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Embarazo vigente

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Llegar al hospital me toma quince minutos. Cada mes tengo cita. Me siento muy familiarizada con la asistente del doctor y con el doctor, pero ellos no, pues la asistente me pregunta mes tras mes mi estatura y el doctor irremediablemente me formula  las mismas preguntas.

Hoy había menos gente en la clínica. Por lo general, una larga fila de pacientes hace cola en la farmacia y otros esperan sentados —en las sillas o en el piso— su turno para la consulta.

Afuera de todos los cubículos hay tres archiveros llenos de carpetas color crema marcadas con números. Junto a ellos, los escritorios de las asistentes soportan máquinas de escribir de hace sesenta años.  

La asistente recoge los tarjetones, entre ellos el mío, que acreditan el derecho a recibir atención médica (logré asegurarme gracias a un amigo arquitecto que me dio de alta en el sistema como su concubina). Después se sienta frente a la máquina y teclea mis datos. Los sonidos de mi nombre son una melodía metálica en la partitura del expediente.

Espero mi turno.

Una señora en muletas sube con dificultad las escaleras. No hay rampa o elevador que lleve al segundo piso. En la sección llamada “archivo”, una secretaria grita: ficha 63. Casi cuarenta minutos después prosigue con la ficha 64. Un señor flaquito con pantalones de terlenka color café, camiseta blanca y sombrero de paja, suspira. Tiene la ficha 92.

Mencionan mi nombre. Paso a la báscula y después entro en el consultorio.

—Buenas tardes.

—...

El doctor no me ve, habla anotando mis respuestas, las mismas respuestas que le di hace un mes. Me entrega un papel: “llévelo a que lo firmen los jefes”, me dice. Salgo y me formo afuera de una oficina, en la puerta se lee: JEFATURA.

La jefa va a firmar mis papeles. Siento alivio, ¡estoy a un paso de librarme de la parte administrativa del hospital!, pero suena el teléfono y la pluma torea la línea punteada para la importante firma. Luego de unos murmullos la mujer cuelga y me dice: “sígame”. Camino con retardo, la jefa no voltea a verme, nos detenemos ante otra puerta, ella extiende su brazo hacia atrás y con la mano me hace la seña de que la espere.

Espero.

Regresa y me entrega los papeles firmados, yo vuelvo a la consulta y se los doy en la mano a la asistente, ella me los regresa y me da instrucciones: “vaya al primer piso, ventanilla cuatro, para que los sellen”.

Bajo las escaleras, me formo en la ventanilla cuatro. La señorita de los sellos tiene la cara y las manos manchadas. Mi abuela les llamaba a esas manchas “jiricua”. Hay un papel pegado con cinta en el vidrio que dice: “Para cualquier sello debe presentar su identificación oficial”. Saco mi cartera y tomo mi credencial. Sellan mis papeles con letras mayúsculas: EMBARAZO VIGENTE. m.

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