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El tic nervioso

Mayo 1, 2009 - 10:04 pm 4 comentarios

(Crónica, día 8.)

Algunos cometieron la ingratitud de morirse”, fue el título que utilicé hace ya casi 17 años para analizar la relación del humor con las catástrofes, en concreto, se trataba de mi análisis en torno a las consecuencias sociales de las explosiones provocadas por gasolina en el sistema de drenaje en Guadalajara: ¡“si quiere volar, vuele con Pemex!, ¡¿Tormenta del desierto?, Nooo, Pemex!, decían gigantescos letreros, hechos apresuradamente sobre lo que quedaba de muros en la zona cero del acontecimiento y, pese a la desolación, al silencio, a la destrucción, la risa brotaba como si tratara de una fiesta. ¿Por qué los chilangos están tan enojados con los tapatíos?, pues porque no los invitaron a su “reventón” y así, a golpe de chistes y “puntadas”, la gente parecía exorcizar el miedo, la indignación, la sorpresa; pequeña revancha cotidiana contra lo inefable. Humor y tragedia, parecen ser un tic tan indisociable como necesario. El chiste es conjuro y amuleto, pone en evidencia la fragilidad, por exageración o comparación logra producir relaciones ahí donde –antes del chiste-, no las había; el chiste ironiza sobre rasgos culturales, físicos, situaciones, no tiene límite y en su enorme creatividad, señala y condensa (como pocos lenguajes) los núcleos de preocupación social. El chiste elude y enfrenta, oculta y exagera, esa capacidad bifronte del chiste, es lo que lo vuelve un instrumento tan útil en tiempos de desventuras.

En torno a la influenza, esta influenza, han circulado ya chistes, videos, canciones originales, canciones intervenidas (y no faltará el creativo que ponga nuevamente a Hitler –en el papel de Ebrard-, a regañar funcionarios); algunos más creativos y decididamente inteligentes, otros más burdos, otros, deslucidos, constituyen ya todo un arsenal de “amuletos sociales” para exorcizar demonios.

Está el nuevo billete de 20 pesos, con un Juárez cubierto con tapaboca y vuelvo a preguntarme, por qué el dinero es un símbolo tan socorrido para ensayar el humor. Recordarán, seguramente, el flamante billete de ¡25 pesos! del banco de Pejelandia (en alusión a López Obrador) o por ejemplo, el simpático billete de 90 mil pesos del Banco privado del Gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, mejor conocido como el “Gober piadoso”, que aludía al importante donativo para la construcción de un santuario católico con dineros públicos. Y podríamos ir más atrás. Pero lo relevante de esta imagen, la del Juárez embozado, es que nos coloca de frente a lo considerado valioso.

Ya lo dijo hace tiempo Jorge Portilla en su imprescindible libro Fenomenología del relajo, el relajo (la carrilla, la broma) requiere de la suspensión de la seriedad frente a un valor propuesto a un grupo de personas, a una comunidad. Y advertía Portilla, que esta degradación del valor, no puede realizarse en soledad, se requiere del grupo, de la sociedad, para que esto tenga un sentido y un efecto articulador. Hay una comunidad de “relajientos” que se vinculan por el chiste.

En tiempos de crisis, aumenta el humor y no se trata, me parece, o al menos no solamente, de nuestro “carácter nacional”:

(No sé si en otro país, la Cumbia de la Influenza, hubiera aparecido al día siguiente de declarada la emergencia, en Youtube)

Estoy convencida de que esta profusión de ironías y chistes, se deja leer mucho más nítidamente desde otro lado: la imperiosa necesidad de comunidad que se experimenta en situaciones de crisis. Si, en el caso de México, venimos de fuertes desgarros en el tejido social, si nos quejamos siempre de nuestra desarticulación, de ausencia de “comunidad política”, que se vive como un horizonte muy lejano, el chiste opera como especie de cemento social, un “resistol” (iba a decir kola loca pero me arrepentí), que pega momentáneamente lo despegado.

Hay en el chiste un mensaje, una moraleja, un síntoma, que no es posible, ni bueno desestimar. Es más o menos claro, que frente a la incertidumbre, la sospecha, el miedo, todos experimentamos la necesidad de un “horizonte afuera”, que marca la diferencia entre el silencio devastador de la soledad y el festivo encuentro con otros iguales a mí, aún en medio del temor. “Cría puercos y te sacarán los mocos”, “Moco por moco, pastilla por pastilla”. Y como bien dice Gregorio, un generoso lector de este blog, aunque lo digamos en voz baja, se expande la sensación de que nuestras vidas cambiaran para siempre por temor al contagio.

Postescriptum: Aliah, a diferencia de la tía de Gregorio, no quiere lavarse las manos y se las muestra a su papá, un poco enojada para insistirle: ¿a ver tú ves bichitos?