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Una Iglesia con el rostro encarbonado

Quisiera ser una Iglesia que en esta región sea una familia en la que nos podamos reconocer como espacio y sentido para los cientos de huérfanas y huérfanos de las minas de carbón.

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Antetitulos: 

“El minero atrapado era mi hijo Francisco, y quien estaba adentro de la mina tratando de sacarlo con otros mineros era mi hijo Juan. Pobre mi muchacho Juan, que vio cómo quedó su hermano; pobre mi Francisco, que murió aplastado; pobres los dos, y pobre Rafael, que iba rumbo a Nueva Rosita, sin saber que Francisco estaba atrapado y que lo sacaron muerto. Yo me desmayé. Y creo que aún no despierto del todo… La vida está hecha de instantes. Del instante en que aceptas trabajar en una mina insegura y del instante en que crees que a ti no te va a pasar nada; del instante en que termina tu turno y sales en el carro de carga de carbón porque es la única salida; del instante en que se acomodan los muchachos arriba del carbón para ser remolcados en el carro; del instante en que compraron un motor viejo que no podía con la carga; del instante en que la muerte se lleva a tu hijo y uno se queda como pendejo sin saber por qué...”. 

Testimonio de don Juan, padre de Juan Francisco Alvarado Cruz, fallecido en una cueva de carbón el 8 de marzo de 2013

 

 

La mayoría de las familias del carbón no sueñan con la Iglesia porque no la conocen o la conocen demasiado. No saben el nombre de su obispo, pero saben que se sitúa al lado de las grandes empresas o que es el gran ausente cuando la muerte alcanza a los mineros de minas ilegales o clandestinas. Para muchos, no importa quién es el párroco, ni qué hace ni para qué está, porque ni siquiera es capaz de ir a los funerales de los mineros. En Minas de Barroterán, municipio de Múzquiz, Coahuila, el poblado minero donde vivo, y en los poblados que visito, la mayor parte de la población no es católica.

Yo aún sueño, quisiera ser una Iglesia capaz de estar y de ser pueblo en cada instante que determina la muerte injusta, miserable y obligada de los mineros del carbón. Sueño con ser una Iglesia con el rostro “encarbonado”, habilitada en el conocimiento técnico y humano de la minería del carbón e investida del Evangelio, para poder incidir de forma eficaz y caritativa en modelos de extracción de carbón dignos de los hijos e hijas de Dios.

Yo aún sueño, quisiera ser una Iglesia que en esta región sea una familia en la que nos podamos reconocer como espacio y sentido para los cientos de huérfanas y huérfanos de las minas de carbón; como esperanza y fortaleza de todos los mutilados e incapacitados por accidentes; como acogida y aliento de todas las madres y padres que han perdido a sus hijos; y como consuelo y camino para la cantidad de viudas que con la muerte de su marido o compañero, apenas inician un interminable Vía Crucis.

Quizá me conformaría con ser una Iglesia capaz de reconocer diariamente que, al terminar la jornada, el que sale vivo de cada cueva, de cada tiro vertical o de cada gran mina, es Lázaro, el amigo de Jesús, a quien seguimos. m

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