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JORGE SEMPRÚN Y LA NECESIDAD DE LA MEMORIA

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Lo que más pesa en tu vida son los seres que has conocido. Lo comprendí esa noche, de una vez para siempre. Dejé escapar cosas ligeras, agradables recuerdos, pero que sólo se referían a mí. Un pinar azul en el Guadarrama. Un rayo de sol en la calle de Ulm. Cosas ligeras, repletas de una dicha fugaz pero absoluta. Digo bien, absoluta. Pero lo que más pesa en tu vida son algunos seres que has conocido. Los libros, la música, es distinto. Por enriquecedores que sean, no son nunca más que medios de llegar a los seres. Cuando lo son de verdad, claro está. Los otros, al final, te resecan.
                                  

Jorge Semprún en El largo viaje

La escritura o la vida, indiscutiblemente su obra más luminosa, es una ruta franca para conocer al gran escritor, activista, intelectual, político y guionista que  ha sido Jorge Semprún (1923-2011). Su gran legado es la necesidad de la memoria como recurso  de una existencia verdaderamente humana y libre. La centralidad social y afectiva de la memoria como recurso de sobrevivencia y reivención; el poder de rememoración y apropiación del pasado -la cultura como memoria- para conocer las posibilidades del futuro. El testimonio del sobreviviente muestra una conciencia alerta, la perserverancia irrenunciable de quien, sin victimizarse, describe el laberinto ominoso de la existencia y el aterrador espanto de sus laceraciones. Escribir así, multiplica la vida  y lo obliga al desarraigo (al cambio de identidad: él fue también Federico Sánchez), a adentrarse en las batallas contra el olvido fiel a compromisos humanos y políticos esenciales. No hay en la literatura de Semprún el rencoroso recuento, ni el sedimento de la rabia,  sino un genuino respeto por  la vida y  formas -incluida la literatura-  siempre generosas de compartirla.

La escritura o la vida  es el intento  de comunicar la intransmisible experiencia que sufrió de 1943 a 1945 en los 18 meses preso en el campo de concentración de Buchenwald. Mixtura de documento, fábula y  novela sobre el mal, es también un estremecedor testimonio autobiográfico y  la mirada más conmovedora que haya leído  sobre  el Holocausto.  Semprún relata en ella la agonía y muerte de Maurice Halbwachs, el gran sociólogo francés, discípulo de Durkheim y cuyas obras dedicadas a la memoria colectiva siguen constituyendo una referencia esencial.

El profesor Maurice Halbwachs había llegado al límite de la resistencia humana. Se vaciaba lentamente de sustancia, alcanzada la fase última de la disentería, que se lo llevaba en la pestilencia. Un poco más tarde, mientras yo le contaba lo primero que se me pasó por la cabeza, sencillamente para que escuchara el sonido de una voz amiga, abrió de repente los ojos. La congoja inmunda, la vergíienza de su cuerpo delicuescente eran perfectamente legibles en ellos, Pero también una llama de dignidad, de humanidad derrotada aunque incólume. El destello inmortal de una mirada que constata que la muerte se acerca, que sabe a qué atenerse, que calibra cara a cara los peligros y los envites, libremente: soberanamente. Entonces, presa de un pánico repentino, ignorando si podía invocar a algún Dios para acompañar a Maurice Halbwachs, consciente de la necesidad de una oración, no obstante, con un nudo en la garganta, dije en voz alta, tratando de dominarla, de timbrarla como hay que hacerlo, unos versos de Baudelaire.  Era lo único que se me ocurría.

Finalmente recuerda:  Probablemente tan sólo veía en aquel instante el rostro ausente de Halbwachs, mi última visión de ese rostro: la máscara cerosa, los ojos cerrados, la sonrisa del más allá. Una especie de tristeza física se había apoderado de mí. Me hundí en esa trsiteza de mi cuerpo. En ese desasosiego carnal, que me volvía inhabitable para mí mismo

Su útima aparición pública fue en abril de 2010, durante la celebración del 65°aniversario de la liberación del campo. Ahí, en la misma explanada donde vio a a muchos seres humanos morir asesinados, expresó su confianza  de que Europa resurgirá unida desde las cenizas de los crematorios de Buchenwald.

Como guionista, mostró dotes para la adaptación y los diálogos. Trabajó con grandes directores franceses como Alain Resnais en La Guerra está terminada (1966) y Stavisky (1974). Sin embargo, las obras más significativas políticamente y perdurables para la cinematografía, son sus colaboraciones con Costa-Gavras (1933) con quien realizó  en 1969 una película  legendaria: Z. IMDB ofrece un recuento detallado de sus trabajos para el cine.

            

En los días  posteriores a su muerte se han publicado diversos obituarios, entre los que destacan el de Bruce Weber en The New York Times, Adam Bernstein  para Washington Post, en El País se pueden leer los recuerdos de Juan Cruz, Herta Müller,

Juan Goytysolo, Vargas Llosa, y Bernard-Henri Lévy.

Recomiendo ampliamente la entrevista que Lila Azam Zanganeh le hizo en 2007 para Paris Review  y una espléndida relacíon de artículos y entrevistas de  Letras Libres

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