Entradas etiquetadas ‘pandemia’

Equilibrios precarios

Mayo 14, 2009 - 6:58 am 7 comentarios

(Cortesía de Daniel Barreto)

(Crónica, día nublado)

 

Al medio día cuando vi esta foto no pude parar de reír, porque me pareció no solo divertida en su aura melodramática, sino una poderosa síntesis y metáfora de lo que estamos viviendo los mexicanos hoy. Un esquivar “agujeros”, haciendo malabares y equilibrios entre la necesidad de sostener el optimismo y un mínimo principio de normalidad y la atención puesta sobre el camino, sobre la “calle” irregular, salpicada de trampas de toda índole; sí sabemos manejar, es solo que en estos días el camino es más riesgoso que de costumbre.

Viajé tres veces en taxi y volví a ratificar que no hay mejor termómetro para tomarle el pulso a una ciudad que conversar con sus taxistas, jinetes del asfalto que se convierten en  “pulsómetros” de los imaginarios ambulantes. Un taxi es una especie de “relatódromo” dinámico y, sus pilotos, una mutación –a veces peligrosa- de Sherezada, capaces de contar los mil cuentos que esconde una ciudad.

En el primer taxi, el corazón se me estrujó y no pude encontrar ninguna palabra para compartir, así que acudí al “peligroso” gesto de tocar el hombro de Arturo, un egresado de Contaduría Pública, tres veces desempleado y hoy autoempleado en un taxi de su tío (la familia al rescate en estos tiempos de colapso institucional pre-influenza). A mi pregunta “etnográfica” sobre sus impresiones de toda este desastre y como si hubiera tocado algún disparador, Arturo se echó a llorar, literalmente, con vergüenza de su propia debilidad y tratando de recomponerse, me contó que no hay trabajo, que las calles están solas, que no logra juntar ni para la gasolina del día y que no hay dinero para atender las necesidades de su esposa y su nenita de cuatro meses, a la que alimentan con la ayuda de sus familiares, también en situación difícil. No están enfermos y se mostraba agradecido por ello, “porque ya sabe, seño, esto es como la ruleta, le toca a quien menos se imagina uno” (no tuve valor para indagar a qué se refería y la antropóloga entrenada que llevo dentro se enojó conmigo por mi falta de músculo etnográfico). Arturo está realmente preocupado y no logra imaginar el panorama futuro. De su impecable camisa blanca sacó la foto de su nena, una sonriente bebecita que mira sin preocupación el horizonte.

En el segundo taxi, Don Manuel se mostraba abatido pero confiado en que esto es “una dura prueba que nos pone Dios, que con la ayuda de la Virgencita, de nuestras autoridades y claro, de este gran pueblo mexicano” va a terminar de la mejor manera. A sus 68, Don Manuel, jubilado de una empresa metalera, maneja un taxi de un lado para otro. Desde la contingencia, trabaja doble turno,  “pa´ compensar, señito”, “al que madruga, Dios le ayuda o qué”. Un estampa de Santo Toribio, el (casi nuevo) santo de los migrantes, cuelga de su espejo, en honor a su hijo mayor, trabajador en los Estados Unidos y “legalito”, que ahora, sin trabajo en los “Iunaites”, ha dejado de mandar los dolaritos, con los que la familia de Don Manuel, compensaba las duras condiciones en estos tiempos de equilibrios precarios.

Del tercer taxi, ni les cuento. Escuché la más extraordinaria teoría sobre el origen del virus, una mezcla del Santo contra las Mujeres Vampiro y “Mini me”. Al constatar el enojo de Gerardo, manifestado no solo en su relato sino en el inminente choque que pudo evitar, maniobrando, me pregunté si en el equipo del Presidente Calderón, en ese gabinete de emergencia, alguien está atendiendo todas estas desesperanzas, imaginarios y efectos “colaterales” de la pandemia. Diría el poeta: yo no lo sé de cierto, lo supongo.

(El diccionario en confección, no paren. Gracias por su colaboración. Habrá noticias)

Postescriptum:   Hace unas semanas, nuestra otra mascota, una gata de estirpe faraónica llamada (Vede)Tina (Aco)Modoti, enfermó de enfermedad extraña. No hubo manera de entender que pasaba, aunque acudí al sabio mayor en estos menesteres gatunos, dueño de uno que lleva por nombre Miau Tse Tung y claro, al veterinario. Agravó y agravó y agravó. Aliah, que en realidad se lleva mejor con los gatos que con los perros (intuyo que la complejidad le gusta más), dictaminó una tarde, que lo que la Tina tenía, era “frío adentro”, cuando le pregunté cuál o qué era esa enfermedad, abrazó a la Tina y dijo, es “que está triste”. Me pregunto cuánto “frío adentro”, tenemos en estos días extraños.