Las derivas de la epidemia
(Crónica, día 5)
Son días complejos, caóticos. Se desborda la imaginación y la pequeña línea entre prevención y psicosis se emborrona. Las cifras no ayudan, vamos de 1995 casos probados a solo 26; de 252 muertos a 81 decesos, según sea la fuente. Se instala el pensamiento mágico que le disputa al saber científico la explicación de lo que sucede: es el fin del mundo, la epidemia es un aviso. Los muchos acuden a sus centros de culto, a sus propios amuletos protectores: escapularios, imágenes de la Virgen de Guadalupe, oraciones a la Santa Muerte, la Niña Blanca que expande su culto en todo el territorio nacional; hay que tener buenos aliados. Escasean los tapabocas y los antivirales, en los super mercados es posible observar “carritos” atiborrados de mercancías absurdas. La calle es un desfile de fantasmas atemorizados con sus tapabocas azules y blancos y su silencio a cuestas. Pero quizás, lo más preocupante de todas las derivas de la influenza, sea el miedo, ese miedo gaseoso y profundo, que nos aleja de los otros y mina la confianza básica en la sociedad.
Y no es que el miedo sea una experiencia nueva para los mexicanos. Venimos ya de un viaje al centro del terror, con los ejecutados, encajuelados, encobijados y, especialmente los decapitados por el narco. Los medios de comunicación cambian su agenda. Del “riesgo-país”, medido en el número de muertos por el narcotráfico, al “riesgo-país”, contabilizado en la pérdida de céntimas cotidianas del peso y las pérdidas por miles en los empleos, pasamos hoy a la medida en “puntos-pánico” que desata la influenza. En este territorio, todos somos vulnerables, no hay garantía de inmunidad. Además, todos somos sospechosos de ser sospechosos.
Se nos dice que tendremos que aprender a convivir con el virus durante mucho tiempo, pero no entendemos bien que significa esto: si asumir que viviremos en un estado de alerta permanente o, que tendremos la capacidad para contrarrestar sus efectos mortales y nuestra ciencia moderna será capaz de reducir el virus a uno inocuo, que se sume a la larga lista de los nuevos riesgos globales. La incertidumbre es la hermana mayor del miedo. El miedo opera de dos formas básicas. Primero, se experimenta individualmente, son los individuos los portadores del miedo, pero esta experiencia requiere de una colectivo, de un grupo que lo sustente, que le de forma y cuerpo, que sirva de plataforma compartida y compartible. Y en segundo lugar, el miedo va rápidamente de la causa que lo provoca, a la búsqueda de un “objeto de atribución”, una persona, un grupo de personas, una fuerza. Sucede entonces que frente a este miedo, el colectivo que sirve de soporte está formado por millones de personas, frente a esta fuerza numérica, de poco valen los principios racionales, el miedo es una epidemia más rápida y más letal que el virus. Sucede también, que el virus (para colmo, de origen porcino, poco noble), es invisible, por lo que el miedo-pánico no se atribuye a su actuación, el “objeto de atribución”, es el cuerpo del otro, de la otra. Curiosa y explosiva mezcla: necesito a los otros, para sostener mis miedos y al mismo tiempo, son esos otros, los depositarios de mis miedos. Una ecuación esquizofrénica.
Atajar la incertidumbre, reducir las franjas de opacidad, elevar los rangos de credibilidad, bajar el volumen de los agoreros mediáticos de la catástrofe. Ello, no combate al virus, pero puede permitir reducir la epidemia de miedo que se instala como atmósfera ominosa. Difícil de lograr, cuando hay tantos voceros “autorizados” que se disputan la representación legítima en esta batalla sin precedentes.