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Nuestro porvenir no es común

Conforme se hacen más escasos los recursos necesarios para la vida, aumenta la exclusión, que opera físicamente a través de límites, que hoy vemos multiplicarse progresivamente. Las mayores reservas de agua limpia son ahora propiedad de las más grandes corporaciones, así como las reservas minerales

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Nuestras preocupaciones acerca de los límites del crecimiento para el planeta se han pensado en términos antropocéntricos y biofísicos. Ciertamente la vida humana en este planeta desaparecería cuando las condiciones biofísicas para soportarla desaparezcan, pero técnicamente esto ocurriría dentro de mil millones de años, cuando la luminosidad solar se incremente en 10 por ciento, la temperatura promedio de la superficie aumente a 47 grados centígrados (actualmente es de 12), los océanos se evaporen y sólo queden quizá algunos cuerpos de agua en los polos que permitan formas de vida simples. Sin embargo, según el mismo ejercicio, se prevé que cuando la estrella T Pyxidis, que se encuentra a 3 mil 260 años luz de distancia, se convierta en supernova, bañará nuestro planeta con radiación gama, desencadenando extinciones masivas. Dentro de 10 millones de años.

La pregunta acerca de los límites del crecimiento ha guiado una serie de ejercicios prospectivos desde 1970, que se concentran en los limites biofísicos. Un grupo de científicos ha establecido nueve de ellos, cuatro de los cuales ya hemos rebasado. Y la especie humana sobrevive, pero no toda. Cuando sobrepasamos límites de este tipo, comienzan a emerger otros que no son de orden planetario, sino más bien de orden socioeconómico, y que alteran el proceso de selección “natural” para determinar quiénes sobreviven y quiénes no. Ya no serían los más fuertes, ni los más inteligentes, sino aquellos mejor custodiados por su posición socio-económica.

Conforme se hacen más escasos los recursos necesarios para la vida, aumenta la exclusión, que opera físicamente a través de límites, que hoy vemos multiplicarse progresivamente. Las mayores reservas de agua limpia son ahora propiedad de las más grandes corporaciones, así como las reservas minerales, porque toda reserva de medios de subsistencia es ahora privatizable y delimitable. Los límites del crecimiento se vuelven, así, selectivos: lo poco para los muchos, y lo mucho para los pocos.

La segregación socioespacial que observamos en las ciudades tiene cada vez más los rasgos de una segregación socioambiental. Los límites tendrán que ver más con la noción de acceso: se crearán las zonas restringidas de futuro. Porque frente al cambio de las condiciones climáticas y biofísicas, las poblaciones vulnerables son las que enfrentan el mayor riesgo, ya que carecen de los recursos necesarios para migrar de forma segura, quedando aún más expuestas a eventos climáticos extremos.

En este proceso de reconfiguración, los países que controlan la distribución y el aprovechamiento de los recursos globales se convierten en fortalezas para contener la presión migratoria que se genera desde aquellos países que son más vulnerables a la escasez de recursos y, por tanto, están en mayor riesgo de conflicto armado. El Banco Mundial estima que aproximadamente una quinta parte de la población global padece por este tipo de violencia o inseguridad, asociada a los conflictos bélicos.

¿Cuáles son los límites de la especie humana para tolerar tales desequilibrios? Si se trata de un sistema económico, cultural y político que produce estas condiciones, ¿cuánta injusticia podemos soportar?  Lo que el orden establecido ataca es el futuro de una situación en la que los jóvenes y las comunidades comienzan a combatir ferozmente al poder que pretende fijar los límites de lo posible para la mayoría, y guardarse para las minorías el derecho al futuro.

Lo que se requiere es una “reingeniería” social, económica y política de gran escala, pero, sobre todo, entender que existe una enorme y poderosa maquinaria de producción de subjetividad detrás de las lógicas actuales. “Yo soy lo que soy” es, según The Invisible Committee (2009), el eslogan que permite programar a un sujeto infinitamente adaptable, sobreocupado, sobreestimulado, distraído, temeroso de perderse de algo y obsesionado con los dispositivos, que es requerido por la incesante innovación productiva, la acelerada obsolescencia de las tecnologías y la constante sustitución de las normas de sociabilidad.

¿Hasta dónde somos capaces de hacernos daño? ¿Cuánto más podemos resistir? O bien: ¿cómo podemos resistirnos? Troploin (2004) plantea que frente al proyecto civilizatorio de individuación y consumo ilimitado, es necesario comunizar en todos los planos de la actividad humana; desde la producción de alimentos hasta el modo de comerlos, pasando por la forma en que nos desplazamos, dónde vivimos, cómo aprendemos, viajamos, leemos, el modo en que nos entregamos al ocio, amamos y odiamos, discutimos y decidimos nuestro futuro.

La solución está aquí, tiene siglos frente a nosotros y nunca se ha ido, aunque se hayan intentado borrar sus huellas. Esto nos da la oportunidad de elegir un lado, como propone el Comité Invisible para la Insurrección que Viene, frente a la catástrofe en cámara lenta que coproducimos.

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