Empatía selectiva
(Crónica, día 10)
En el país, según datos oficiales, hay 36 mil soldados desplegados, es decir, fuera de sus cuarteles, ocupados se nos informa en el combate al narcotráfico. Ello no parece significar un proceso de reducción, ni de “estabilización” de la violencia vinculada al narco. Hoy, mientras las cifras de la OMS subían a 898 contagiados por la influenza A (el nombre si importa) en 18 países y las del país, en ese reagueton de números y categorías que nomás no acaban de cuadrar, se informa de 22 muertos, ¿confirmados?, ¿sospechosos? ¿en total?, qué se hizo de los 282 muertos, que se convirtieron en 81, de la noche a la mañana? ¿se arrepintieron de estar muertos?
En cambio los muertos del narco, están bien muertos, de muerte inexorable e irreversible, sin lugar a dudas. Una bala calibre 9 mm, por ejemplo, es un “agente patógeno” bastante letal y se les encuentra con facilidad, no hay que andar mandando muestras a Atlanta, ni comprobando si el muerto es sospechoso o confirmado, los muertos del narco, se elevan a la categoría de dato incuestionable.

Y sin embargo, con el libro de Roberto Saviano, Gomorra, bajo el brazo, con el que subo y bajo escaleras, voy de la computadora a la cocina, al teléfono, pienso en voz alta que pese a esta contundencia de mortandad, los cuerpos del narco, los cadáveres arrojados a la estadística cotidiana del horror, permanecen en una condición fantasmagórica, eludible, tolerable porque al fin y al cabo, se nos dice, se trata de “mafiosos”, mientras que los caídos en esta ya denominada pandemia, adquieren un espesor y una dimensión, que los vuelve pesados, pesada evidencia de nuestra fragilidad. Los muertos del narco, suelen tener apodos, es fácil reconocerlos y olvidarlos; los muertos por el “agente A”, son “femeninos”, “masculinos”, jóvenes o viejos, vocabulario médico que disciplina nuestra comprensión sobre la muerte. Y vuelvo a lo que me ha traído ocupada hace rato: la diferencia entre los muertos “buenos” y los muertos “malos” y el conjunto de dispositivos culturales que “confabulan” para convencernos de que es posible, sin dudar, establecer esta diferencia.
Por ejemplo, mientras conversaba con una amiga, sobre su declarada incapacidad para intuir o imaginar el impacto que este virus mutado tendrá en nuestras vidas, no hacía otra cosa que pensar en la calidad mortuoria de los 7 ejecutados que aparecieron hoy en Guerrero, en bolsas de plástico negro, despedazados, frente a la particularidad de los 3 nuevos cadáveres derivados de la epidemia. Toda la gente que con la que conversé hoy, virtual y presencialmente, aludió a los 3 de la influenza, ninguno mencionó a los 7 del estado de Guerrero y los otros tantos que se acumularon en el fin de semana (porque parece que el narco, miedo al contagio, no tiene).
Saviano, nos ofrece en su libro-crónica-sociología del presente, sobre la camorra italiana, es decir la mafia napolitana, una espléndida pieza para asomarnos a un mundo cuya fortaleza ha sido justamente, la de construirse una condición fantasmagórica, inasible.
La relatividad de nuestros sistemas de percepción es un asunto muy complejo. Por lo pronto, considero que la condición “espesa” de los muertos y de los contagiados por la influenza, es su enorme capacidad para “hablarnos al oído”, para transformarse en espejos de una realidad que no podemos imaginar, como mi amiga D, pero que intuimos. Su anonimato deviene brutal visibilidad de lo que tememos con más fobia: la empatía por el sufriente, que no es otra cosa, que ponerse en los zapatos de otro/otra, a través de la identificación con los sentimientos o experiencias del otro.
Una propagación de la epidemia, se dijo hoy, puede darse en las cárceles, tierra fértil por el hacinamiento y las condiciones. Otra vez, el tema fue despachado rapidito, no hay empatía políticamente correcta con respecto a los “malos”.
Curiosa y relativa capacidad de las catástrofes, vienen a ratificar que poco y lento es lo que cambia en nuestros saberes y sentires de fondo. Como bien dice Janny, la amable lectora cubana en su inteligente comentario, estamos aprendiendo a escribir páginas importantes sobre nuestra realidad y nuestras vidas. Lo invisible de este virus, ha vuelto visibles cosas fundamentales que ya estaban ahí.
Postescriptum: “Las escuelas están cerradas, las oficinas están cerradas, ¿por qué tú tienes que trabajar?”, le preguntó Aliah a su papá. Me quedé pensando si no sería ya tiempo de inventar (hacer venir) en serio, un noticiero para niños, que no reduzca su inteligencia a “pimpón es un muñeco”.