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Magia a la luz de la luna: ¿el crepúsculo de Woody Allen?

«Magia a la luz de la luna» deja la sensación de dèjá vu, y no sería desproporcionado pensar en un agotamiento de la creatividad del gran Woody. Incluso no falta quien afirme que ya está chocheando. Pero con Allen nunca se sabe.
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Magic in the moonlight de Woody Allen

En Melinda y Melinda (Melinda and Melinda, 2004) Woody Allen parte de una “hipótesis dramática” (¿la esencia de la vida es cómica o trágica?) y la película se da a la tarea de ponerla a prueba. Desde entonces abundan sus propuestas que siguen este patrón. Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, 2014), su más reciente entrega, se abocaría a explorar lo que su protagonista comenta a cada rato: no existe nada más allá del mundo físico, nada parecido al sexto sentido. La premisa no es nueva —no son pocos los personajes de Allen que manifiestan su pesimismo positivista a diestra y siniestra—, y la historia que le sirve de vehículo no es muy provechosa. Pero tampoco es una apuesta vacía: con Woody siempre hay sustancia... y magia.

Magia a la luz de la luna inicia en Berlín, en 1928. Por allá sorprende al público el mago Wei Lung Soo, quien es en realidad un británico que obedece al nombre de Stanley (Colin Firth). Por iniciativa de un amigo, que también se dedica a ese oficio, viaja al sur de Francia para desenmascarar a Sophie (Emma Stone), una joven que aparentemente posee poderes psíquicos. Stanley —que es un entusiasta seguidor de Nietzsche, cree firmemente en la ciencia y sabe que lo demás es mero ilusionismo— se aboca a la tarea. Pero en el camino surgen evidencias que lo hacen dudar de sus convicciones.

Allen entrega una comedia de elegancia, ligereza y sencillez encantadoras. A todo esto contribuye de buena manera el trabajo de puesta en escena y la puesta en cámara. Con una luz cálida (cortesía del cinefotógrafo Darius Khondji) y abundantes escenas a la “hora mágica” (la puesta de sol) imprime calidez y genera atmósferas melancólicas; con movimientos de cámara sutiles consigue un ritmo que hace avanzar el asunto de buena forma.

El director regresa a épocas y asuntos que no son nuevos en su filmografía: a los años veinte (como en Zelig y Media noche en París), a un espectáculo de magia (como en Edipo reprimido, su aporte a Historias de Nueva York), a un personaje escéptico que no pierde la oportunidad de compartir su forma de concebir el mundo (como Boris en Así pasa cuando sucede, para citar al más reciente). Ubica su comedia en una época en la que el psicoanálisis estaba de moda y los descubrimientos sobre la mente humana se acompañaban con bailes al ritmo de jazz, en la que la gravedad convivía con la frivolidad. Con Stanley renueva convicciones que han sido abanderadas por numerosos personajes a lo largo de su filmografía, que son las suyas, por lo demás. Explora la tranquilizadora posibilidad de que la vida sea más que lo que podemos percibir con nuestros sentidos, la existencia de un más allá y, sí, de Dios. En algún momento el “nuevo” Stanley está tentado incluso a rezar. Sin embargo, no ofrece conclusiones y refuerza una duda razonable al respecto. A lo que sí se aboca es a exhibir la gran capacidad que tiene el ser humano para autoengañarse, disposición que le hace más llevadera la existencia y aplazar la angustia. Y si no hay un más allá, sí existe un campo fértil al alcance de todo ser humano: la irracionalidad, que invariablemente se manifiesta en el amor que surge entre sus personajes.

La historia que hace presente este caudal reflexivo tiene su gracia… por momentos: las situaciones propuestas no terminan por llegar a los niveles de humor a los que nos ha acostumbrado Allen, y Stanley es una pálida sombra del citado Boris. Además, el curso que siguen los personajes parece guiado más por una demostrativa voluntad externa que por un desarrollo dramático coherente, consecuente o convincente. Magia a la luz de la luna deja la sensación de dèjá vu, y no sería desproporcionado pensar en un agotamiento de la creatividad del gran Woody. Incluso no falta quien afirme que ya está chocheando. Con él, no obstante, toda conclusión ha de ser provisional, pues lo mismo se ha dicho a propósito de otras películas suyas y luego regresa para seguir sorprendiéndonos.

La cinta tiene magia, eso sí. Pero para los parámetros de este gran realizador, es una película menor. 

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