La distancia de nuestros miedos
(Crónica, día 11)
El aviso nacional (a reserva de lo que dirá en un rato más el presidente Calderón, en su mensaje a la nación), es que habrá un regreso escalonado a clases a partir del 7 de mayo. Los estudiantes de nivel medio superior y los universitarios volverán a las aulas el 7, mientras que los alumnos de secundaria y primaria, lo harán hasta el día 11, un día después de que en México celebramos el día de la madre, que seguro en este año tendrá un valor o por lo menos una connotación particular. Una semana más de “vacaciones” forzadas, en las que se habrán acumulado, cantidades industriales de gel antibacteriano, de gastos en renta de videos (una de las noticias colaterales del día es que Blockbuster, duplicó sus ventas ante la contingencia. Nada mal para el negocio del entretenimiento a domicilio) y kilómetros de aburrimiento ante los puntos suspensivos que ha colocado esta emergencia sanitaria a la vida cotidiana.
Pero más allá de las medidas oficiales, las osciladoras estadísticas, el miedo que muta a una pesada sensación de hartazgo (este es un tema sobre el que tengo que pensar con calma: en qué momento y debido a qué, el miedo deriva en otras emociones contrapuestas o derivadas), lo que más me impacta es imaginar el nuevo mapa de nuestras relaciones sociales.
Distintos funcionarios, en los distintos “manuales” que formarán parte de nuestra venidera cotidianidad, señalan que la distancia prudente para tratar-negociar-querer-saludar-interactuar con el otro, con la otra, es de 2 metros. Me parece un exceso, los mexicanos ¿a dos metros?, una distancia inaudita para quienes el contacto, cara a cara, cuerpo a cuerpo, no es solamente un dato cultural, sino una práctica de vida, un gesto tan natural y asumido que pocas veces lo ponemos en cuestión.
Debo confesar en voz baja (si me citan, lo negaré) que uno de mis “experimentos culturales” favoritos es probar cuanta distancia social toleran las personas. Y debo decir que los mexicanos salimos “ganones” en proximidad. Para los que necesiten datos, he probado el “truco de la distancia”, en España, en Argentina (que pese a sus dos-besos-dos, son bastante intolerantes a la cercanía del cuerpo del otro), en Colombia, en El Salvador (que se parecen a nosotros, pero son más formales), en Puerto Rico (que pese a su desborde caribeño, son más cuidadosos), en Brasil (con pocos datos), en Ecuador (que despliega su cultura andina y seria). Y puedo dar testimonio comprobado, de que los mexicanos somos un grupo bastante “tocador”, “cercano”, “próximo”. Nuestra distancia es mínima, casi invasiva, o quizás debería decir ¿era?
Antier y ayer se habló del “aislamiento social” como medida preventiva y hoy, nos indican que nuestra geografía cultural de cuerpos en contacto, deberá cambiar sus patrones. Me quedó pensando que los niños, casi siempre mocosos y pegosteosos, no merecen, no deben sufrir el castigo de los dos metros. Tampoco quiero renunciar al contacto estrecho con mis amigas y amigos, de los que puedo repetir “su olor” y “su textura”. ¿Cuántas cosas más tendremos que aprender a manejar en esta epidemia loca que mata poco pero asusta mucho?
Postescriptum: Hoy me despedí de Aliah y sentí tan cerca su aliento-niño, su confianza básica, elemental, en mi propio cuerpo y en mi beso, que pensé que los dos metros, serán una medida aleatoria, que crecerá o disminuirá, al margen de los manuales. Anoche, mientras Aliah se dormía, me dijo, Abu (así me dice) ¿Qué es un muerto sospechoso?.