Un mundo con cubrebocas (palomazo de Grimson)

Blogueros…pese al silencio y los percances, parece que la epidemia, como diría mi abueltia “sigue dando de qué hablar”…va en este post, el artículo del antropólogo argentino Alejandro Grimson…cuyo valor analítico estimo fundamental…va pues, para los que no se han rendido y se asoman a este blog de la epidemia:

Grimson by Grimson

En su best seller El mundo sin fin, Ken Follet, recrea la vida cotidiana de una ciudad inglesa en el siglo XIV en pleno desarrollo de la peste negra en Europa. La peste se desplaza desde sur hacia el norte, matando a un tercio de la población europea de la época. Ciudadades enteras, como Florencia, quedan arrasadas. En la novela, puede comprenderse que la peste se mueve con los viajantes, como nuestra Influenza 1, que generó un pánico global cualitativamente superior a los terrores de contagios previos, pero cuyo impacto cuantitativo aún en el plano del no-se-sabe.

 

En realidad, sorprender lo poco que se sabe a sobre Influenza 1 a varias semanas de su aparición. Y ciertamente resulta llamativo con el desarrollo de investigación en medicina, biología y tecnología como tiene nuestro mundo. Más asombroso es, sin embargo, todo lo que se ha hecho, sin dudar, a pesar de lo poco que se sabe. A ese miedo global lo llamaremos aquí Influenza Cultural (In2). Todas las medidas apuntaban en la misma dirección: separación, distancia, ausencia de contacto, aislamiento de aquellos potenciales o supuestos nuevos condenados de la tierra.

En aquella novela de Follet una monja joven se enfrenta a los curas y a su medicina medieval. Frente a la peste negra, las ideas acerca de que las enfermedades se deben a desequilibrios en los humores del cuerpo, llevan a medidas como el “sangrado” de los pacientes para que con el goteo logren expulsar aquello que llevan dentro. Callis, la ingeniosa monja, averigua que al sur se ha empleado una tela que al cubrir la boca y la nariz protege a las enfermeras y los médicos de la infección de aquellos que atienden. El barbijo surge así como parte de una disputa para realizar prácticas científicas basadas en la evidencia y la constatación empírica, en oposición a las nociones católicas que se enseñan durante años en Oxford.

En el último mes el barbijo se ha generalizado en aviones y aeropuertos. Esas carreteras del tránsito global han sido rápidamente consideradas como los espacios del mayor riesgo de los que no se dirigen a los peligrosos territorios mexicanos, pero que al transitar se arriesgan a entrar en contacto con otros que hayan contraído el mal. Estas escenas piden diversas reflexiones.

 

En primer lugar, considerando que aproximadamente la mitad de las personas llevan barbijos y la otra mitad no, el barbijo parece más un comentario dramático sobre la situación del viaje, que una medida real de prevención. Una tela cualquiera, colocada durante horas delante de la boca, se humedece y deja de cumplir su función preventiva. Pero puede morigerar el pánico personal distribuyéndolo colectivamente. Pero como cada barbijo invita implícitamente a todos a usarlo, cuando ya todos lo tienen, la redistribución de los pánicos resulta en la paz de saber que cada boca está completamente aislada de todas las otras. ¿Sí? Una prevención real requeriría que estos miles de personas usen barbijos especiales o cambien varias veces sus barbijos en el transcurso del viaje, con el riesgo ineludible de que si llegasen a respirar durante uno de esos cambios, también podrían sufrir el contagio.

¿Cómo inventamos una racionalidad, una previsión, ante el azar del virus? Mientras comparativamente aún son escasos los contagiados por Influenza H1 N1, el contagio de In2 es varias veces más abarcativo.

 

 

En la novela de Follet, los curas, horrorizados con el intento de renovación de una monja y en función de intereses políticos contra ella, la acusan de aplicar técnicas (qué horror!) musulmanas. El estereotipo de In2 también ha sido cualitativamente más impresionante. En los imaginarios sociales, el territorio nacional mexicano ha sido identificado como una región donde el virus se mueve a sus anchas. Cualquier ser humano que sea depositado en una zona de México correría riesgos. Imágenes de la Riviera Maya vaciada y del DF como –me dijo Pablo Semán- una “ciudad postatómica”, resultan elocuentes. Sin embargo, aunque las fronteras nacionales sigan siendo tan relevantes en los modos de pensar y en las políticas públicas, no lo son para los virus y las enfermedades. Zonas de México sin contagios y multiplicaciones al norte del Río Grande son elocuentes.

La Argentina mantuvo la suspensión de vuelos a México incluso cuando en los Estados Unidos había tanto o más potencial de contagio. La suspensión de vuelos: ¿era una medida dirigida a aplacar los miedos (contra In2) aunque resultara sanitariamente inútil contra IH1N1? ¿Era una medida de salud imprescindible a pesar del enorme costo que tiene? No se sabe, porque es muy poco lo que se sabe. Pero podemos estar seguros de  que si los motivos hubiesen sido estrictamente sanitarios, los vuelos a los Estados Unidos se hubieran suspendido.

 

 

Una medida así hubiera generado conmoción porque reemplaza un miedo por otro, igualmente instalados en el sentido común: ¿cuánto dinero perdería la Argentina en negocios, turismo y buenas relaciones si suspenden sus vuelos a Estados Unidos? En la pregunta la racionalidad económica se impone sobre la sanitaria. Pero la racionalidad económica estuvo ausente con México, para no mencionar la racionalidad cultural y la pura ética respecto de un país que, parece haberse olvidado, no sólo nos compra hoy automóviles, sino que recibió a miles de exilados argentinos en los años setenta.

Así, mientras el barbijo tiene su propia dialéctica y parece su significado convertirse en lo contrario (de ciencia contra religión, en creencia masiva sin práctica científica), las memorias siguen siendo selectivas y una buena parte de las decisiones políticas se encuentran atrapadas entre antiguos estereotipos culturales.

Desarmar esos estereotipos es una batalla que se libra hoy en varios ámbitos. Pero que tiene un capítulo decisivo en el “Diario de la Epidemia”.  Allí, el incomparable Carlos Monsiváis redacta seis nueva entradas de un nuevo Diccionario epidemiológico para tiempos de emergencia. Reguillo, acompaña las definiciones de Monsiváis con imágenes de Proyecto Cartele, ya que de desconciertos análogos se trata. Para muestra basta una definición de Monsiváis: “Paranoia: el miedo que nos vuelve superiores a las generaciones ya idas.

 

Postescriptum: Aliah no quiere recoger o acomadar su cuartito de juguetes, alude a la alerta sanitaria como coartada y me muestra los restos de su tapaboca…no quiere despedirse de esta suspensión cotidiana…

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