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Trabajo nuevo: gano menos dinero, pero soy más feliz

Para algunos profesionistas, el éxito profesional no se mide en dinero o estatus. Prefieren sacrificar estabilidad laboral por un trabajo en el que sienten que están aportando algo al entorno social

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Adriana Gaeta cambió los viajes de trabajo y el sueldo en dólares para hacer lo que le gusta. Foto: Luis Ponciano
Adriana Gaeta cambió los viajes de trabajo y el sueldo en dólares para hacer lo que le gusta. Foto: Luis Ponciano

Cuando Gabriel Cortina le contó a su mamá acerca de la empresa que fundaría junto con su hermano, la mujer se decepcionó. Su hijo, el abogado, graduado con mención honorífica de una maestría en Negocios en Francia, con cinco años de experiencia en sedes europeas de corporativos multinacionales, invertiría sus ahorros para salvar árboles de Navidad.

Desde que egresó de la licenciatura, Gabriel sólo le dio motivos de orgullo a su familia. A los 27 años ya era director jurídico de una empresa mexicana de telecomunicaciones. A pesar de los beneficios que dicho puesto conllevaba, a Gabriel lo constreñía un sentimiento: no se sentía feliz. Migró a Europa en busca de eso que le faltaba, pero los kilómetros de distancia tampoco hicieron la diferencia. Mientras su carrera seguía en ascenso, continuó el agobio ante la perspectiva de pasar un día más en su oficina.

En la sucesión de trabajos que desempeñó, aterrizó en España, en una empresa constructora de viviendas de interés social (o, como allá las llaman, de protección), pero tras la crisis económica del país ibérico, influenciada en gran parte por el pinchazo a la burbuja inmobiliaria, regresó a México desempleado. Ya no tenía los 27 años de cuando se fue, pero sí más experiencia para afrontar lo que viniera. Gabriel se vio de nuevo en el kilómetro cero, con la necesidad de decidir cómo administraría su futuro.

Gabriel y Juan Carlos Corina Gabriel y Juan Carlos Cortina, fundadores de Siempre Verde.

Junto con su hermano Juan Carlos fue dándole forma a un proyecto idílico. México ocupa el séptimo lugar entre los países con problemas de deforestación. Por otro lado, se talan cerca de 2 millones de árboles de Navidad cada año. ¿Por qué no armar una empresa que rente los arbolitos vivos en maceta,  para que al terminar la temporada regresen a los bosques donde podrán seguir creciendo? Su imaginación fue más allá: ¿por qué no hacer que ese servicio se ofrezca por internet y cambie el paradigma de una tradición en la que la familia escoge personalmente su árbol, para ofrecer un servicio de entrega a domicilio en uno de los meses con más tránsito vehicular en el Distrito Federal (diciembre)?

Planteado así, tal vez su madre tenía razón al tildarlos de “locos” y al augurar que su idea no sería negocio. Y económicamente no lo es, pero su éxito se mide de otra forma: a Gabriel, su empresa, Siempre Verde, le permite la independencia económica pero sin el maletín ejecutivo, sin el auto, sin la oficina y, sobre todo, sin la sensación de infelicidad.

“Yo pensaba que el éxito era ser el director jurídico o el socio de un despacho de abogados y tener la vida acorde con ese estatus. Es una idea que no sé por qué compré; los primeros años de mi carrera estaba persiguiendo ese sueño y realmente no te puedo decir en qué momento sucedió, pero me di cuenta de que ese sueño, no era mi sueño”, reflexiona este empresario de 38 años.

Aunque Siempre Verde cumplió cuatro años y ha progresado, Gabriel está consciente de que su madre mantiene el deseo de que regrese “al camino del bien” y vuelva a una empresa multinacional. A él mismo lo aquejan las dudas, sobre todo los fines de mes, cuando hay que pagar la nómina. Pero entonces, cuando se pone a hacer cuentas, junto a los números rojos aparece el dato de 15 mil árboles a los que les han salvado la vida, que es la misma cantidad de personas que la Organización Mundial de la Salud estima que mueren al año por contaminación en la ciudad de México.

Siempre Verde

 

Necesidades y satisfacción

Los motivos por los que una persona deja su empleo ya han sido estudiados, explica Jorge Everardo Aguilar Morales, presidente de la Asociación Oaxaqueña de Psicología, quien tiene experiencia en gestión del comportamiento organizacional.

El trabajo satisface necesidades. Si lo visualizamos como una pirámide, en la base están las fundamentales: obtener dinero para casa, vestido, sustento. Un escalón más arriba están la seguridad —tanto física como laboral y familiar— y la salud; al subir aparece la afiliación: el deseo de sentir amistad, afecto; después entra el reconocimiento, y en la punta está la necesidad de autorrealización y trascendencia.

En la medida en que estas necesidades no se cumplen, el individuo tiene el impulso de cambiar de trabajo. Generalmente esto sucede en personas con  perfiles con una formación integral donde la necesidad de autorrealización es un factor decisivo para abandonar un empleo, sacrificando, incluso, sueldo y estatus.

“Se ha perdido un concepto que la propia ONU ha manifestado en el sentido de que todos estamos involucrados en del desarrollo de todos. Tenemos una responsabilidad común, y me parece que son muy pocos quienes llegan a una situación de éxito laboral y deciden abandonarla por un proyecto social”.

El investigador refiere que las personas para las que los altos ingresos son el único factor que las hace mantener su empleo, con la idea de “aguantar todo” por esa remuneración económica, pueden presentar problemas de salud mental como estrés o el síndrome de “estar quemado”, entre cuyos síntomas aparece la apatía ante el trabajo.

 

El punto de no retorno

 Roberto Gallardo, coordinador de proyectos especiales de la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM.

Un día, Roberto Gallardo se descubrió parado en la encrucijada, ese camino en forma de Y donde, dicen, los grandes blueseros suelen venderle su alma al diablo. Como casi todos los que pisan ese terreno, Roberto llegó por voluntad propia, contemplando una disyuntiva que para muchos sería inexistente: o aceptaba un puesto de trabajo en el que aumentaría su sueldo como nunca antes y se alejaba de uno de sus ideales, o lo desdeñaba y retomaba algo que se planteó cuando era un recién egresado.

Su currículum parece el de un hombre de más edad: a sus 31 años es licenciado en Contaduría por la UNAM, estudió un diplomado de Mercadotecnia en Canadá y otro en Ética de los Negocios en Finlandia; llegó a ser analista financiero senior en el Grupo Carso, el gigante conglomerado de empresas fundado por el magnate Carlos Slim; después se cambió a Grupo Salinas, donde llegó a ser supervisor de flujo de efectivo de Elektra.

El giro de su historia sucedió cuando en Elektra le ofrecieron una gerencia que lo metería en las grandes ligas de los ejecutivos: un salario que hasta entonces pensaba inalcanzable, auto de la empresa, gran oficina, juntas de consejo… puesto en el que duró una semana, porque decidió renunciar para irse a un lugar donde, incluso, le pagaban menos que lo que gana un supervisor.

“Los crecimientos en mis otros trabajos siempre fueron importantes, pero lo más que llegó a crecer mi salario fue 50 por ciento. El salto fuerte era el de la gerencia, y yo sospeché que si lo aceptaba me iba a meter en un círculo del que ya nunca iba a poder regresarme a lo que siempre quise, que es la cuestión social. Yo hice mi servicio social aquí, en la UNAM, con un maestro que siempre me había invitado a trabajar; entonces decidí venirme para acá antes de tener un sueldo que ya jamás me lo iba a poder ofrecer la universidad”, relata.

Otro aspecto importante en la disyuntiva de Roberto era que estaba seguro de que lo que había estudiado le encantaba y no quería hacer un cambio radical. Buscaba seguir hablando de teoría de negocios, de mercadotecnia, pero con un enfoque diferente. De modo que se instaló como coordinador de proyectos especiales de la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM, con una lista de bocetos, entre los cuales el que tomó más fuerza fue el de la Escuela de Emprendedores Sociales, que a partir de este enero se volvió una unidad independiente con tres líneas de trabajo: investigación, docencia y difusión.

Aspecto general de la UNAM

Pero rechazar una gerencia como la que rechazó no es una decisión exenta de polémicas. Roberto sabe que fue y es criticado, que pesa sobre su cabeza el estigma de que cometió un error, y aunque no va explicándoselo a cada persona, él sabe muy bien sus razones.

“Yo veía que ahí la gente era desechable; exigían un compromiso fuerte del trabajador hacia la empresa, pero la empresa no tenía ese compromiso con el trabajador. En el momento en que algo no servía, o ante un cambio de estrategia o cualquier cosa pequeña, te desechaban, y no me movía el miedo de quedarme sin trabajo, sino que yo quería un compromiso mutuo y sentir que había un impacto más allá en lo que hacía”.

Hay un factor clave en la cuestión organizacional mexicana que contribuye a que la gente no esté satisfecha con su trabajo, revela Aguilar Morales, y tiene que ver con el uso permanente del castigo y de políticas coercitivas como herramientas del control de la conducta humana. Algunos estudios en los que ha participado encuentran que, de cada 100 veces en que alguien con responsabilidad sobre un grupo habla con sus subordinados, 60 por ciento de ellas es para reprenderlos.

Hay un reconocimiento, entonces, de que se trata de un problema cultural. La gente que no está satisfecha con la política del temor y busca alternativas, a menudo no las encuentra porque al llegar a otra organización, descubre los mismos inconvenientes. Es por eso que gente con algunos perfiles muy específicos apuesta a los emprendimientos sociales como vía para la realización.

Este concepto está en ciernes, pero cada vez se socializa más. De acuerdo con su experiencia en la formación de la escuela de emprendedores, Roberto acepta que el sentido social en el trabajo no es un valor estandarizado en las nuevas generaciones, aunque crece cada vez más.

“No podemos hablar todavía de una tendencia, ni siquiera de la mayoría, pero creo que ya está presente en una importante minoría”.

 

El “qué dirán”

Una crisis obligó a Adriana Gaeta a replantearse su vida. Hace tres años, tras la muerte de su madre, sintió la necesidad de buscar un trabajo que la hiciera feliz. Es egresada de Mercadotecnia del iteso, y en ese momento laboraba como representante en México de dos marcas enfocadas al mundo de la moda, lo que implicaba viajar constantemente a eventos y exposiciones. Por la imagen que requería proyectar y por el poder adquisitivo que le daba su sueldo, se compraba ropa con mucha frecuencia.

En medio del duelo hizo un balance. Su madre trabajó 35 años como maestra y eso la hacía feliz, se apasionaba con las oportunidades que le daba la posibilidad de enseñar algo a sus alumnos; Adriana, por su parte, trabajaba con apatía.

Siempre estuvo en contacto con los temas sociales: de niña perteneció a los scouts y después vivió lo que denomina “una etapa de misiones”. En sus trabajos buscó involucrar factores de responsabilidad social, hasta que se cansó de intentarlo, porque era un asunto que sencillamente no estaba dentro de las prioridades de las empresas.

Al respecto, Aguilar Morales comenta que la cultura organizacional muchas veces no le da importancia al factor humano que permite desarrollar la creatividad, la iniciativa, el altruismo, la cooperación, entre otras conductas. Lo anterior sólo se logra cuando hay una política explícita que busca promoverlas.

Adriana Gaeta Adriana Gaeta, coordinadora de relaciones públicas en Prospera.

La tristeza por la muerte de su mamá hizo patente ese vacío que Adriana sentía. La puerta de salida de la depresión le llegó en la forma de un nombre que leyó en una revista: Gabriela Enrigue, la fundadora de Prospera, una organización que empodera a comunidades con un alto grado de vulnerabilidad, en su mayoría integradas por mujeres, capacitándolas en la elaboración de productos, ya sea de uso personal o que se puedan destinar a regalos corporativos.

Sin pensarlo dos veces, le escribió un correo contándole que quería hacer un cambio en su vida laboral, pero sin sacrificar los conocimientos que la apasionaban: las relaciones públicas y la mercadotecnia. Al siguiente día ya estaba dentro.

Ella se refiere a su primera etapa en Prospera como de shock, porque estaba acostumbrada a manejar otros presupuestos. Además, el día a día le enseñó a controlar su ego.

“Al principio lo desvaloricé. Pensé: ‘¿Aquí qué voy a aprender?’. La mayoría del equipo es de la generación de los miliennials (menores de 30 años) y yo llegué con los diplomados, la maestría, la experiencia internacional… fue una cachetada con guante blanco, porque me enseñaron que yo estaba desactualizada en muchos aspectos”.

Este trabajo la ayudó a derribar otro de sus prejuicios: ya no era más la ejecutiva que viajaba y ganaba en euros y dólares; de hecho, sus ingresos habían bajado. Tampoco tenía su oficina propia, sino que compartía un cuarto con ocho personas. Ya no se compraba ropa por placer, sino por necesidad.

“Fue chistoso, porque creo que fui la más crítica conmigo, fui yo misma la que se preocupaba por el ‘qué dirán’, más de lo que realmente decían. Me preocupaba el issue de: ‘Cuando me pregunten mi sueldo, ¿les miento o les digo la verdad?’. Pero fue hermoso porque mis amigas, que reconozco que traen sus niveles altísimos de sueldo y todo, en lugar de criticarme me felicitan y buscan la forma de ayudarme”.

Adriana se niega a aceptar la suposición de que todos los emprendedores sociales son pobres. Está en la búsqueda de seguir haciendo lo que le gusta, en el lugar que le gusta, tratando de descubrir si puede llegar a un nivel de ingresos acorde con la capacitación que tiene.

 

Cambio radical

Patricia Ulibarri Patricia Ulibarri, directora de Aula Chocolate.

Patricia Ulibarri es capaz de hablar durante horas sobre el huerto que tiene sembrado en la azotea de su restaurante Aula Chocolate, en el Distrito Federal. Cuando camina entre las plantas de lechugas y jitomates cuesta imaginar que, de no haber tomado una decisión, su historia sería diametralmente diferente.

En el año 2000 era una joven de 28 años egresada de la carrera de Relaciones Internacionales, recién llegada a Nueva York, donde trabajaba como secretaria del embajador mexicano para la Organización de las Naciones Unidas. Pero, a pesar de la rimbombancia del puesto, resultó ser el empleo más aburrido que ha tenido. Aunque su sueldo le daba la posibilidad de llevar un poco de vida social —algo realmente complicado en una ciudad tan cara como Manhattan—, casi no tenía amigos, ya que cumplía un horario de ocho de la mañana a nueve de la noche. Lo recuerda como un año muy solitario.

Durante los tiempos muertos en la oficina, Patricia se abocó a buscar algo que le diera sentido a su vida. Por su mente pasó la posibilidad de estudiar una maestría, de buscar otro puesto en la ONU con mayor actividad, hasta que un día lluvioso asistió a un tour en el Culinary Institute, una de las escuelas de gastronomía más prestigiadas en el mundo, lugar que ella define como “la escuela de Harry Potter de los chefs”, y en un instante decidió cambiar de carrera.

La suerte jugó a su favor, ya que, debido a la lluvia, al tour sólo asistieron ella y una persona más, por lo que la encargada de admisiones la recordaba bien, y eso le facilitó el ingreso, pues no cumplía con todos los requisitos.

Su familia no se mostró tan entusiasta con el golpe de azar. Hay que mencionar que, hace una década, estudiar gastronomía no tenía el glamour que ha cobrado en nuestros días. Sus papás no entendían que Patricia dejara su puesto en la ONU para irse de cocinera.

“Cuando yo elegí estudiar Relaciones Internacionales no estaba muy segura de lo que quería hacer, supongo que por eso elegí una carrera que no fuera tan específica. La verdad, es muy difícil tener que decidir a los 18 o 19 años a qué te vas a dedicar el resto de tu vida”.

Aula Chocolate

Ahora dirige Aula Chocolate conforme a los preceptos en los que cree: cocinar y comer une a la gente. Reconoce que, en el mundo de la gastronomía y los restaurantes, el hecho de ser orgánico y sustentable les añade valor, pero afirma que ella no tiene su huerto por esa razón, sino porque le encanta ver cómo se van formando los alimentos. Este proyecto, que comenzó con frutas y verduras sembradas en macetas, está llegando a la capacidad suficiente para dotar de jitomates y lechugas a alrededor de 40 familias. Ahora, sin el logotipo de la ONU en sus tarjetas de presentación, Patricia afirma que es más feliz.

En esta búsqueda de la satisfacción de las necesidades a partir del trabajo, Jorge Everardo Aguilar Morales detalla que los movimientos se pueden dar en varias escalas, desde los que le apuestan a un emprendimiento social, hasta aquellos que promueven un impacto inmediato en su microentorno.

“Si dimensionamos en México la cantidad de habitantes con los proyectos sociales, te darías cuenta de que son muy escasos. Pero hay muchos más esfuerzos individuales que no se reconocen”.

Lo que la experiencia de Guillermo, Roberto, Adriana y Patricia expone es que, ante la insatisfacción laboral, por más que el panorama parezca cerrado, se puede encontrar la forma de abrir la puerta indicada. m

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