveles de calidad de vida que tuvieron nuestros padres y tienen razón. Pero tampoco estaremos tan mal como vivieron nuestros abuelos. No sé si somos una generación perdida, pero siento impotencia porque toda la vida nos hemos preparado según las leyes del mercado y es el mismo mercado quien nos rechaza. ¿Cuándo encontraré mi primer trabajo? No lo sé, pero si continúo así un par de años más, será más difícil porque se valora la experiencia y no la tendré. Todavía soy joven, pero tengo amigos de más de 30 años que viven con sus padres porque no pueden independizarse. Si siguen las cosas así, me marcharé a otro país. Tengo una amiga en Irlanda que trabaja en Google y puede ser una buena opción”, dice Gisela.

Irse al extranjero mientras la tormenta se calma, es una opción que comparten más de uno. Ana, originaria de Asturias, asegura que lo mejor que pueden hacer los jóvenes en época de recesión es continuar con su formación educativa hasta que las cosas mejoren. “La opción que tenemos ahora es seguir formándonos, pedir una beca, subsistir y aprender idiomas: alemán, inglés, francés, y salir a buscar trabajo a otros sitios. Siento que a los españoles nos gusta mucho la comodidad y somos pocos dados a viajar y buscarnos la vida en otros países”.

El destino ha querido que la historia se repita. En los años sesenta y setenta España, junto a Portugal, fue uno de los productores de mano de obra más barata en Europa. Entre 1959 y 1973, según el Instituto Español de Emigración, viajaron a Alemania, Francia y Reino Unido más de un millón de personas y muchos de ellos nunca regresaron. En Alemania se incorporaron al sector de la minería y a la potente industria del automóvil, aunque en general estaban dispuestos a llevar a cabo cualquier tipo de trabajo, ya fuera en el campo o en la industria de la manufactura. Ahora la situación ha cambiado: la mano de obra española está más cualificada que antes y son los ingenieros quienes desean viajar a otro país de la eurozona para conseguir un trabajo bien remunerado. En el fondo, la necesidad de salir del país para progresar es la misma que 40 años atrás.

Otros, por razones de idioma y de vínculo histórico con la región, han optado por marcharse a Latinoamérica. De acuerdo al Padrón de Residentes en el Extranjero del Instituto Nacional de Estadística, entre el 1 de enero de 2010 y el 1 de enero de este año, la cifra de españoles residentes en el extranjero creció un 10 por ciento, para situarse en 128 mil 655 personas. El 60 por ciento está en América Latina, con Argentina, Venezuela, Brasil y México a la cabeza como países receptores.

Clara Ribeiro estudió la licenciatura de Derecho, tiene un posgrado en Resolución de Conflictos, y también se plantea salir del país si las cosas no mejoran. El despacho en el que trabaja está a punto de cerrar, así que ya se hace a la idea de ser un número más de la lista de personas sin empleo. “Si la cosa se pone fea, tendré que plantearme buscar trabajo en otro sitio, aunque por ahora mi intención es no moverme de aquí. Pero nunca se sabe: si la necesidad aprieta…”, dice con resignación.

 

Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir

El futuro del 15-M es, por el momento, una incógnita. Desmantelados los campamentos, la idea del movimiento es mantenerse vigente y no desaparecer con el paso del tiempo. Uno de los retos principales del colectivo es saber gestionar la energía que han liberado las miles de personas que han salido a la calle y encauzarla en propuestas concretas aprovechando la simpatía y el apoyo que tienen entre la ciudadanía. Según un estudio de El País, el 60 por ciento de la población tiene opiniones positivas del colectivo y más de un 80 por ciento, tanto en votantes de derecha como de izquierda, aprueba las propuestas que han hecho en temas como la gestión de los recursos públicos, el control a los bancos y la vigilancia y la sanción a los políticos corruptos.

El movimiento tiene claro que para mantener su credibilidad tiene que mantenerse al margen de los partidos. Por la esencia misma del colectivo, han sido bien recibidos por los de izquierda; pero también por un sector de la derecha que está de acuerdo en la necesidad de hacer reformas en algunos sectores. La sensación y la imagen de ser un movimiento transversal, sin ningún compromiso con los partidos políticos y los sindicatos, le han dado crédito al movimiento. Al tiempo que discuten sobre su futuro, continúan con sus actividades en los barrios, donde celebran reuniones y llevan a cabo acciones en conjunto con otros organismos, por ejemplo con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, con quienes realizan visitas a personas desahuciadas por los bancos e intentan evitar los desalojos de ciudadanos que no pueden asumir los pagos.

Según Nuria Foj, de 32 años, egresada de Ciencias Políticas y con dos años en el paro, el movimiento tiene algo de terapéutico. “Llegó un punto en que necesitábamos ver que no estábamos solos en nuestra indignación. La manifestación nos hizo sentir a muchos que habíamos encontrado un espacio de expresión sin partidos y sindicatos. Creo que todo esto a largo plazo puede ser positivo. Estamos asumiendo cambios en el estilo de vida que nos van a ayudar. También puede servir para romper con la dinámica tan española de gritarle a la televisión en lugar de salir a la calle”.

Para Gisela, las acampadas han sido una especie de catarsis y desahogo para un sector amplio de población. Lo mismo opina Albert Caramés, licenciado en Sociología de 29 años. “Nunca he creído que el 15-M fuera a ser un tsunami que revolucionaría todo, pero sí espero que actúe como una marea que arrastre a más gente a pensar y a tener un espíritu crítico”.

Arcadi Oliveres, presidente de la organización Justícia i Pau, que se ha convertido sin quererlo en una especie de conciencia del movimiento, aseguró en un chat público que el 15-M es una buena iniciativa para comenzar un cambio real en la sociedad, pero agrega que no puede ser la única manera para transformar el sistema. Analistas y políticos piensan que los problemas actuales del país vienen arrastrados desde la transición. Según Eduard Punset, un reconocido economista, divulgador de la ciencia y ex-ministro Para las Relaciones con las Comunidades Europeas a principios de los años ochenta, el equilibrio político después de la muerte de Franco, el dictador que gobernó España entre 1939 y 1975, se cargó demasiado a los partidos, quienes adquirieron mucho poder. Un poder que ha resultado contraproducente porque no ha tenido muchos contrapesos.

En contraparte, personajes como Felipe González, ex presidente de gobierno de 1982 a 1996, asegura que no se pueden achacar los problemas actuales sólo a la transición o a los políticos, ya que ellos no son los únicos responsables de la implosión del sistema financiero. “Dicen que la transición se hizo mal, pero la transición se hizo como se hizo. Yo la defiendo porque, por primera vez en la historia contemporánea de España, tenemos décadas viviendo en libertad y concordia. Lo que hay que hacer no es corregir lo que se hizo, sino corregir nuestra situación en el mundo como españoles y como europeos. El mundo cambió, nosotros no y ese es el problema”.

Por encima de las críticas que tuvo el movimiento y de las disputas internas que lo llegaron a dividir en algunos momentos, el legado de la Spanish Revolution es indiscutible. Es cierto que desde su irrupción las cosas no han cambiado mucho en este país: el paro sigue creciendo de manera sostenida, las previsiones de crecimiento del PIB español para este año y el próximo siguen por debajo del uno por ciento, la economía española aún está en riesgo según el Fondo Monetario Internacional, la gente continuará teniendo muchas dificultades para insertarse al mercado laboral. Pero un grupo de ciudadanos, jóvenes en su mayoría, han decidido salir a la calle para ponerle rostro y nombres propios a la crisis. Y lo más importante: han llenado las plazas de toldos, ideas y esperanza. m

 

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