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Paul Auster: La voluntad y el azar

De ningún otro autor contemporáneo sabemos tanto a través de su obra como de Paul Auster: con su existencia como materia prima, el novelista supo temprano que el mundo consiste básicamente en los hechos y que la narrativa es una forma insuperable de conocimiento. 

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Auster ganó el Premio Príncipe de Asturias en 2006. Foto: EFE
Auster ganó el Premio Príncipe de Asturias en 2006. Foto: EFE

Nada hay más ilusorio que lo que entendemos como nuestra voluntad. Los hechos cuyo decurso ha desembocado en el presente fueron decididos sin nuestra intervención; los hechos que nos aguardan, prescritos, son inapelables. Entre la contingencia primaria gracias a la cual llegamos al mundo y la que nos suprimirá irremediablemente sólo habrá estado a nuestro alcance comparecer, llevar del principio al fin nuestra incomprensión y la soledad absoluta que nos iguala —por más que creamos ir abasteciéndonos con respuestas, siempre precarias, o consolándonos con la presencia de los demás, siempre falible—. ¿Por qué hacemos lo que hacemos?

Por ejemplo, Jim Nashe, bombero de Boston, luego de dos acontecimientos inesperados y casi simultáneos: su mujer lo abandonó, el padre que nunca se había ocupado de él murió y le heredó una fortuna. Lo primero que Nashe hizo fue comprarse un automóvil estupendo; enseguida, dejó a su pequeña hija encargada con su hermana, en Minnesota. Luego de renunciar a su trabajo y deshacerse de su casa y de sus pertenencias, se puso al volante y empezó a recorrer carreteras, miles de millas, en cualquier dirección, parando sólo lo indispensable para descansar y sin ninguna previsión: tal vez se detendría cuando hubiera gastado todo el dinero, ya vería entonces cómo se las arreglaría. Un día, cuando su cuenta bancaria ya estaba cerca del cero, conducía extraviado por un camino secundario (su plan, vago, era llegar a Nueva York), y encontró a un muchacho que evidentemente necesitaba ayuda: lo habían apaleado. Nashe detuvo el automóvil junto a él, lo invitó a subir, en la huida fue descubriendo quién era y qué hacía. En ese momento, sin que Nashe pudiera saberlo —¿y cuándo sabemos algo?—, terminó de decidirse su destino, y para el cumplimiento de éste habría de obrar impecablemente esa otra ilusión a la que nos orillamos cuando admitimos que nuestra voluntad no es sino suposición, ingenuidad, alarde: el azar. La figuración de que las casualidades existen —y no es así—.

O, por ejemplo, Benjamin Sachs: un escritor cuya carrera había tenido un arranque auspicioso, y que un mal día desaparece a raíz de una decepción mayúscula de orden amoroso. Su fuga lo dirige a una concatenación de hechos desventurados —otro amor, entre ellos—, y termina volando en pedazos porque algo salió mal cuando estaba por poner una de las bombas con que le dio por aterrorizar a su país. Es lo primero que sabemos, en realidad: que el cadáver despedazado que se encontró en una carretera de Wisconsin era el suyo. ¿Qué tuvo que pasar para que su vida acabara así? Lo irá revelando Peter Aaron, el nombre adoptado para esta historia por su autor, Paul Auster. ¿Y qué tuvo que pasar para que Auster escribiera semejante historia?

Es posible que de ningún otro autor contemporáneo sepamos tanto a través de su obra como de Paul Auster, el firmante de La música del azar (la historia de Jim Nashe) y de Leviatán (la de Benjamin Sachs): con su propia existencia como materia prima, el novelista supo temprano que el mundo consiste básicamente en los hechos, antes que en nuestras interpretaciones, y que la narrativa es una forma insuperable de conocimiento. (También que la alternativa a entenderlo así es el pánico). Así, los relatos que informan sus libros tienen una fuente principal en aquellos que han ido modelando su individualidad: luego de haberse probado como poeta, comenzó su trabajo más importante con La invención de la soledad, ensayo en dos partes escrito a raíz de la muerte de su padre: “una obligación que comenzó a imponerse a sí misma en el preciso instante en que recibí la noticia de su muerte. Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo deprisa, su vida entera se desvanecerá con él”. Ha tenido, esa obra, uno de sus momentos más altos con la Trilogía de Nueva York (las novelas Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, la primera de las cuales aborda el otro tema central de la obra de Auster: la suplantación, la apropiación de los destinos ajenos), y, al cabo de treinta años, en 2012, lo devolvió una vez más sobre sus pasos para componer el Diario de invierno, el implacable y delicadísimo recuento de los hechos que lo constituyen, uno de los cuales, estremecedor, es la muerte de su madre. (El padre y la madre: ¿a quiénes nos ha tocado en suerte conocer con tales títulos? Los individuos que así identificamos, ¿quiénes son en realidad? El padre y la madre de Auster tuvieron que morir para que su hijo supiera quiénes habían sido. ¿Y no pasa lo mismo con todos aquellos que nos acompañan? ¿No es indispensable que nosotros mismos desaparezcamos para que nos revelemos, al fin, sin fisuras ni malentendidos, en la comprensión de quienes nos rodean?).

Leer a Paul Auster, entre otras cosas, acaso sirva para aceptar nuestra indefensión entre esas dos ilusiones supremas, nuestra voluntad y el azar. m

 

Algunos libros de Paul Auster

::  La invención de la soledad (1982)

:: La trilogía de Nueva York (1987)

:: La música del azar (1990)

:: Leviatán (1992)

:: Diario de invierno (2012)

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