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Al César lo que es del César, y a los hermanos Coen, gracias

Los Coen emulan de buena manera el estilo y registro de los diferentes géneros que llenaban la cartelera en la era dorada de Hollywood: romanos, western, melodrama, comedia, musical y cine policial ocupan los diferentes sets del estudio
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Salve Cesar hermanos Coen

Como Robert Altman en El ejecutivo (The Player, 1992), Ethan y Joel Coen acompañan en ¡Salve, César! (Hail, Caesar!, 2016) a un hombre que trabaja para un estudio cinematográfico y dan cuenta de las singularidades que acontecen en su interior. Altman seguía a un productor; los Coen a un fixer, es decir, a un sujeto que se dedicaba a cuidar la imagen de las estrellas que trabajaban para el estudio. En ambos casos, como en tantos otros —desde diversas perspectivas, justo es precisar— el cine se ocupa del cine, y aquí los Coen entregan un valioso ejercicio de reflexividad.

¡Salve, César! se ubica en el Hollywood de los años cincuenta y sigue a Eddie Mannix (Josh Brolin), un fixer que trabaja para los estudios Capitol. Al inicio lo vemos rescatando a una actriz de una aventura sexual, tratando de convencer a otra que se case para darle un padre a su hijo o promover a un actor de western a una cinta dramática; más adelante lo vemos lidiar con dos periodistas de la prensa cinematográfica (que son gemelas, ¿porque todas son iguales?) a la caza de chismes exclusivos. Pero su problema principal se presenta cuando Baird Whitlock (George Clooney) desaparece del set donde se filma Hail Caesar!, en la cual lleva el rol protagónico.

Los Coen emulan de buena manera el estilo y registro de los diferentes géneros que llenaban la cartelera en la era dorada de Hollywood: romanos, western, melodrama, comedia, musical y cine policial ocupan los diferentes sets del estudio. A la virtuosa reproducción contribuye de extraordinaria manera el cinefotógrafo Roger Deakins, cuya labor alcanza a crear la pátina de los estilos de cada género. El tándem pone lo suyo y, por momentos, van más allá de la emulación, con algunos emplazamientos de cámara que lo mismo sorprenden al ojo que dan dinamismo a la cinta. El mapa se completa con las músicas de otro colaborador habitual de los cineastas: Carter Burwell aporta lo mismo dramatismo que ligereza.

Este paisaje es pertinente para emprender una reflexión sobre el cine en general y Hollywood en particular. Más que un homenaje o una declaración de amor al Hollywood clásico, los Coen muestran las maravillosas posibilidades del cine y la industria cuando los involucrados asumen su labor con convicción. Los realizadores emprenden una crítica a la frivolidad y la estulticia que cabe en los que consiguen el estatus de estrella, la vanidad y la pedantería que manifiestan algunos realizadores, las incapacidades de algunos actores. Pero, asimismo, ponen de manifiesto el potencial artístico, reivindican el valor del escritor y ensalzan la fuerza casi religiosa que posee el cinematógrafo cuando la estrella encara su labor con respeto y hasta con fe. Los Coen no son ingenuos y exponen cómo el cine es un instrumento ideológico y la industria una institución capitalista. En ese paisaje Mannix es una especie de conciencia moral —que de forma caricaturesca va al confesionario a declarar su enorme culpa: seguir fumando— que es obligado a cuestionarse sobre el “circo” en el que trabaja. Por medio de su aventura descubrimos las mentiras que existen en la “fábrica de sueños”, pero también, como diría Mario Vargas Llosa, la verdad que puede surgir de las mentiras.

Este paisaje es expuesto sin solemnidad, como le cuadra a los Coen: las dosis de humor son abundantes y los pasajes hilarantes llegan al paroxismo. En particular el “concilio” de religiosos para analizar las implicaciones en esa materia de Hail Caesar!, el desengaño con la dulce estrella del musical (Scarlett Johansson) o el accidente en la sala de edición (protagonizado por una mujer que fuma de forma compulsiva, a la que da vida Frances McDormand, esposa de Joel).

¡Salve, César! no alcanza la estatura de las obras maestras del tándem (Barton Fink, Fargo, El hombre que nunca estuvo, Sin lugar para los débiles) pero, además de tener la gracia y el encanto que caracterizan la filmografía de los Coen, tiene la virtud de recordarnos el valor de seguir haciendo cine más allá de la rentabilidad y el espectáculo. Como sucedió recientemente con Un hombre irracional, de Woody Allen, una entrega mediana de los Coen está a una altura mayor que la media de lo que engrosa la cartelera comercial.

  

Un paseo por las referencias de ¡Salve, César!

De Alfred Hitchock a George Cukor, y de Cary Grant a Gene Kelly, previsiblemente las referencias en una cinta como ésta son abundantes. Algunas apuntan a la persona y otras, al estilo. Aquí se hace un recuento de algunas de ellas.

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